Espaldas plateadas
Espaldas plateadas
Por Hughes
19 de octubre de 2025

No es el Siglo de Oro, pero estos días hemos disfrutado con el artículo que Álvaro Pombo dedicó a Luis García Montero, al que llamó «poeta menor» e incluso «poeta correcto», que es lo peor que se le puede llamar a un poeta.

También dijo que era un «burócrata» comunista y un esteta de la «experiencia blanda» aunque al menos citó el que para un crítico, amigo del vilipendiado, es el mejor verso de nuestra lírica moderna: «Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi», verso dependiente de la coma, porque si fuera «Tú me llamas amor, yo cojo un taxi» ya no sería de amor y ganaría bastante.

El verso probablemente lo inspiró Almudena Grandes. Si a Grandes (q. e. p. d.) le dedicaron una estación, al marido, poeta comunista, con el mérito que tiene ser las dos cosas en el siglo XXI, le homenajearán como mínimo con los Nuevos Ministerios.

 La tunda de Pombo tiene que ver con una trifulca entre el Instituto Cervantes y la RAE, según ha explicado Pérez Reverte, espalda plateada de nuestras letras, quien por supuesto ha entrado en la pendencia espada en mano llamando «paniaguado» al vate experiencial. Si tuvo el atrevimiento (más que cojones, cojonazos) de plantarle cara al viejo Umbral (los umbralianos luego le ofrendaron el acanto) qué no hará con el del taxi…

Hace unos meses, cuando le dieron el Cervantes, Pombo se quejó de que nadie se bate ya en duelo por honor o por España, y por eso su andanada pudo sonar a reto, a guante lanzado a la cara, pero hay un trecho entre el dardo quevediano y quedar con los padrinos. Hay que remontarse a Valle Inclán, que perdió el brazo por un bastón que le arrojó el periodista Manuel Bueno, aunque no en duelo sino en discusión por uno. Valle tenía lo suyo. Pemán contaba una anécdota suya con Juan Ramón; iban los dos por el Retiro y el de Moguer, al pasar por un estanque donde había unas hojas, preguntó: «y estas flores qué son?», a lo que Valle contestó: «Maestro, eso son los nenúfares de los que habla usted todos los días».

Los duelos desaparecieron no hace tanto. En Argentina el último se celebró en 1967, en Francia en 1968, ambos entre políticos. ¿Acabó con ello Mayo del 68? El último coletazo de algo literario llevado demasiado lejos quizás fuera el puñetazo que Norman Mailer propinó o, como diría Yolanda Díaz, profesó a Gore Vidal atreviéndose a cumplir, probablemente ebrio, la amenaza de William F. Buckley, precisamente en 1968(«Escucha, maricón, como me vuelvas a llamar criptonazi te aplastaré la cara»). El novelista macho defendiendo su honor ante la lengua viperina es un clásico del ego literario y explica, años después, el puñetazo de Cela a Mariñas.

No llegaron a las manos, que se sepa, Lorca y González Ruano, más cerca de Buckley que de Mailer. Lorca empezó: «Tendrá usted una cita con una de esas mata-haris que meriendan bocadillos de jamón», Y César respondió, o eso contó él: «Hombre, Federico, es que usted solo conoce marineros que meriendan nardos».

Las palabras de Álvaro Pombo lo que demuestran es que en España las personas empiezan a atreverse a hablar cumplidos los 85 años, cuando es improbable ya que nadie (salvo quizás Pérez Reverte) les rete a duelo. Es el momento en que tienen el piso pagado y la Gloria en forma de premio en la estantería. Ayuda bastante también no tener familia. Si hay vástagos, la prudencia se estira hasta el final.

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