El último fumador
El último fumador
Por Julián Montenegro
23 de julio de 2026

La otra noche, en una terraza de Madrid, un hombre fumaba solo en la mesa de al lado con una parsimonia de otra época. Era una de esas noches de julio en las que el asfalto devuelve el calor que tragó durante el día, y él fumaba sin teléfono, sin prisa, mirando la calle como quien mira el mar. Encendía cada cigarrillo con la brasa del anterior. Dejaba que el humo le subiera por la cara sin apartarlo, igual que un boxeador viejo deja que le llueva el jab de un sparring al que ya no teme. Me fijé en él porque ya casi nunca se ve fumar así, con esa aplicación de oficio. Y porque esa misma mañana el Consejo de Ministros había aprobado el proyecto de ley que le expulsará de las terrazas, de las playas y de casi todos los territorios que le quedaban al humo, que ya eran pocos y estaban mal comunicados. El hombre no parecía enterado. O no estaba dispuesto a darse por enterado, que es una forma superior de elegancia.

Los de mi quinta crecimos dentro del humo como otros crecen junto al mar, sin darle importancia, creyendo que el mundo era eso. Se fumaba en los taxis, en los bancos, en la consulta del médico, que a veces auscultaba con el pitillo en la comisura, y se fumaba en los cines, donde el haz del proyector volvía visible una niebla azul que flotaba entre la pantalla y nosotros como el ectoplasma de todas las películas anteriores. Mi padre volvía de la redacción de madrugada oliendo a tabaco negro y a plomo de linotipia, y aquel olor fue para mí el olor mismo del periodismo. Tardé años en aceptar que se pudiera escribir una columna sin cenicero, como quien acepta que se puede decir misa sin latín. En los bares de entonces el cenicero de Cinzano estaba en la mesa antes que el hombre, igual que la servilleta y el palillero, y nadie preguntaba si molestaba el humo porque aquello habría sido tan raro como preguntar si molestaba la musiquilla de la tragaperras.

Yo fumé poco y fumé mal. Empecé por imitación de Bogart, a los 16 y delante de un espejo, y lo dejé por miedo, no por virtud, en cuanto un médico amigo me enseñó una radiografía que no era mía. Pero de aquella carrera breve me quedó la impostura del exfumador, que es la peor de todas. El exfumador conserva la nostalgia del gesto sin el mérito del riesgo, y se sorprende pidiendo mesa cerca de los fumadores igual que el cobarde se arrima a los valientes por ver si algo se le pega. Cuando la ley de 2011 sacó el humo de los bares asistí al éxodo con la mala conciencia del converso: los fumadores salieron a la acera en pleno invierno, con el cuello del abrigo subido, y las puertas de los garitos se convirtieron en pequeños campamentos de resistencia donde se hablaba mejor que dentro, porque el frío abrevia y el que abrevia afila.

El camarero de la otra noche, que era joven y por tanto inocente, se acercó al fumador con la noticia en el teléfono y se la fue leyendo con esa alegría de quien comunica un gol. Le dijo que pronto tampoco podría fumar allí, ni en la playa, ni en la piscina, ni a quince metros de según qué puertas. El hombre escuchó la relación completa de sus futuros destierros sin dejar de fumar, asintiendo despacio, como quien repasa las cláusulas de un contrato que firmó hace tiempo. Al final apagó el cigarrillo con un cuidado de relojero y dijo: «A mí ya me echaron una vez, chaval. Lo que pasa es que entonces había más gente en la acera». Y pidió otro vino.

Pensé en todos los que lo habían ido dejando por el camino, en el médico del pitillo, en los cines desinfectados de niebla, en mi padre. La terraza entera olía a protector solar y a vermú, y en ninguna otra mesa ardía una brasa. Se levantó al filo de la medianoche y dejó la propina bajo el cenicero como quien deja flores en una tumba pequeña. Después se fue calle abajo con las manos en los bolsillos. Nadie salió a despedir al último fumador.

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