El viaje de VOX
El viaje de VOX
Por Javier Torres
26 de diciembre de 2025

Aún no conocemos el techo de VOX ni cuánto tardará en ser la segunda fuerza nacional, pero sí lo que va dejando por el camino. En primer lugar, el mantra de la pinza con Sánchez cae por su propio peso. El PSOE baja y VOX sube en Extremadura. ¿Pero no había un pacto Abascal-Bolaños? ¿Cómo es posible que los socialistas pierdan 10 escaños y el PP sólo suba uno y se deje diez mil votos? Los campeones del dato mata a relato podrían tomar estos números, reflexionar y, llegado el caso, concluir que el resultado es una refutación absoluta de la lógica bipartidista de vasos comunicantes.

A veces pareciera que la cosa no va con ellos, con quienes insuflan respiración artificial a la arcadia feliz bipartidista que ya sólo existe en sus cabezas. Es como si el tiempo no pasara ni el mundo hubiera cambiado nada porque sus coordenadas son las correctas y a cada hecho, por supuesto, sólo cabe aplicarle las premisas de hace medio siglo. Sucede que la historia tiene la mala costumbre de no avisarnos sobre sus planes, por eso al PP le cogieron con el pie cambiado las victorias de Milei y Meloni, a los que luego mendiga atenciones para hacerse perdonar que nunca les apoyó. 

El caso es que el viejo andamiaje bipartidista se vino abajo hace tiempo. Los manuales de Historia que estudien nuestros hijos recogerán que 2016 es el año que certifica la defunción del bipartidismo en Occidente. En Estados Unidos Trump gana las elecciones y los británicos votan Brexit. En España el proceso es más lento, pero el cambio se abre paso en las andaluzas de 2018, que expulsa al PSOE del poder y, aún más importante, fulmina la teoría del voto útil. El PP jamás había gobernado sin rival a su derecha y lo hace cuando Moreno Bonilla saca los peores resultados de la historia de su partido en esta región. El desplome socialista es, en gran parte, gracias al empuje de VOX. 

Han pasado casi diez años y la adiposa industria del bipartidismo sigue igual o más despistada que entonces. A mitad de camino entre el desprecio y la ceguera, el ejército oficialista siempre ha creído que VOX es flor de un día que acabará como Ciudadanos y Podemos. Y que su irrupción obedece al hartazgo por la corrupción y los problemas de comunicación del PP, que es incapaz de transmitir todas las cosas buenas que hace por España… y eso que tiene un ejército de tertulianos, periódicos y radios afanados en ello 24/7. 

En el último año, sin embargo, este ecosistema comienza a titubear y las dudas se traducen en un redoble de ataques contra un partido al que considera un intruso al que expulsar de la fiesta. Pasada la etapa de los insultos, la demonización y la manipulación más burda (desde los viñetistas de El Mundo hasta las terminales del golpismo, desde Atresmedia a la Cope) ahora le encargan al rey que haga el trabajo sucio por ellos. Todas las alarmas contra el populismo justo cuando España está gobernada por una mafia que pacta con Otegui y el golpista prófugo Puigdemont, tiene el récord de paro juvenil de Europa, la inmigración asola barrios y colapsa servicios públicos, el acceso a la vivienda sólo está al alcance de unos pocos, la industria autóctona retrocede y el sector primario agoniza. Este es el contexto y VOX es señalado como el principal enemigo.

Claro que nada es casualidad. Abascal ha logrado sacar al partido del bloque izquierda-derecha y ha situado el debate en los mismísimos cimientos del sistema. Desindustrialización, inmigración, impuestos abusivos, pacto verde, vivienda, comunidades autónomas, partidos separatistas… De todo ello había un consenso que ahora es discutido y eso incomoda a quienes gobiernan juntos en Bruselas y aquí viven instalados en el ‘y tú más’.

Extremadura también ha confirmado que el crecimiento de VOX es calcado al de muchos otros partidos europeos que se disparan en las zonas rurales y en los barrios más depauperados por la inmigración masiva, el colapso de los servicios públicos y la falta de oferta en la vivienda. Son los perdedores de la globalización que sufren las políticas de unos partidos que aspiran a sustituirles como pueblo. En Estados Unidos —como denuncia J.D. Vance en sus memorias— les tachan de hillbilly o redneck (paletos) y hasta white trash (basura blanca) o deplorables, que así insultó Hillary Clinton a los votantes de Trump. En España acabamos de ver esta misma película con los extremeños a los que presentan como criaturas de museo procedentes de una España en blanco y negro.   

Claro que el subidón extremeño jamás habría llegado si antes no abandona los gobiernos autonómicos con el PP, lo mejor que ha hecho VOX desde su fundación. Esta decisión plasmó la distancia real que hay entre ambos en el plano teórico, no así en el sentimental, pues en las cenas de Navidad los abuelos piden a hijos y nietos que vuelvan al redil que es, a estas alturas, no haber entendido nada. 

Al menos en las casas hay conversación y diálogo, pues en la esfera pública VOX padece la hostilidad de un conglomerado de lo más variopinto donde pululan organizaciones secretas, los proteicos CNI boys, sociedad civil reciclada en nuevas siglas para reflotar al PP y la inestimable ayuda que aportan los medios de la Iglesia y el ayusismo de zambombas, palillos y panderos que a tanta buena gente tiene engañada. 

En fin, podríamos decir que VOX, sobre todo, ha retratado a la derecha y a su ecosistema destinado a mantener al PSOE con vida. Al bueno. Al que sólo ellos conocen y dedican los piropos que nadie más recibe a menos que uno salga de VOX. En ese instante tiene a su disposición todas las cabeceras y micrófonos que cinco minutos antes le acusaban de ser un machista, un homófobo o engrosar las filas del Ku Klux Klan. Uno diría que todo esto es un poco sospechoso, pero vaya usted a saber.

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