Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Fantasías antifascistas

«En una jornada que transcurrió sin incidentes…». Durante lustros, esta frase ha acompañado a las noticias que cubrían la llamada «fiesta de la democracia», es decir, la celebración de elecciones que, si bien no solían estar rodeadas de actos violentos que fueran más allá de la administración de silicona para inhabilitar cerraduras, tenían lugar bajo una violencia más profunda que los medios de comunicación obviaban en sus conexiones en directo con los colegios electorales.

ETA dejó de matar hace años, sin embargo, su proyecto, que con matices comparte un amplio espectro del arco parlamentario, permanece intacto e incluso avanza hacia su consecución

Una violencia que tenía como protagonista absoluta a la banda terrorista ETA, de cuyos crímenes, recuerde el lector la metáfora nogal empleada por Arzallus, se benefició el PNV, y de su pactada ausencia de Cataluña, esa ERC que hoy apuntala al Gobierno de Sánchez. ETA, además de sembrar de cadáveres españoles las calles de nuestras ciudades, expulsó de las provincias vascongadas a una enorme cantidad de ciudadanos cuyas papeletas electorales nunca hubieran ido a parar al frente secesionista hoy disputado por Bildu a la secta fundada por Sabino Arana, de cuyas juveniles filas salió la banda del hacha y la serpiente. ETA, como machaconamente se repite desde las terminales mediáticas que envuelven al actual Gobierno, tan interesado en olvidar cuanto antes su rastro criminal para congraciarse aún más con Bildu, dejó de matar hace años, sin embargo, su proyecto, que con matices comparte un amplio espectro del arco parlamentario, permanece intacto e incluso avanza hacia su consecución. 

Ocurre, sin embargo, que no todo el mentado arco ni toda la sociedad española están dispuestos a permanecer impertérritos ante la constante erosión que sufre nuestra nación. Prueba de ello son dos incidentes que han tenido lugar recientemente. El primero de ellos nos lleva a la Universidad Autónoma de Barcelona, vivero secesionista en el cual se adentraron algunos miembros de la plataforma estudiantil S’ha Acabat!, que lucha por hacer valer los derechos de los españoles en ese ámbito tan receptivo con quienes quieren cercenarlos. Apoyados por Vox, Ciudadanos y PP, un centenar de miembros de dicha plataforma fueron recibidos con el habitual grito de «¡fascistas!» y el lanzamiento de botes de humo, tras el cual los agentes de la autoridad desenfundaron sus porras y dejaron su impronta sobre la piel de algunos encapuchados. Apenas unos días después, una mesa informativa plantada por Vox en la Plaza del Pumarejo, enclave okupa sevillano cercano al lugar de nacimiento de José Díaz, para denunciar la inseguridad que padecen muchos de los barrios de nuestras ciudades, recibió la agresión de un conjunto de autodenominados antifascistas, a los que el propio Díaz combatiría por sus veleidades anarcoides.

Esta reforma, que viene a modificar la por sus detractores llamada Ley mordaza, abre enormes posibilidades a los encapuchados habituales

Es evidente que el vocablo «fascista» y su correlato «antifascista» están desconectados de su verdadero significado histórico, hasta el punto de convertirse en un mero insulto. Sin embargo, el creciente uso de la violencia física contra quienes vienen a cuestionar el estado autonómico e ideológico de las cosas, empieza a resultar preocupante y lo estará más si entra en vigor la nueva Ley de seguridad contra la que se han manifestado todos los colectivos policiales patrios, que ya han sido acusados de… fascistas por los autoproclamados «antifascistas» y por algún que otro propagandista que ocupa su cuota en las tertulias televisivas.

No hace falta poseer la ciencia media para adivinar que esta reforma, que viene a modificar la por sus detractores llamada Ley mordaza, abre enormes posibilidades a los encapuchados habituales, cuyas acciones, más allá de algún desahogo purista y maximalista, suelen favorecer al proyecto disolvente tutelado por un PSOE aupado al poder por filoetarras y secesionistas a los que Sánchez hace continuas concesiones. En el caso de que el doctor fuera desalojado, democráticamente, de La Moncloa, todo parece indicar que, al amparo de las garantías de la nueva legislación, las calles arderán en contra de ese supuesto fascismo al que fantasean combatir los guerracivilistas hijos de la Memoria histórica.

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