Hay jóvenes, hay esperanza
Hay jóvenes, hay esperanza
Por Javier Torres
28 de agosto de 2026

No sé cómo se llama el héroe vasco de 16 años que se resiste a soltar la bandera de España cuando cuatro renegados proetarras, valga la redundancia, caen sobre él. Símbolo de la rebeldía adolescente, este joven nos dice con su gesto que no pasa por el aro, que no agacha la cabeza ni acepta la comodidad bovina de engrosar las filas del odio en territorio hostil. Un odio institucional y subvencionado, que va de arriba abajo, que ampara la violencia separatista. Ahí tenemos al consejero de seguridad vasco, un tal Bingen Zupiria, que critica a la Policía Nacional por detener a dos de las alimañas (cargados de antecedentes) que patearon al chaval en el suelo en Bilbao. 

Sabemos que los jóvenes son la esperanza en la medida en que los satélites gubernamentales les dictan las pautas de comportamiento. No seas patriota. No formes una familia. No comas carne. No conduzcas un coche de gasolina. Y si eres mujer, no te cases ni tengas hijos, empodérate, odia a los hombres. Estos medios —unido al coro de actores, influencers con menú en Burger King y tertulianos— son la correa de transmisión del poder y su misión es generar un clima de euforia permanente, desde romantizar el compartir piso a los treinta o dormir en la playa en vacaciones hasta la precariedad laboral.

La relación jóvenes-Estado es la del depredador con su presa. El Gobierno les distrae con migajas (bono cultural) mientras registra el mayor paro juvenil de Europa y bate el récord de extranjeros sin trabajar. El paro de los españoles es del 9,5% y el de los inmigrantes del 17,2%, casi el doble. En términos absolutos: 730.000 están en paro y casi dos millones ni siquiera son población activa.

Sin embargo, Sánchez —de la mano de sindicatos, Iglesia y patronal— regulariza a más de un millón de ilegales y entre todos repiten que debemos seguir trayendo más. El sistema exporta talento nacional (médicos, ingenieros, economistas…) e importa mano de obra barata. Cuando los números no cuadran alguien oculta algo, así que conviene preguntarnos qué sentido tiene traer a más extranjeros cuando casi uno de cada cinco no trabaja. Es muy complicado no creer que el poder conspira contra los jóvenes.

El mundo al que se enfrentan los nacidos en el siglo XXI (generación Alfa) poco tiene que ver con el que los apologetas del progreso les prometieron. Comprar una casa, formar una familia y tener un trabajo estable en su propia ciudad está al alcance de muy pocos. Sus padres y abuelos se emanciparon, tuvieron su primer hijo y fueron propietarios mucho antes que ellos. De las pensiones mejor ni hablar.

Ante esta realidad la tentación es caer en el desánimo. Y en la derecha abundan los cenizos. Los que creen que está todo perdido, aunque sospechamos que es un mecanismo de autodefensa por su mala conciencia, por los años de inflación de cuadrículas Excel y rendición a toda la mercancía ideológica izquierdista. Hace dos décadas las cosas estaban infinitamente peor, y a veces esos rescoldos persisten, como el análisis de un veteranísimo político que apunta a la precariedad y la miseria como causas de que miles de jóvenes marroquíes invadan Ceuta. Santo Dios.

Felizmente la juventud española no se mueve en esas coordenadas. A nuestro alrededor percibimos más que brotes verdes. Cuando ni el Estado ni sus medios oficiales están de por medio los jóvenes se sueltan la melena. Lo hemos visto durante las celebraciones por el Mundial. El fútbol les permite sacar la bandera nacional sin que les estigmaticen, aunque a ellos les da igual. El deporte no es la excusa, es el vehículo que canaliza su patriotismo. Con qué alegría y desparpajo lucen la rojigualda y cantan por Nino Bravo mientras los Pradales, Oteguis y Puigdemones echan espuma por la boca.

A pesar del lavado de cerebro perpetrado en aulas y televisiones, de la ideología de género o el wokismo, los jóvenes emergen con bríos renovados. Es la juventud que se mete en el barro de Valencia antes de que llegara el Estado. La que desborda las calles cuando viene el Papa. La que dice basta al mundo triste y decadente del universo progre. Los varones son especialmente señalados y soportan que la ministra de Igualdad diga que los hombres son de una especie diferente a la mujer. 

Aunque sabemos que Cicerón nos previene de la exaltación de la juventud («si queréis leer o escuchar historias de países extranjeros, encontraréis grandes estados arruinados por sus dirigentes jóvenes» / «El poeta Nevio preguntaba esto en un poema: iban llegando nuevos oradores, estúpidos jovenzuelos»), no estamos para muchas florituras. Y si no, que se lo digan a esos chavales que no tendrán casa hasta que hereden cuando mueran sus padres o abuelos.

Los jóvenes, en fin, han reaccionado ante una clase dirigente que odia a España, pura endofobia institucional, y acelera en su plan de demolición nacional. Y si las cosas empeoran, que es lo más probable (cinco millones de inmigrantes llegarán en los próximos cuatro años), nos quedan los jóvenes. Ellos -perdonen la perogrullada- son el futuro, la esperanza de acabar con décadas de deslealtades y afrentas contra lo más sagrado, que es la unidad nacional. Serán nuestros jóvenes, con su entusiasmo desbordante, con su alegría inmensa, los que salven España. Al fin y al cabo, de peores hemos salido. Como recuerda Unamuno, Dios no puede volverle la espalda a España, que se salvará porque tiene que salvarse.

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