No nos damos cuenta hasta qué punto es anómala, en términos históricos y geográficos, nuestra manera de concebir los grupos de poder.
En nuestra concepción, la unidad protagonista es el Partido, sensu lato, en el sentido de grupo de personas adscritas a una ideología, a un ideario. La última Gran Guerra Que Nunca Estalló, la Guerra Fría, nos ha acostumbrado a concebir la geopolítica como un juego de idearios en el que triunfa el más eficaz.
En ese marco se movía Francis Fukuyama al sentenciar su (notablemente exagerado) Fin de la Historia: el sistema liberal, con su economía de mercado y su democracia, era a todas luces el vencedor en este juego, el más eficaz y razonable. El mundo entero estaba ya reconociéndolo en la práctica y lo que quedaba por delante eran solo ajustes coyunturales al modelo.
La Historia, supimos poco después, no tiene la menor intención de dejar de darnos disgustos y alegrías.
Pero es esquema mental sobrevive, con algunas derivadas curiosas, como la idea de que gana el que tiene razón. Esto, naturalmente, no se verbaliza así, porque se revelaría inmediatamente en toda su prístina estupidez, pero quedaba rondando entre nuestras premisas no explícitas.
El consenso era —sigue siendo en buena medida— que la primacía de la Idea había triunfado sobre el tribalismo, de forma radical. El liberalismo en sentido amplio —con sus tendencias más a la izquierda o más a la derecha— ha sido aceptado tácitamente por todo el mundo, y las identidades y las pertenencias eran ya cosa de segundo orden, folclóricas e irrelevantes. Un atavismo que hemos dejado atrás, como la esclavitud o la sujeción de la mujer.
Últimamente, sin embargo, tenemos indicios por todas partes de que la noticia de la muerte de la Tribu se ha exagerado deplorablemente. Empieza a parecer que hay algo profundamente arraigado en la naturaleza humana, algo biológico e inerradicable, en el instinto de pertenencia a una comunidad humana concreta, unida por una historia y por una herencia comunes.
Que esté o no de acuerdo, que me guste o me repugne, es absolutamente irrelevante. Lo interesante es lo que es, no lo que creamos que deba ser.
Y aquí es donde empezamos a ver datos interesantes. Que nuestros antepasados no creían lo que creemos nosotros es suficientemente conocido, y no le damos mayor importancia porque la arrogancia cronológica nos empuja a despreciarlos. Pero tampoco creen lo que creemos fuera de esta burbuja cada día menos relevante que es Occidente, y eso es más alarmante.
Los rusos no son universalistas. A los chinos les importa primordialmente China. Aunque nos complazcan (a la fuerza ahorcan) adoptando a menudo los ropajes institucionales de nuestro liberalismo, el mundo más allá de nuestras fronteras no parece tener en absoluto la misma convicción individualista que anima nuestras sociedades. En absoluto.
Y aquí entra el juego de los números. La tasa de natalidad está descendiendo en el mundo entero. Pero no por igual, ni de lejos. ¿Saben cuál es el único país desarrollado que mantiene su natalidad por encima de la tasa de reemplazo? Israel, un país en el que la pertenencia y la identidad son la base de su misma existencia.
Quizá el mejor mundo posible sea liberal y postribal; tal vez se pueda defender que el tribalismo es un rasgo atroz y que seríamos más felices transfiriendo nuestra identidad de las comunidades naturales a las ideas. Pero, si tuviera que apostar, lo haría por un fenómeno que ha demostrado una resiliencia de milenios por encima de un sistema históricamente excepcional que ofrece débiles incentivos a la cohesión social.