«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Gracias, pesimistas

7 de octubre de 2026

El optimista ve lo bueno hasta del pesimista. A éste, en cambio, le cuesta horrores la recíproca, como es lógico. No le sale. En nuestra recién estrenada circunstancia electoral, el optimista le ve lo bueno hasta a Sánchez: su error al convocar ahora. Nos dicen que lo hace porque éste es su mejor momento. Si éste es el mejor, con las encuestas en contra, Ceuta en titulares y tanto malestar en la calle, ¿cómo sería el peor?

Sánchez sobrevalora la renta electoral que puede sacarle a su repentina ocupación del problema de la vivienda. Se ha creído su propia demagogia. Y parece que se conforma con restarles a Podemos y a Sumar su nicho electoral. Pero así ni podrá ni sumará. Las izquierdas, comiéndose los votos unas a otras para sobrevivir, van a disputar unos auténticos juegos del hambre. El optimista tiene razones de sobra para sonreír ante la cita electoral.

Mientras tanto, los pesimistas ven muy peligroso a Sánchez, capaz de sacar conejos electorales de sus chisteras postales, burlar el bloqueo judicial a la ley de nietos adoptivos, aprovechar accidentes y lo que sea. Éste pone a galopar, afirman los fatalistas, a los cuatro jinetes del Apocalipsis. El optimista los escucha y les agradece el alarmismo.

Luego están los pesimistas acendrados. No les gusta ningún partido, porque todos traicionan alguna esencia esencial, si es que llegaron a tenerla. Parte de razón tienen: los partidos, como su nombre indica, no son entes enteros ni absolutos. Confía el optimista en que, aun así, hagan su trabajo y permitan una sociedad más atenta a los primeros principios.

Contraatacan los pesimistas integrales, que ven casi igual de mal a los de la oposición que a los del Gobierno y nos recuerdan que hay cosas muy por encima de la política. También cumplen su función, sobre todo teniendo en cuenta que son poquitos. Si parecen más, es porque no callan y porque sus avisos nos importan. Aunque los optimistas creemos que, para levantar algo tan alto, hacen falta los cimientos de una política sencillamente sensata.

Un optimista pata negra no se hace mala sangre con ningún pesimista, abstencionista, purista o fatalista. Todos cumplen con lo suyo, incluyendo lo de criticar lo nuestro. Gracias.

A pesar de todo, el optimismo se permite cierta confianza en su propia cosmovisión. Primero, porque, incluso excluyendo —que es mucho excluir— el cuidado de la Providencia, no todo puede salir mal siempre, por puro cálculo de probabilidades. Además, el optimista sabe que su actitud es un instrumento irrenunciable. Si nadie pensase que se puede ganar, ¿quién iba a dejarse la piel por una derrota segura? Si no creyesen los optimistas que mediante la política se pueden reconstruir, reconquistar, restaurar muchas cosas y derogar adefesios, mezquindades, trampas y crímenes, ¿qué mártires gastarían en el empeño sus mejores horas y sus mejores años? El optimismo es un semipelagianismo por lo civil que incita a la acción. Tiene fe en las obras.

Y es una energía renovable, con perdón. Genera con su empuje nuevas circunstancias que, a su vez, reafirman a los afirmativos. El pesimismo, por su parte, si se le deja solo, crea enseguida las circunstancias que justifican su desesperanza. Ambos son profecías que se autorrealizan.

Sé que es mucho pedir a los ultracríticos, a los conspiranoicos, a los que ven la viga y la mota en cada ojo ajeno, a los admiradores de la inteligencia superior de Pedro Sánchez, a los fatalistas, que dejen de seguir su querencia. Ni se lo pido: les tengo ley. Sólo quiero recordar a los que atisban posibilidades, a los que alientan la esperanza, a los que encuentran razones para luchar por lo bueno —que desean—, por lo verdadero —que conocen— y por lo hermoso —que ven—, que no cejen. Su ingenuidad es una estrategia sutilísima y acerada. Hay que sonreír porque la sonrisa es el arco que dispara la flecha de la acción.

Agradezcamos los lamentos, las críticas, las dudas, las sospechas y los cinismos. Son útiles. Pero si nosotros, que les vemos la gracia, nos contagiamos, se vuelven inútiles, y es un desperdicio y una pena. Vamos a salvarlo todo.

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