Donald Trump, singular personaje proveniente del mundo de los negocios, entró hace una década en el de la política como un elefante en una cacharrería. Casi nadie le tomó en serio, y pasarán a los anales del ridículo los incontables augurios de fracaso que fracasaron estrepitosamente con sus dos victorias electorales.
Muchas cosas han cambiado en todo el mundo desde su llegada a la Casa Blanca, la más importante de las cuales ha sido el cuestionamiento de no pocos dogmas intocables del progresismo universal de los que no se ha vuelto a hablar o sobre los que se sigue hablando con bastante menor arrogancia, lo que no quiere decir que no puedan recuperar impulso en un futuro postrumpista. Entre ellos están la ideología de género con todas sus consecuencias desquiciadas; el sistema de cuotas igualitarias que ha encumbrado a puestos de responsabilidad a un montón de incapaces por absurdos méritos sexuales, transexuales o colorísticos; y el totalitarismo climático que, acallando el alud de voces críticas, ha provocado en todo el mundo —ahora denominado “planeta” con significativa sustitución terminológica— graves consecuencias energéticas y económicas de trabajoso remedio. El de más profundas consecuencias, al menos desde el punto de vista europeo, fue el extraordinario discurso del vicepresidente Vance en Munich en enero de 2025 señalando a unos estupefactos dirigentes de la UE el elefante en la habitación que todos ellos siguen negándose a ver desde hace más de medio siglo: que el principal problema de Europa es que no tardará en dejar de ser Europa a causa de la sustitución de su población por recién llegados de continentes ajenos a eso que seguimos llamando, a duras penas, civilización occidental, cuya madre es precisamente Europa aunque lo haya olvidado.
Pero al mismo tiempo ha desconcertado a propios y extraños con sus ruidosas iniciativas sobre asuntos más o menos peregrinos que ha encarado con imprudencia y malos modales sorprendentes: la fallida pretensión de acabar con la guerra de Ucrania dando un manotazo sobre la mesa, la ambición groenlandesa contra uno de los países fundadores de la OTAN, la sorprendente aventura venezolana, etc. A lo que hay que añadir las declaraciones impropias de un jefe de Estado, como sus desmesuradas polémicas con el papa, su trato irrespetuoso a Zelenski y otros dirigentes, sus bromas ridículas apareciendo como Cristo resucitador o su desquiciada amenaza de borrar de un plumazo milenios de civilización persa, casi todo ello mediante tuits. ¿Qué hace, por cierto, todo un presidente de los Estados Unidos escribiendo tuits?
Pero lo que está minando su presidencia son los graves incumplimientos de sus promesas electorales. La más importante probablemente fuese su crítica a la larga tradición de intervenciones militares en los cuatro rincones del mundo. «Hemos gastado ocho billones de dólares en Oriente Medio y no tenemos para mantener nuestras carreteras. Es una locura», dijo en 2020. Además, declaró que tenía la intención de acabar con la influencia de los neocons que había conseguido embarcar a los Estados Unidos en la guerra de Irak —a la que calificó de «enorme error»— mediante la información falsa sobre las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Huseín por la que murieron cientos de miles de personas y se agravó el caos político de toda la región.
Pero su participación en los bombardeos a Irán ha acabado con la paciencia de millones de sus votantes, muchos de cuyos dirigentes y portavoces declaran sentirse traicionados por un Trump al que no votaron para esto. Como se sabe desde hace años, aumenta la oposición, tanto en las filas demócratas como en las republicanas, a las incesantes aventuras militares de su país en el extranjero y en concreto a la alianza incondicional con un Israel desprestigiado sobre todo desde la reciente guerra de Gaza. La deserción más relevante ha sido la de Joe Kent, director del Centro Antiterrorista Nacional que dimitió el pasado mes de marzo por su desacuerdo con la intervención americana en Irán. Y Tucker Carlson, uno de los mayores campeones de Trump en años pasados, acaba de denunciar que «la religión del gobierno de los Estados Unidos y de Donald Trump no es el cristianismo sino el israelismo, la defensa de Israel».
Por éste y otros motivos está creciendo el descontento entre los votantes republicanos, descontento cuya magnitud podrá comprobarse en las próximas elecciones de noviembre. Probablemente Trump acabe cometiendo el mismo error que Bush junior, que terminó su mandato desprestigiando gravemente al Partido Republicano por su equivocada política exterior.
Aquel desprestigio condujo a las dos victorias de Obama sobre un Partido Republicano desarbolado que sólo consiguió recuperarse precisamente de la mano del arrollador liderazgo de Trump. El tiempo dirá si Vance, o quien sea el candidato en las próximas presidenciales, se verá beneficiado por una presidencia reivindicable o lastrado por unos errores irremediables.
Porque si sucediese esto último, lo más grave será que, como dicen los anglosajones, se tirará al bebé con el agua sucia, y todo lo bueno, lo muy bueno, que comenzó a conseguir Trump, quedará desprestigiado para beneficio de quienes volverán a implantar, con energías renovadas, el totalitarismo progresista.