Cuando un grupo con un enorme interés en un idea generalmente, porque su vida privada apesta, se enfrenta al grupo de quienes aspiran a que les dejen en paz, siempre ganan los primeros.
La izquierda gana siempre porque el centro de su vida es ser de izquierdas, es su identidad, su razón de ser. En la derecha puede pasar, pero es menos común. Por lo general el tipo de derechas tiene un montón de cosas que le preocupan bastante más que la política, como debe ser. Lo mejor que hizo Franco, suele decir Fernando Paz, fue liberar a los españoles de la política.
Y hay una generación que votará al partido que votó en las primeras elecciones de su vida hasta que la Parca le cierre los ojos para siempre o, como decía un socialista entrevistado, «si me cortan en pedacitos, cada uno de esos pedacitos gritará: ‘PSOE'». Es teológico. Es telúrico. Es la puñetera ‘devotio hispanica’.
Aquí una hasta hereda el voto como hereda su condición de culé o madridista. ¿Se acuerdan del anuncio de “Papá, ¿por qué somos del Atleti?». Porque aquí no se es partidario o incluso forofo de un equipo de fútbol; uno “es de”. Pertenencia hasta el último suspiro. La patria no es la Sanidad; la patria, en España, es el Celta de Vigo y el PSOE.
Por eso, porque estoy convencido de que la situación es desesperada, creo que se necesitan soluciones desesperadas, y creo haber dado con la perfecta: hagámonos de izquierdas. Del PSOE. Todos.
Antes de que se me tiren al cuello, dejen que me explique. Vox tiene una remontada que quizá se cuente en décadas. No soy de los que le ponen techo de acero, pero el voxero más optimista no ve a su partido como fuerza mayoritaria para pasado mañana, y les alabo el realismo.
El PP es lo que Borges decía del peronismo: ni bueno ni malo, simplemente incorregible. Vive en una realidad paralela, en el sueño del turnismo feliz y el regreso de las díscolas ovejas descarriadas al redil de la moderación. El PP no ha venido a cambiar una iota del argumentario socialista, no la toques más que así es la rosa (en el puño).
Miguel Ángel Quintana ha teorizado in extenso sobre el ‘PSOE state of mind’, el conjunto de premisas sembradas por el Partido Socialista que gobierna el debate público desde poco después de la Santa Transición, que se aceptan tácitamente, como línea base de cualquier discusión. Nuestra democracia es socialista por defecto, razona a partir del pensamiento PSOE. El PP se publicita como un cambio de cara en ese esquema, una nueva administración para lo mismo, un inyectarle hojas Excel y moderación de chico bien a la inevitable revolución pendiente.
Por eso Feij’o, cuando recuerda haber votado a Felipe González, lo hace con un suspiro de nostalgia, no arrepentido, sino orgulloso. Su miniyo en Andalucía, Moreno Bonilla, comparte entusiasmo felipista aún más sonoro. Vienen a recoger y continuar la herencia del «PSOE bueno», y por eso su banderín de enganche electoral es “echar a Sánchez”, a quien no se le reprocha tanto destruir la nación como el partido único.
Con estos mimbres no se puede hacer cesto alguno que valga el esfuerzo, y sustituir un pícaro por un apparatchik no va a sacarnos de la que tenemos encima. Se exige algo mucho más radical, que es lo que propongo: hagámonos todos, hasta el último, del PSOE. Votemos todos al PSOE, declarémonos todos socialistas. Porque en el momento en que toda España sea de izquierdas, la izquierda habrá muerto.
Desarrollo: si el PSOE es más un régimen que un partido, si es el equivalente ‘democrático’ (ya tú sabes) del Movimiento Nacional, de la clase política, entonces el modo de cambiar las cosas es que todos estemos en él. Los liberales (los cinco) se convertirán en el ala liberal del PSOE; los voxeros, la familia patriótica del socialismo.
Como todos seremos PSOE, volverá el debate y la sana disidencia, dentro del partido. Podrá haber socialismo antiinmigracionista, socialismo antiwoke, hasta socialismo antisocialista, pero con otra etiqueta, llamado de otra manera, porque fuera del PSOE no hay salvación.
¿Conocen la expresión «morir de éxito»? Este sería el caso. Cuando algo lo es todo, entonces no es nada. Es, por mejor decir, cualquier cosa. La izquierda necesita como el comer oponerse, enfrentarse. Ahí está, hasta manifestándose en manifestaciones contra el gobierno, copando el poder y la oposición, abarcándolo todo. Dejémonos abarcar y estarán destruidos.
Hay un chiste que cuenta la diferencia entre el catolicismo y el judaísmo que viene muy a cuento. Se levanta el Papa muy sonriente una mañana y su secretario le pregunta a qué viene tan buen humor.
-«He tenido un sueño maravilloso, Luigi. He soñado que el mundo entero se convertía al catolicismo».
Por el mismo tiempo, el rabino mayor del Jerusalén se levanta sudando frío y con el rostro desencajado. Su secretario le pregunta qué le pasa.
-«He tenido una espantosa pesadilla, Shlomo. He soñado que el mundo entero se convertía al judaísmo».
Pues eso.