España ha obtenido unos malos resultados en el informe PISA, la medición internacional de rendimiento educativo. Esto a nadie le puede sorprender. España se sitúa por debajo de la media occidental porque estamos, hace ya años, en un proceso de convergencia, si acaso, con el tercer mundo.
España saca malos resultados en lectura y matemáticas. Es verdad que la competencia en lectura desciende en todo el mundo. Sucede, incluso, o especialmente, en gentes de rentas altas, lo que apunta a la tecnología. El humano lector se transforma en otra cosa, pero en esa carrera mundial de cazurrismo España toma velocidad.
Otros países se resisten; los de Asia Oriental, por ejemplo. Algo hay, no solo institucional, porque en los resultados desglosados por razas en Estados Unidos, los asiáticos destacan en inteligencia y éxito académico.
Entre China, Corea y Singapur aparece una pequeña nación europea, Estonia, liderando los rendimientos en matemáticas y lectura.
¿Por qué? ¿Qué sucede en Estonia? Poco sabemos del Báltico. Recordemos aquel momento de Broncano, cómico gubernamental, riéndose de Estonia como elemento de comparación.
El país se independizó de la Unión Soviética a principios de los noventa, lo que dejó una bendita carga de anticuerpos ideológicos, y lo primero que hizo con su soberanía fue adoptar un gran pacto educativo que ha ido mejorándose, apuntalándose, sin boicots ni retrocesos.
Estonia entendió la importancia de la educación; estableció un sistema basado en la igualdad de oportunidades y a mediados de los noventa, adoptó lo que se llamó El Salto del Tigre, una gran inversión en tecnología para llevar Internet a todas las escuelas. Además, destinó mucho dinero a la capacitación técnica del profesorado, al que se concedía, además, suficiente autonomía pedagógica.
Y parece que ha dado resultado. En los 90, Estonia no tenía los recursos para industrializarse y optó por la tecnología. Esto impulsó su desarrollo (el «milagro báltico»), pero su énfasis en la técnica no ha lastrado, sino muy al contrario, su desarrollo educativo. Sucede algo similar con Chima, donde hay a la vez una fortísima inversión en tecnología, pero también una regulación suficiente para ponerla al servicio educativo de las matemáticas.
Hace poco, por azares varios, un experto de talla internacional me contaba que un país, a partir de ahora, se medirá por su número de ingenieros, su capacidad de almacenar datos y su acceso a la energía. Las matemáticas son fundamentales. Ser capaz de entender un texto básico ayudaría bastante.
Al independizarse, mucha gente marchó de Estonia en fuga de cerebros; después comenzó a recibir población de alta cualificación tecnológica, últimamente refugiados ucranianos y, para determinados trabajos, una inmigración muy reglada sujeta a medidas como la obligación de pagar a todo inmigrante de fuera de la Unión Europea un salario igual o superior al salario medio, con el objetivo de evitar la importación de mano de obra barata.
Lo que un país quiere ser en el mundo, antes que nada, lo lleva a la educación. Ahí se plasma un pacto generacional y una visión. Es difícil arreglar la educación sin una idea de grandeza nacional.
Estonia, a la que mirábamos con el ignaro jaja de los broncanos, nos roza ya en términos de renta per cápita, y puestas tiene las bases para superarnos.