Las fiestas genuinamente populares, siempre y en todas partes, las crea la religión y las apuntala el comercio. No hay conciliábulo de capitalistas o empeño político capaz de generar de la nada una celebración con aceptación masiva y continuidad a largo plazo, por más que en mi juventud los rojos repitiesen que la Navidad era un invento del Corte Inglés.
Otra cosa es que el personal se apunte a un bombardeo y acoja fiestas foráneas por puro amor a la jarana. En muchas partes del mundo ha llegado y triunfado así la celebración de Halloween (Jalogüin, para el castizo), que en muchos casos, como en el español, ha venido a convertirse en una especie de Carnaval macabro.
Las fiestas son costumbres que generan otras, y una de las más generalizadas en Halloween es, especialmente entre los nuestros, denostarla como una imposición del colonialismo cultural yanqui, un injerto foráneo que delata nuestra sumisión al imperio y el declive de las expresiones patrias de celebración y jolgorio.
Ahora, no seré yo quien critique el coro de los lamentos, aunque en esto tiendo a pensar algo parecido a lo que pienso de los extranjerismos en el castellano, a saber, que siempre fue la influencia cultural compañera del imperio y que nuestra ganancia es su pérdida. Podemos tener nuestras fiestas y las suyas, pero no veremos en Wichita una procesión del Cristo de los Faroles.
Pero no quiero hablar del Jalogüin patrio, adulterado y performativo, con raíces de hierba. Quiero hablar del Halloween original, el 100% americano, el canónico, extraordinariamente popular y ahora amenazado.
Olvidémonos de brumas célticas y festividades francesas de disfraces. Halloween no es nada de eso, por más que quizá haya existido una celebración irlandesa precristiana vagamente relacionada con los difuntos que pueda o no haber influido en la creación de la fiesta. Esa de decretar que ningún fenómeno social es lo que evidentemente es sino una supervivencia de un lejano rito que nadie puede precisar es una costumbre especialmente insidiosa. ¿Que la Iglesia aprovechó algunas celebraciones del solsticio de invierno para fijar la fecha de la Navidad? No lo creo ni por un instante, pero démoslo por cierto: aun así, nadie se pone morado y reparte regalos junto al belén para celebrar que los días son más cortos que el resto del año. Se celebra lo que se celebra.
Halloween tiene un origen muy evidentemente cristiano, celebrado junto al Día de Difuntos por una sociedad abrumadoramente cristiana. Pero han conseguido hacer de él un producto arquetípicamente americano, de la mejor América.
Imaginen esto: los niños de la casa, disfrazados, vagan en grupos sin supervisión adulta, de noche, por la aldea, suburbio o barrio, llamando a la puerta de extraños y demandando dulces a la persona que les abra. Esto habla a gritos de una sociedad de alta confianza, comunidades seguras cuyos miembros más indefensos puede recorrer tranquilamente de noche, y en las que se da por supuesto que los extraños participan del código social común y responderán, al menos en su mayoría, a las expectativas de los niños.
Observando las manifestaciones públicas, más ostentosas, uno podría decir que Halloween goza de excelente salud en América. Los comercios hacen promociones especiales para la ocasión, las autoridades organizan desfiles y actos varios a lo largo y ancho de la geografía estadounidense. Pero esa es la farfolla oficial, el marketing empresarial. No es el Halloween popular; no es el Halloween pintado por Norman Rockwell.
Ese sobrevive aún en reservas de la América profunda, del flyover country, donde la cohesión social todavía lo permite. En el resto, la «maldición de Putnam», la diversidad forzada como ingeniería social, ha hecho imposible el rito infantil.
Por eso no escribo para lamentar el auge de este falso Jalogüin foráneo de nuestras calles, sino para llorar la lenta desaparición del original americano, asesinado por la multiculturalidad.