El último hombre
El último hombre
Por Carlos Esteban
19 de enero de 2026

Es patético ver a los jerarcas de la Iglesia ofreciendo a estas alturas el Concilio Vaticano II como epítome de lo moderno, sin duda el medio de actualizarse y renovar la fe de, al menos, dos generaciones que aprovecharon que la Iglesia abría sus puertas al mundo para salir corriendo.

Porque, al final, sesenta años no son nada, y todavía quedan añosos prelados convencidos de que el problema es que no hay suficientes versiones ñoñas de canciones de Bob Dylan en los templos, no hay diálogo bastante. Y cada años se cierran cientos de iglesias (y arden no pocas) mientras los responsables de la debacle se rascan la cabeza preguntándose cómo puede ser, si ahora vamos a tener diaconisas y un Día de la Creación para concienciarnos del Cambio Climático.

Mientras, lo que crece es la vuelta a lo de siempre, a lo que ha funcionado durante miles de años, a lo trascendente, al misterio, a la reverencia. Ahí no hay nostálgicos; ahí solo hay familias jóvenes con la sensación de que les han robado su herencia a cambio de un plato de lentejas rancio ya de años. No se dan cuenta de que nada pasa de moda tan rápido como la moda, que solo lo eterno tiene la capacidad de presentarse siempre como novedad siempre fresca.

Arrebataron a sus padres el cetro cultural al grito de «nunca confíes en nadie de más de treinta años», y ahora con más de sesenta lo aferran dispuestos a no soltarlo hasta que escape de sus manos frías y muertas.

Traían la modernidad, una modernidad crionizada para toda la eternidad, el fin de la historia, que no es un análisis de Francis Fukuyama sino la sentencia inapelable de la generación que lo tuvo todo y quiso hacer tabula rasa.

Lo han roto todo. Tenían que empezar de cero porque sus padres y abuelos lo habían hecho todo mal, empezando por la nefasta idea de tener hijos. Todo lo que tocaron, todas sus ocurrencias las presentan como genialidades de obligada veneración. Si el monarca francés exclamaba que, después de él, el diluvio, el boomer trata aún de convencernos de que, antes de él, la desolación.

La leyes de memoria son, en realidad, leyes de amnesia, y las redes se llenan de jóvenes clones de boomer jurándonos que toda España era una mezcla de Puerto Hurraco y Los Santos Inocentes o, como les gusta decir, «un país en blanco y negro» quizá porque toda su realidad sale de la tele.

Son terroristas suicidas culturales, dispuestos a llevarse todo por delante antes de salir de escena. Si ya no van a estar, que no haya España, ni viviendas para sus nietos, ni nuevas familias, ni una economía soberana y funcional. Antes ser los últimos en vivir mejor que sus padres, los últimos en habitar una nación cohesionada, acabarse el champagne de la bodega.

De Europa, esa Europa con la que soñaron como se sueña con el País de la Cucaña, nos llegan leyes tan representativas del cierre definitivo como la de «restauración de la naturaleza», como si la huella del hombre en nuestro paisaje fuera de ayer por la tarde, una invitación a remontarnos más allá de la invención de la agricultura, al Paleolítico Superior.

¿Cómo van a surgir nuevas políticas, nuevas formas de encarar problemas nuevos y de entender las circunstancias y condiciones de hoy? No, claro, seguirán votando PSOE y PP como han hecho siempre, dividiéndolo todo en una derecha y una izquierda que dejó de tener sentido hace años y encontrando un Hitler en cada líder internacional que se nos pide odiar, un Chamberlain en cualquier otro que hable de paz. Esas son sus vetustas referencias y tienen, por tanto, que ser también las nuestras.

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