En el pozo María Luisa
En el pozo María Luisa
Por Carlos Esteban
12 de octubre de 2026

La mejor política es la política tediosa; el pueblo más feliz es aquel al que le cuesta recordar la cara de su gobernante, porque casi nunca tiene que pensar en él, porque es un tipo que solo se ocupa de hacer cumplir leyes razonables y no ve la necesidad de ‘ilusionar’ al pueblo, de mantenerle en una constante y agotadora tensión entusiasta.

No se ha enfriado el cadáver y ya lo llevan en procesión electoral. Un grupo de plañideras ideológicas lloraba cantando En el pozo María Luisa, una canción reivindicativa de los años veinte del siglo pasado compuesta tras la trágica muerte de siete mineros en Asturias. La relación es difícil de ver, lo sé, pero eso no importa a nadie.

Hemos querido creer que la cursilería era inocente, que el sentimentalismo suponía solo una inocua exageración de la sensibilidad, una dolencia leve que sólo afecta al sujeto que la padece. Y, sin embargo, están en el núcleo de todo lo que está fallando.

La tiranía es siempre cursi; los déspotas modernos necesitan el sentimentalismo de las masas tanto o más que las armas o el dinero.

El truco del tirano moderno no es tanto cambiar la ley como ignorarla con un pretexto sensiblero. La ley es fría, seca, aburrida, impersonal: no es un defecto, al contrario, es lo que la convierte en la salvaguardia de todo lo que apreciamos.

Recuerdo el horror con que en su día me enfrenté a los mamotretos del Derecho Procesal, del Derecho Administrativo; recorrer sus páginas era como peregrinar por el más árido de los páramos. Pero en esos textos estaba la base de nuestra tranquilidad cívica, de lo que permitía una vida normal y una prosperidad razonable.

El tirano se salta todo el proceso, y basa el resultado en una imagen, una canción pegadiza, un corear consignas de guardería. Mejor que cambiar el procedimiento del tribunal, el tirano recurre a los tribunales revolucionarios y divide a los ciudadanos en buenos y malos. Hace de todos los crímenes, crímenes de autor; en un renovado calvinismo ateo, solo hay elegidos incapaces del mal y réprobos condenados desde la cuna, el célebre «muro» que ha hecho explícito Pedro Sánchez y que separa el trigo progresista de la cizaña facha.

La tragedia es que, en una democracia infantilizada, con un pueblo acostumbrado al eslogan electoral y al pareado, quien quiera deshacer los entuertos y volver a la aburrida racionalidad debe pasar por las horcas caudinas del sentimentalismo en dirección opuesta; apenas hay posibilidad alguna de desarrollar un argumento ante un electorado con el rango de atención del pez Dory; para tener opciones, hay que recurrir al mismo método de simplificaciones visuales y lemas rimados.

Afortunadamente la propaganda sentimental no le aguanta demasiados asaltos a la realidad, al menos no a largo plazo. Hay una esperanza de que la gente mire a su alrededor antes y después de escuchar consignas y ver fotos cuidadosamente arregladas. Existe la posibilidad, no sé, de que el electorado tenga algo que objetar a un gobierno que contacta con narcos para eliminar a una juez molesta y que negocia con un país extranjero la invasión de una ciudad propia. Crucemos los dedos.

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