Esa paradoja extrema
Esa paradoja extrema
Por Carlos Esteban
25 de diciembre de 2025

Los conspiracionistas cierran una magnífica temporada 2025, están en racha. Han podido regodearse a placer en redes con el consabido «os lo dije», y muchos «guarden este tuit» que en su momento parecían una locura han envejecido como un buen vino.

De oficio, los periodistas aborrecemos las conjuras, al menos las exitosas. Significan que nos hemos perdido el verdadero titular, que hemos comprado el tocomocho y, peor, lo hemos revendido al público en sesudos análisis o repitiendo declaraciones explicativas de los hechos que, en realidad, formaban parte del complot. Las conspiraciones nos convierten en cómplices, en torpes aprendices del peliagudo negocio de explicar lo que pasa.

Como escuela de humildad, es saludable. Y, en fin, nos recuerda la ineluctable miseria de nuestro oficio, condenado, por las prisas del cierre implacable, a perdernos siempre la Gran Noticia.

En ese sentido, la Navidad, tan gozosa para el común, es un amargo recordatorio para reporteros y cronistas: el notición más trascendente de toda la Historia pasó por completo desapercibido. No había entonces periodistas stricto sensu, pero la exclusiva ni siquiera pudo anotarse en los márgenes de un informe destinado a las autoridades romanas o al tetrarca de Galilea.

En comparación, la crónica de nuestra Redención tuvo, al menos, el carácter de información local de relieve. Jesús era muy conocido, y el proceso debió de ser la comidilla de Jerusalén. En aquella historia figuraban personajes de peso, desde el rey Herodes al Sumo Sacerdote Caifás, pasando por el prefecto romano de Judea, Poncio Pilato, único nombre propio (fuera de los protagonistas, Jesús y María), que se recita en el Credo.

No así en la Navidad, la Gran Conspiración. Como en las buenas historias de espías, el protagonista se presenta donde nadie lo espera. Teólogos y santos se han regocijado durante siglos de la Divina Humildad que hizo nacer al Hijo de Dios en un pesebre, pero cualquier novelista puede, igualmente, aplaudir ese magnífico golpe de efecto.

Quizá esté ahí parte del tirón que ha tenido siempre esta fiesta en nuestra civilización, incluso después de perder mayoritariamente la fe. La Semana Santa pasa casi sin pena ni gloria (teniendo tanto de ambas) en nuestras sociedades secularizadas, pero el europeo se aferra aún a esa escena, esa paradoja extrema, tan satisfactoria para el espíritu de la poesía y el relato, de un Dios que llega al mundo en la clandestinidad, en la forma de un Niño impotente y necesitado de todo, en el silencio de la noche, alejado de todos los focos, como un príncipe legítimo que se interna en el reino sin que puedan verle llegar los espías del usurpador.

Feliz Navidad.

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