En tiempos de barbarie se enfrentaban las facciones en el campo de batalla para determinar cuál de ellas había de dominar sobre todas. Afortunadamente, ese tiempo sanguinario pasó, y ahora las facciones cuentan los efectivos de cada bando y el que tiene más se impone, evitando un innecesario baño de sangre. En todo lo demás, es igual.
Partido viene de partir, y cuando hablamos de ‘campaña electoral’ solemos olvidar que la palabra procede directamente del lenguaje bélico. Así, la campaña electoral es como la Campaña del Frente Oriental, por otros medios.
Por lo demás, el proceso mismo acaba con todo concepto no meramente retórico de reconciliación. Uno puedo escandalizarse —y malinterpretar— el dictum de Karl Schmitt según el cual la distinción fundamental de la política es la que separa al amigo del enemigo, pero lo vemos cada día desarrollarse ante nuestros ojos. Quien haya asistido a una reunión postelectoral de políticos del bando vencedor sabrá que la conversación suele parecerse más al reparto del botín que a una discusión programática.
Un rey del Antiguo Régimen podía emprender una campaña contra su vecino y aceptar la paz a poco de empezado el conflicto si pintaban bastos: tendría que renunciar, quizá, a una provincia, o pagar indemnizaciones, pero ahí quedaba todo. No tenía por qué abdicar ni ver destruido su país o arrasar el del vecino.
El siglo XX nos enseñó que las guerras democráticas son más atroces, por lo general, que las monárquicas porque exigen una previa demonización obsesiva del adversario para que el pueblo acepte con entusiasmo ir al frente. Eso hace políticamente imposible firmar una paz razonable para evitar lo peor, porque ¿quién admitirá que está dispuesto a negociar con monstruos?
Otro tanto, mutatis mutandis, sucede en la política electoral. Sánchez tuvo la gentileza de hacerlo explícito al hablar de ese célebre «muro» con el que separaba, como el Dios de las parábolas, las ovejas de los cabritos, los sumisos a su voluntad progresista, tropas entre las que repartiría las migajas del botín presupuestario, de los fascistas condenados a las tinieblas exteriores, donde el gusano no muere y las subvenciones no existen.
Quiere la teoría constitucional que el gobernante gobierne para todos, sin discriminación, y que sobre él, como mecanismo de seguridad, haya instituciones que lo garanticen. Pero ese pensamiento desiderativo se opone frontalmente a la dinámica natural del sistema de partidos, y su conclusión lógica tiende a ser la implacable división guerracivilista que ofrece Sánchez con un candor tan terrorífico: al enemigo, ni agua, y quien no está conmigo está contra mí.
Todo en los socialistas, si vemos el devenir de la información con ojos limpios, nos habla de un banda voraz que ha llegado al poder con hambre de pillaje, que ve en el Estado el gordo de la lotería, el Dorado definitivo del que podrán vivir como pachás en años sin término. Hacienda les sirve para perseguir, amenazar y sobornar a clanes mafiosos; el presupuesto, para colocar a los fieles en puestos que no tienen ni que pisar si no es su gusto, o usar para sus chanchullos; la policía se convierte en sus manos en una guardia personal cuya finalidad ya no es tanto reprimir el delito como para castigar a los disidentes.
Si al final de esta campaña acaba la pesadilla sanchista, no hay ni que pensar en volver a lo de antes, a hacer como que aquí no ha pasado nada y seguir administrando la herencia socialista como ha sido costumbre de los gobiernos del PP. Hay que entrar a saco, y desviar el curso de Tajo y del Ebro para limpiar estos nuevos establos de Augías.