Confieso que esta peripecia del hantavirus me produce sudores fríos, combinados con ‘flashbacks’ traumáticos como de excombatiente en Vietnam.
Nos dicen que no pasa realmente nada terriblemente grave, hasta en la OMS ha salido el exterrorista etíope que dirige esa organización controlada a pachas por China y Gates quitándole hierro al asunto. Pero a mí me suena a esas escenas iniciales de las películas de terror americano, cuando todo parece tranquilo. Demasiado. Ya hemos visto esta serie, y sabemos que el primer capítulo es engañosamente tranquilizador.
Porque las palabras me retrotraen a una época por la que pasamos de puntillas, misteriosamente: cuarentena, virus, contagio en barcos perdidos en el océano… Todo me trae un rumor de mascarillas y de la Gestapo de los balcones.
Es muy evidente que tememos preguntar qué fue todo aquello, cómo pudo someterse a la población mundial, por primera vez en la historia, a un arresto domiciliario de meses y que lo hayamos dejado atrás como un mal sueño, como algo que no requiere demasiada averiguación porque resulta inquietante.
Demasiados cosas juntas: la constatación de que los países ya no tienen soberanía para aplicar por su cuenta las medidas que consideren oportunas ante una epidemia, la sospechosa coordinación en la imposición de remedios que resultaron peores que la enfermedad, la histeria azuzada desde los medios, la ruina de tantos, las vilezas a las que empuja el miedo.
Ya no podemos fiarnos de nuestros dirigentes. Nos mintieron. Nos mintieron los gobernantes, claro, pero también muchos médicos (fueron muchos más los que callaron lo que sabían o sospechaban), expertos, comunicadores, periodistas. Y algo se rompió, algo tan esencial en cualquier comunidad política que nos da miedo nombrarlo, quizá por eso no hacemos continuas historias y análisis de un fenómeno que tanto se presta al estudio en varios niveles.
Esa fue la parte buena, supongo, porque nuestro sistema político, aunque a menudo parezca lo contrario, se basa en la desconfianza. Cuando el gobernante en una democracia se pone estupendo y espeta: «¿es que van a dudar de mi palabra?», la respuesta correcta es: «claro, naturalmente, por eso hay elecciones periódicas y división de poderes. Porque no nos fiamos ni debemos fiarnos. Porque Hacienda no se fía de mi palabra al declarar mis ingresos, ni los jueces de una acusación sin pruebas». Esa es, o debería ser, la cara buena de un asunto tan tenebroso: ya les vemos, al menos muchos, un poco más como realmente son, no cándidos servidores públicos poseídos de un ardiente espíritu cívico, sino como famiglias de la Cosa Nostra decididos a sacarnos los cuartos y hacer de figurantes en sus sueños de control.
Y luego está el detalle de los ratones. Esta de ahora es una peste de ratones, y los ratones me hacen pensar en el flautista de Hamelín y en esa propensión de algunos a ponernos a todos en fila india y llevarnos, atontados por pánico, a cualquier abismo. Y Sánchez siempre ha tenido vocación de flautista de Hamelín y, a juzgar por sus medidas, se diría que no le importamos más que un ratón.
Para Sánchez, con el mar de togas llegándole al cuello, el hantavirus se presenta como una nueva ocasión, no sólo de cambiar de tema, sino de presentarse una vez más como nuestro salvador, igual que en la otra ocasión salvó millones y millones de vidas, mientras su banda compraba mascarillas de seda mulberry, a juzgar por su precio.
Pero no, otra vez no. No volvamos a caer en la trampa del miedo, que de esta ya no salimos.