Al final lo mataron. Era el destino esperado, el único posible. Rodeado por sus propios hombres, que lo ejecutaron a tiros de arcabuz en lo que hoy es Venezuela. No podían acabar de otra manera, ni él ni aquel viaje a los infiernos de la locura. Después de haber quitado la vida a su hija Elvira, la expedición que buscaba El Dorado se convirtió en un baño de sangre, con brotes de psicopatía homicida, enfermedades, rebelión, aislamiento y muerte; terminó con el cuerpo de Lope de Aguirre descuartizado y su cabeza expuesta, como eficiente medida ejemplarizante y antes de que la gente tuviera Netflix. Su incursión por un afluente del Amazonas fue también la entrada a la selva física y mental en un descenso a la locura y las tinieblas que harían palidecer a Conrad. Fue tan brutal que la película protagonizada por Klaus Kinski parece un capítulo de Los osos amorosos, en comparación.
Aquella expedición del Peregrino tuvo de todo, incluido un magnicidio y un desafío a Felipe II, el hombre más poderoso del mundo conocido, y del mundo que se estaba por conocer. La historia del vasco Lope de Aguirre bien podría resumir lo que fue la Conquista. Aventura, ambición, misterio, cuerpos atravesados por el acero, hambre de gloria y la infructuosa exploración hacia una riqueza que sólo unos pocos alcanzaron. El recuerdo, la encrucijada y la expectación. Eso es lo que había en el fondo de aquellas existencias marcadas por la cruz y la espada. Las esperanzas y los miedos de un puñado de corajudos encabronados, violentos y temerosos de su católica religión, pero también pioneros en compasiones y clemencias que en el siglo XVI no se estilaban.
Todo estaba por hacer, y lo hicieron. Tipos más duros que el clavo de un ataúd. Pero duros como la tierra que les vio nacer. Podían quedar con sus huesos a expensas de un rey, de un obispo o de un cacique local, o podían jugárselo todo a una incierta aventura cuando los mapas se estaban aún por definir. En el horizonte tenían medio mundo por hallar, y al poder y la gloria confiaron sus vidas. Militares o civiles sin nada que perder y mucho por ganar, cegados por ensueños de fortunas, se empecinaron, con su común desmesura, en embarcarse hacia mares nunca antes navegados, desafiar los dominios ilimitados de los elementos naturales y descubrir tierra virgen y muchachas ídem. Más interesados en el mestizaje que en el exterminio.
Pensar que aquella inmensa obra debía de ser por cuota una excursión inclusiva, ecosostenible, gay-friendly y con perspectiva de género, mientras se introducían a las tribus contactadas con una fiesta de bienvenida, es sólo un presentismo pardillo para rumiantes, que únicamente contemplan esbozos, y necios empeñados en interpretar la Historia llevando puestas las anteojeras ideológicas, atribuyendo a personajes relevantes de la Conquista su misma villana cobardía.
Con ayuda de la historiografía rigurosa, hoy es posible conocer, con profusión de detalles, todos los aspectos de aquel periodo fascinante e indagar en los claroscuros humanos, más allá de una mera sucesión de nombres y fechas. Saber qué hay detrás de las leyendas de sangre derramada y las realidades de ciudades fundadas e imponentes catedrales que se edificaron allí donde antes no había nada, o había algo peor. Y pese a los años ominosos y la ruina cultural que todo periodo socialista deja como mugriento legado, hay un positivo fenómeno cultural que en los últimos tiempos ha revisitado nuestra historia, que era oficialmente la negra que impusieron potencias extranjeras y aquí se aceptó de buena gana y grandes dosis de endofobia.
Gracias a eso, nuevas generaciones o viejos ignotos pueden entender qué fue la Escuela de Salamanca y quién dio por primera vez derechos y dignidad a los indígenas, por qué Los Ángeles no se llama The Angels, o qué pinta una Cruz de San Andrés en las banderas oficiales de Alabama y Florida. Así, se están enterando que hubo un gobernador del Río de la Plata conocido como Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que además antes pateó la mitad de Estados Unidos y sólo acumuló tribulaciones y desgracias.
Que Hernán Cortés no fue un destructor de pueblos, sino que acabó con un imperio depredador y genocida, y que aquellos ibéricos bajitos y obstinados, morenos del sol impenitente de Extremadura, Andalucía y Castilla, o curtidos por el salitre del Cantábrico en las costas de una tierra vasca que dio algunos de los mejores marinos, emprendieron, con el valor que se le supone a todo español, un viaje de incertidumbre y muerte para irse lejos de todo lo conocido, tan lejos de su Patria y de su Dios, y convertirse en protagonistas de la mayor gesta de la Historia de la Humanidad.