De eso ha presumido siempre una Francia receptora de exiliados políticos sobre todo a partir del siglo XIX. A Francia llegaron liberales huyendo del absolutismo, carlistas huyendo del liberalismo, rusos blancos huyendo de los bolcheviques, judíos huyendo de Alemania y republicanos huyendo de España. A partir de 1919 también llegaron muchos trabajadores de varios países europeos a ocupar el hueco dejado por los tres millones de jóvenes franceses muertos y mutilados en las trincheras.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1932, dado que el paro había alcanzado el 3% de la población activa, se fijó por ley un porcentaje máximo de extranjeros en cada sector industrial. El resultado fue la repatriación de cientos de miles de inmigrantes polacos, italianos y españoles. Y a quienes no cumplieron la obligación de regresar a sus países de origen les esperó un año de cárcel y la posterior expulsión. El paro, lógicamente, desapareció.
Pero 1945 lo cambió todo. Durante los Treinta Gloriosos, desde la guerra hasta la crisis de 1973, los gobiernos franceses abrieron las puertas a la inmigración, en un primer momento de países como Portugal, España e Italia, para cubrir las necesidades de la ascendente economía. Durante la década de los cincuenta siguieron existiendo ciertos límites por considerar que el asentamiento de extranjeros era perjudicial para la sociedad francesa. Por ejemplo, los inmigrados para trabajar en el sector agrario, entre ellos miles de españoles dedicados a la vendimia, tenían que ser temporeros y se prohibía el reagrupamiento familiar.
Caso singular fue el de los pieds-noirs, ciudadanos franceses expulsados en 1962 de una Argelia recién independendizada. Se trataba de más de un millón de descendientes de franceses, españoles, italianos, judíos y malteses instalados en la colonia argelina desde mediados del siglo XIX y a quienes los partidos y sindicatos izquierdistas no quisieron acoger por considerarlos racistas y machistas. Gaston Defferre, ministro y diputado socialista y en aquel momento alcalde de Marsella, se distinguió por su claridad de ideas: «Que vayan a readaptarse a otra parte. Hay que detenerlos, fusilarlos, tirarlos al mar… Jamás los recibiré en mi ciudad». El sindicato comunista Confédération générale du travail los recibió en los muelles de Marsella con carteles de «Los pieds-noirs, al mar», y efectivamente sus militantes tiraron por la borda muchos contenedores con los enseres de los repatriados y robaron todo lo que pudieron.
Treinta años antes de la retirada francesa, el expresidente socialista Joseph Caillaux había propuesto infructuosamente poblar Argelia y Túnez con veinte millones de franceses, españoles e italianos para evitar que en el futuro fueran los africanos los que expulsaran a los europeos a la otra orilla del mar.
Significativamente, tras el desembarco pied-noir comenzaría, esta vez con el entusiasmo de la izquierda, la inmigración masiva de argelinos y otros afroasiáticos también recientemente descolonizados. El cambio de rumbo coincidió con el fin del baby boom a mediados de los setenta. Para contrarrestar la disminución de nacimientos se estableció en 1975 el derecho al reagrupamiento familiar, lo que infló todavía más el volumen de la inmigración y los gastos para su mantenimiento. Hasta aquel momento la mayoría de los inmigrantes eran europeos, de fácil convivencia y rápida asimilación. Pronto pasarían a ser minoritarios ante los afroasiáticos, conflictivos y difícilmente asimilables tanto en la primera generación como en las siguientes.
Desde los años ochenta, tras la victoria del socialista Miterrand, las necesidades laborales del país ya no cuentan como factor regulador de la inmigración y el puesto de trabajo ya no es requisito para obtener permiso de residencia. La diferencia entre inmigrantes legales e ilegales es prácticamente inexistente y la inmigración ya no es considerada un medio para conseguir mano de obra, sino un elemento constitutivo de la sociedad francesa.
Ante la presión ejercida por el lento pero continuo avance del Frente Nacional desde los años setenta, algunos políticos deslizaron en algunas ocasiones tímidas críticas a la inmigración, como el izquierdista Michel Rocard declarando en 1990 que «Francia no puede acoger toda la miseria del mundo y debe seguir siendo lo que es, una tierra de asilo político, pero nada más» o el derechista Giscard planteando por aquellos mismos días el abandono del ius soli para evitar que la inmigración acabase convirtiéndose en una invasión. Pero tanto éstas como otras parecidas no fueron más que palabras llevadas por el viento.
Aquellas palabras hace mucho que dejaron paso a los golpes e incluso a la sangre. Tras décadas importando afroasiáticos, Francia ya es otro país del Tercer Mundo. A los franceses les esperan muchas lágrimas, y después de los franceses llorarán los demás europeos. Los ceutíes ya han comenzado.