El tirano democrático
El tirano democrático
Por Rafael Nieto
28 de junio de 2026

Hace unos días, vimos una escena en el Congreso de los Diputados con la que podemos obtener numerosas conclusiones acerca del mundo actual, y del estado putrefacto en que se encuentra, por desgracia, la política en casi todo el mundo. El presidente de VOX, Santiago Abascal, casi al término de su intervención en la tribuna de oradores, preguntaba a Pedro Sánchez «cómo podía seguir ahí sentado» , en su escaño, después de la reciente condena a 24 años de cárcel a uno de sus hombres de confianza, el ex ministro José Luis Ábalos; de la reciente imputación de Rodríguez Zapatero, alma mater del socialismo español en los últimos lustros; o de su propia situación familiar, con Begoña Gómez a punto de ser también encarcelada. Pero el presidente del Gobierno, lejos de sentirse interpelado, esbozó una sonrisa extraña (se podría decir que enigmática) y luego siguió mirando sus papeles.

Quienes hemos sido educados en la observancia de la legalidad y la ética en todos nuestros actos, ya sean públicos o privados, tendemos a creer que el resto de la humanidad es igual que nosotros; en esto nos equivocamos gravemente. Abascal pensó, con un criterio lógico y cabal, que en alguien tan desprovisto de vergüenza como Sánchez cabría aún el mínimo decoro de sentirse «algo incómodo» ante la catarata de sentencias condenatorias y de pruebas incriminatorias que afectan a su círculo político y personal más inmediato. Pero no. Sánchez, como reza su libro, está preparado para resistir, no para gobernar. Lo que le importa es la supervivencia política, no el servicio público, ni mucho menos la prosperidad de una nación en la que nunca ha creído ni creerá.

Así pues, por increíble y bochornoso que pueda parecernos, Pedro Sánchez podría permanecer sentado en su escaño no solamente lo que queda de «legislatura» (si se le puede llamar así a este circo permanente que soportan las instituciones españolas), sino varias legislaturas más, al margen de que sus ministros sean imputados, condenados o encarcelados. Como el propio Abascal se encarga de recordarnos periódicamente, Sánchez es capaz absolutamente de todo para mantenerse en el poder, y es muy probable que todavía no hayamos visto las cosas más terribles que puede llegar a hacer. Manipular el resultado de las próximas elecciones para convertirse en un «tirano democrático» como sus amigos Maduro, Petro u Ortega es solamente una de ellas. 

Es necesario recordar, sobre todo pensando en los lectores más jóvenes de este periódico, que las cosas no siempre fueron así en la política española. Sin caer en tontas nostalgias, ni en el famoso «cualquier tiempo pasado fue mejor», lo cierto es que no siempre los presidentes del Gobierno han tenido esta impresionante desvergüenza, capaz de mantenerle impertérrito, inalterable, mientras casi toda su gente de confianza va a juicio o entra en prisión. En los  años ochenta y noventa había también mucho golfo, es verdad; y la mayoría, socialistas, por supuesto. Pero este grado de degeneración humana, este absoluto desprecio por todo lo que signifique ejemplaridad en el ejercicio del cargo público, es algo que no tiene precedentes en el último siglo. 

Sánchez (lo hemos visto también cuando se aplaudía a sí mismo mientras la mayoría del Congreso le censuraba) es un tirano democrático al estilo de Gustavo Petro, al que han tenido que echar casi a patadas del poder, porque se negaba a aceptar los resultados de las elecciones en Colombia, que han dado la victoria al patriota Abelardo de la Espriella. O como el comunista Roberto Sánchez, que se resiste aún a aceptar el triunfo de Keiko Fujimori en Perú, cerrando la puerta, también allí, al populismo izquierdista más corrupto y totalitario. Sánchez encarna, en definitiva, lo que movía en los años treinta del siglo pasado a los Largo Caballero, Indalecio Prieto, Santiago Carrillo o Dolores Ibárruri; ese mismo odio irracional a quienes pensamos distinto, y una incapacidad manifiesta para gestionar el dinero público. Esa curiosa habilidad para conjugar la incompetencia política y la permisividad con el crimen organizado.

Sánchez no ha nacido para abandonar el poder. Sánchez ha nacido para que le echen. En realidad, lo está pidiendo a gritos, y sólo necesita que haya una mayoría social que lo haga en las urnas. Como les dije antes en alguna ocasión: pierdan toda esperanza de que el inquilino de La Moncloa haga las maletas y desaparezca después de una noticia escandalosa que le afecte de manera directa o indirecta. No lo hará. El epílogo de su «Manual de resistencia» está en blanco, y la única frase que probablemente escriba en la última página sea: «A mí no me saca de aquí ni la UCO«. Tendremos que ayudarle nosotros, los españoles, a que entienda que su futuro no está en el poder, sino en la planta de graves de la López Ibor o en el balneario de Battle Creek

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