Explicar la política a un niño
Explicar la política a un niño
Por Carlos Marín-Blázquez
12 de diciembre de 2025

A veces, para saber si he entendido una idea, me hago a mí mismo la pregunta de si sería capaz de explicársela a un niño. Un niño de diez u once años, por ejemplo, alguien que ya empiezan a interesarse por cuestiones que van más allá de su espacio inmediato. Si un niño de diez u once años me preguntara para qué sirve la política, yo le respondería que la política sirve para que vivamos mejor. Vivir mejor —le explicaría— significa disponer de maestros que te enseñan, médicos que te atienden, policías que persiguen a los delincuentes y tribunales que administran justicia. 

Pero vivir mejor —añadiría, elevando un punto la dificultad de mi explicación— también consiste en esforzarnos para que, a pesar de nuestras diferencias de criterio, todos podamos convivir en una relativa armonía; para que nos reconozcamos miembros de una misma comunidad unida por el deseo de prosperar y perfeccionarse; para que se garanticen las condiciones indispensable a fin de que podamos llevar unas vidas dignas en lo ético, solventes en lo material y razonablemente dichosas. 

Le explicaría que la acción política, además de ayudar al sostenimiento de nuestro bienestar, debe ser compatible con la creación de una atmósfera de tolerancia y respeto hacia el que piensa diferente. Y que en una democracia que merezca ese nombre, la manera de persuadir a quienes creemos que están equivocados nunca puede ser por medio de la coacción o el silenciamiento, sino a través de los argumentos que nos proporciona la razón.   

Le diría que la política es necesaria para ordenar la vida en común, pero que nunca conseguirá que el mundo sea perfecto. Le advertiría de que como la política no lo es todo, cuando los políticos, en nombre del bien que predican, se creen con derecho a apropiarse de la vida de la gente, el resultado acaba siendo nefasto. 

A ese hipotético niño con ganas de comprender el mundo que le rodea le explicaría —intentaría hacerlo— que la política debe buscar la preservación de un orden moral que no es exactamente político, sino anterior a él, y que las leyes que los políticos elaboran serán buenas y justas en la medida en que se ciñan a ese propósito.

Por supuesto, le avisaría de que la política es una herramienta limitada y falible, y que su eficacia depende en grado decisivo de la rectitud y la capacidad de las personas que la ejercen. De ahí el cuidado extremo que debemos llevar al elegir a quienes queremos que nos gobiernen y lo escrupulosos que hemos de ser al exigirles que rindan cuentas de lo que hacen, pues sus decisiones tienen una incidencia directa en nuestras vidas.

No le diría que el poder político es malo, pero sí peligroso, dado que quienes lo ostentan tienden a abusar de él, y por eso es necesario que existan otros poderes que vigilen a los gobernantes y gocen de la facultad de limitar el alcance de sus decisiones.       

En definitiva, creo que todo esto se lo podría hacer entender a un niño de diez u once años. Ahora bien, lo que me siento incapaz de explicarle es lo que hemos vivido en España en el plazo de estos últimos años. Porque lo que hemos vivido es justamente lo contrario de lo que debería ser la política. Tendría que explicarle —pero no sabría muy bien cómo hacerlo— que la política se ha utilizado para empobrecer a la gente, sembrar el resentimiento, alterar la demografía, socavar la familia, degradar las instituciones, auspiciar la corrupción, ensombrecer hasta límites dramáticos el porvenir material de los jóvenes, fomentar el desarraigo y poner el destino de la nación en manos de quienes buscan destruirla. 

Y quizá lo más arduo de hacerle entender es que este proyecto de destrucción a gran escala disfruta de la aprobación de una masa considerable de gente que forma parte de la misma sociedad que se halla en trance de descomponerse. ¿Cómo explicarle este fenómeno a un niño de diez u once años, al que ni la ceguera partidista ni la mentira ideológica han conseguido pervertir su sentido de la realidad? ¿Qué exposición de los hechos podría intentar hacerle de manera que no dañara irreversiblemente su esperanza en un futuro distinto? Porque si la sociedad que estamos (de)construyendo resulta ininteligible para un adulto dotado de cierto criterio y formación, entonces es que la herencia que van a recibir las generaciones siguientes no va a ser otra cosa que el fruto aciago y desabrido de nuestra estupidez y de nuestra indolencia. Y tendrán toda la razón si nos condenan por ello. 

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