Soy tan viejo que aún recuerdo cuando los conservadores iban por ahí sueltos, a lo loco, sin enjaular en la fachosfera. No se les había ocurrido todavía hacerlo a quienes aspiran a regentar ese zoológico político que hoy llamamos redes sociales y pronto sociedad entera, donde cada cual es clasificado, señalado y devuelto a su jaula con etiqueta fluorescente: facha, rojo, feminazi, woke. Todo limpio y ordenado como en una perrera municipal, pero con nada de ternura y mucha bilis.
Aquellos conservadores de antes no eran ángeles, claro; nadie lo es, ya que estamos. Había de todo: rancios, honorables, hipócritas, brillantes, nobles, señores de misa diaria y otros de misa en la barra del bar. Pero un conservador podía hace veinte o treinta años respirar más o menos al aire libre y hasta contar con que alguien discrepase con él educadamente, sin ser automáticamente convertido en enemigo público, carne de linchamiento digital, miembro de «la derechona». Hoy, la categoría «facho» funciona como salvoconducto moral: te permite humillar, cancelar y erigirte en héroe a bajo coste. Basta con señalar a alguien y gritar «¡ahí hay uno!» para que la jauría se active. Funciona o a lo mejor ha dejado de funcionar, porque llega un momento en que hay pocos imbéciles para tanto facho y la gente sospecha, porque en general no es tonta.
La épica del antifascismo se ha convertido en la forma más rentable de alargar la adolescencia política (aunque el fin de esa rentabilidad ya se aviste). ¿Qué mejor que inventar un monstruo invencible contra el que luchar con hashtags y escraches? Así se evita la angustia de la madurez: tener que gobernar, construir, pactar, ceder, renunciar. «Viva la diferencia», recuerdo que un día dijimos; ahora es «muera». Es mucho más divertido jugar a ser partisanos contra un enemigo de cómic, aunque ese enemigo sea en realidad un fantasma inflado con retuits e ideólogos nivel Fonsi Loaiza. Mejor que entender que en nuestro país y en el mundo hay sensibilidades políticas diversas es azuzar el espantajo del fascismo, logrando que hasta todo un presidente de los Estados unidos se lo tome a guasa.
Mensaje para los Epic Facha Fighters: dejad de hacer el ridículo. En España no hay fascistas, fuera de cuatro tarados; los mismos que estalinistas y maoístas, y no hay ni habrá ningún presidente que vaya a declarar alertas antiestalinistas o antimaoístas (o eso espero). A fuerza de repetir la palabra «fascismo» solo habéis logrado banalizar lo que en verdad fue el fascismo: violencia, cadáveres bajo muros y botas, masacre. La inflación del término es una falta de respeto a los muertos y una demostración de pereza intelectual que debería avergonzaros. Franco jamás va a volver, impresentables; tal vez haya jóvenes que ignoren quién fue, porque les habéis robado una educación decente para que lo comprendan, pero, de nuevo, son cuatro tarados los que suspiran por un dictador. Si creéis que a base de memes, eslóganes y polvorientas consignas llegaréis a algún lado lo tenéis claro. Creéis que estáis salvando a Europa como se la pudo salvar en el 38 apretando botones de un móvil, pero no sois más que unos pazguatos.
Los filósofos llevamos años advirtiendo contra esta trampa. Hannah Arendt, que algo sabía de totalitarismos reales, decía que pensar es dialogar silenciosamente con uno mismo. ¿Qué tal si aparcáis X un rato y leéis algo? La red social premia el grito, no el matiz; a eso os habéis abonado. Y de tanto premiar gritos, hemos convertido la política en una tómbola de insultos. El resultado es grotesco: en lugar de debates, tenemos recreaciones de videojuego, y los parlamentarios nivel Rufián que los Epic Facha Fighters se merecen. Cada victoria que creéis conseguir humilla a un rival, cada derrota os lleva a acusar a la plataforma de estar manipulada. Así vais creando la sensación de que vivimos en una guerra civil larvada, cuando en realidad estáis discutiendo en bata, con una taza de café y gracias al Wi-Fi de casa.
Entretanto, los problemas reales esperan: la sanidad que declina, la educación descarriada, danas e incendios que parecen invencibles, la vivienda convertida en un lujo asiático, la natalidad hundida, la burocracia infinita, la energía cara. Yo entiendo que inventar fascistas es más entretenido que arreglar la lista de espera en traumatología y que hacer algo en tu comunidad por tu vecino. Pero inventar épicas también tiene un coste. El primero es la pérdida de credibilidad. Cuando todo es una alerta antifascista, la palabra se convierte en ruido idiota. El segundo coste es la infantilización colectiva. Al igual que los niños inventan monstruos debajo de la cama para sentir un emocionante miedo, hay gente que inventa fascistas para tener la emoción del coraje. El tercer coste es la división permanente: si tu identidad depende de tener un enemigo claro, jamás podrás pactar nada con él ni aunque os convenga a ambos.
Los cazafascistas de hoy se parecen demasiado a esos cazadores de Pokémon que recorrían las calles mirando el móvil. Corren de esquina en esquina gritando que han atrapado a otro ejemplar raro. Pero lo que capturan no es un enemigo real, sino un espejismo que ellos mismos han proyectado. Y mientras lo celebran, los problemas de verdad —los que no caben en memes— siguen creciendo a la sombra. La historia no la escriben los cazafascistas de sofá, sino quienes aceptan el barro de la realidad y tienen el valor de disentir y convivir con sus compatriotas.
Haced algo bueno por vuestro país, dejad de poneros en evidencia. Heroico no es insultar en X: heroico es trabajar en silencio, criar a los hijos con paciencia, mantener una empresa en pie en un océano de trabas, cuidar a los padres cuando se hacen dependientes, dar clase en un instituto donde cada alumno es una batalla, y saber quién vive a tu lado y estar atento a lo que necesite. Transitad, por el bien de todos, a la épica de barrio, la que funciona sin fotos y sin trending topic: para remontar esto vamos a necesitar muchas manos.