En la universidad surcoreana donde trabajé, habían dispuesto un mecanismo para amortiguar el choque cultural de los profesores españoles recién llegados. El mecanismo era el profesor Kim. Aunque seulense de pura cepa, se distinguía del resto del claustro por su humanidad a flor de piel y una manera casi mediterránea de manejarse por el mundo. En un par de ocasiones lo acompañamos de excursión y luego nos invitó a cerveza y pollo frito. El día de la cena del departamento, nos citó con antelación en un bar cercano para advertirnos de ciertas formalidades. Ya en el restaurante, fue presentándonos a los profesores con un admirable equilibrismo entre las formas coreanas y españolas. Por último, le estreché la mano al profesor Lee: una mano húmeda, blanda, recién sacada del mar. Al volverme, el profesor Kim me aconsejó entre susurros: «No te fíes de él: no tiene vicios».
¡Cuánta razón tenía! Durante el curso el profesor Lee demostró ser una persona intachable, aborrecible. Daba hasta miedo, pues aquel sostenido puritanismo te obligaba a fantasear con alguna enorme inmundicia privada. Era tal su ausencia de vicios que no había tampoco manera de encontrarle una virtud. La templanza quizá. Pero la templanza es una virtud hueca, pura metodología. Aunque entrañe sus peligros, el vicio, sobre todo en el sentido de mal hábito, ofrece muchas ventajas: es una toma de tierra, una claudicación cotidiana que nos recuerda el barro del que estamos hechos y que nos instruye en compasión. El profesor Lee, sin embargo, no fumaba, no bebía, no tomaba café. En la mesa de su despacho, una botella de agua y una manzana. No era del todo un ser humano.
Tampoco lo son todos aquellos que, en nombre de la sanidad pública, libran una batalla contra nuestra propia naturaleza. Otro modo de transhumanismo. Pienso, por ejemplo, en la lumbrera que en Reino Unido concibió el proyecto de prohibir comprar tabaco de por vida a los nacidos a partir de 2009. Otro profesor Lee. La sociedad británica parece haber consentido sin apenas resistencia, lo cual evidencia que está enferma, podría decirse que terminal. Parecen ignorar que si erradican el tabaco ―cosa que dudo―, otro vicio lo sustituirá, quién sabe si peor. Fumar es malo, malísimo, hasta el punto de que ha provocado la muerte de un sinnúmero de personas, por lo demás, mortales. Pero llevamos seis siglos fumando, hallando consuelo en la nicotina. No es casual que el tabaco y el mundo moderno llegaran al mismo tiempo. Uno era el alivio del otro, el antídoto, la única manera de mantener la cordura en un mundo enloquecido.
Lo mismo podemos decir del alcohol, aunque este lleva acompañándonos desde el principio, desde los tiempos de la cogorza de Noé. Por algo será. Y siempre mejor las bebidas fermentadas que las destiladas, siquiera porque aquellas son más antiguas y tradicionales, más nuestras. Ahora se celebra que las nuevas generaciones beben cada vez menos, que el número de abstemios entre la Generación Z no deja de crecer. Miro el dato con preocupación: cuando una generación abandona los vicios heredados, no es la pureza lo que consigue a cambio. Se ha incrementado, por ejemplo, la adicción al juego, de modo que, en lugar de dilapidar la salud, que les sobra, los jóvenes malgastan el dinero, que endémicamente les falta. Los psicofármacos se recetan con tanta frecuencia que los médicos sufren codo de tenista. Los ansiolíticos y las benzodiazepinas han devenido la pastilla del colesterol de los que aún no han cumplido los treinta. Y luego está lo peor de todo: los vapeadores, esa manera bastarda de fumar. Con decir que los sabores más frecuentes son mango, sandía y piña-coco, uno cae en la cuenta al instante de la depravación del asunto. Hemos perdido la cabeza, y por eso vapeamos en vez de fumar. El vicio se mantiene, sólo que degenerado. Donde bastaba un mechero o una cerilla, hoy se requiere una batería de litio que en ocasiones puede ser recargada mediante un cable con entrada micro-USB.