Indigencia dialéctica
Indigencia dialéctica
Por David Cerdá
11 de diciembre de 2025

Un tipo saca un libro sobre un fenómeno que existe —las denuncias falsas por violencia de género—, un libro que tendrá —como todos— sus debilidades argumentales y que tampoco es una tesis doctoral, sino un intento honesto de dialogar sobre el efecto de algo que, grande o pequeño, ocurre, y ¡pum!, como quien toca con un palo un avispero la locura se desata. Intentos de escraches; hordas que acusan al autor de negar la Viogen al tiempo que declaran, orgullosas, que jamás leerán el libro en el que eso, por supuesto, no se niega. Menciones por doquier a la «fratría», un concepto descabellado que mejor me hubiera muerto sin conocer, francamente. En medio de este estruendo, el Ministerio de Igualdad se gasta nuestro dinero en algo llamado “El uso del término ‘Charo’ en la cultura de odio”. Un montón de cosas así, de frenopático.

Sólo me he asomado un poco a ver cómo se ha puesto todo con ese forúnculo que ha reventado y lo que le puedo decir, querido lector, es que lo que creía sobre el estado del pensamiento crítico en este país ha empeorado. El ruido ha devorado por completo la mínima posibilidad de pensar antes de disparar en nuestro país; el elemental deber colectivo de detenernos un segundo a razonar antes de insultar ha sido abandonado. Hay facciones cuyo principal argumento es lo grasiento que les parece el cabello del autor u otros rasgos de su aspecto, gente que hace tres días clamaba contra la gordofobia, por ejemplo. En Sevilla hubo llamadas a la violencia contra el escritor; cada vez hay más gritos de «¡herejía!» que denotan una seria indigencia dialéctica, la incapacidad para combatir con la palabra lo que con la palabra se plantea.

¿Y qué me dice de lo de tratar de despedazar un libro que no se ha leído? ¿Quién empezó esta moda demente? ¿Y cuándo la hemos normalizado? Algunos grupos han pedido explícitamente que Esto no existe se retire de las librerías o que no se venda; los mismos grupos, es de suponer, que se rompen la camisa mencionando cómo en la dictadura franquista se prohibían libros o cómo los nazis los quemaban. Pero esta gente, ¿qué tiene exactamente en la cabeza? ¿Cómo hay que tenerla para confundir todo desacuerdo con una afrenta personal, olvidando que la democracia es, ante todo, el arte de soportar pacientemente lo que nos disgusta? Más allá de protestas concretas, varios artículos y comentarios públicos han reaccionado al libro como si fuera una agresión simbólica a toda la legislación que protege a las mujeres, en un tono exaltado. ¿Hasta cuándo se va a utilizar el comodín del «discurso del odio» para cancelar los discursos que este grupo o aquel no comparten?

La clave del pensamiento crítico está en educarse para distinguir entre el fogonazo emocional y el juicio razonado, en formar mentes capaces de debatir sin ver enemigos en cada esquina y en cultivar la humildad intelectual que permita revisar las propias creencias sin sentir que se derrumba el mundo. ¿Cuándo fue la última vez que oyó usted a alguien dudar en público, pidiendo más tiempo para la reflexión y abogando por matizar lo complejo? Hace mucho que no entrenamos esto y ahora lo pagamos, y en vez de ponerse a hablar de cómo solucionarlo, hay gente por ahí haciendo reportajes sobre los «fachavales» y otras sandeces parecidas.

En España somos mayoría quienes estamos en contra de las antorchas y las cancelaciones. Lo que ocurre es que no estamos ocupando el lugar que nos corresponde en el discurso público, expulsados por tanta agresividad y tanto pogromo en redes. Tenemos que empezar a visibilizar esa mayoría ignorando a quien se entregue a esta manera de no dialogar y buscar el grito y el trazo grueso en todo. Hay que apagar televisiones y dejar de seguir a cenutrios/as, sí; pero también hay que crear espacios para el debate honrado. Es hora de extender, con paciencia y firmeza, la idea de que el desacuerdo no es un fracaso y que la conversación rigurosa y desprejuiciada es el arma más poderosa de una sociedad libre.

Vamos a ponerle nombre a los culpables. Las televisiones deben abandonar la basura polarizante con la que alimentan nuestras bajas pasiones: esas bochornosas pantallas partidas en donde ninguno de los dos «debatientes» (es un decir) se escucha y todo radica en quién habla peor y más fuerte, el sectarismo contumaz de la televisión pública, etcétera. El algoritmo tiene que ser domesticado de un modo u otro para que no haya cuatro tipos en Estados Unidos haciéndose multimillonarios a base de enseñarnos lo que nos radicaliza o esbirros que hacen otro tanto desde China o Rusia a cuenta del tirano de turno. La infinita irresponsabilidad política que ha convertido el Parlamento en platós sobreactuados tiene que cesar; es imprescindible que se redignifique la sede de la soberanía popular, que ha de ser un espacio para el diálogo, pues ese es el mandato del pueblo. Cada palo ha de aguantar su vela, pero urge que lo haga ya, porque la indigencia dialéctica termina, antes o después, en violencia física, y tenemos que dejar de asomarnos a ese abismo que tan bien conocemos. 

A Laura Miró, especialista en los chuetas —descendientes de judíos conversos— de Mallorca, la canceló la Obra Cultural Balear una charla tras difundirse carteles con acusaciones delirantes. Para poder sobrevivir, una democracia requiere de un número suficiente de personas capaces de argumentar aquello que entienden contrario a su ideal de vida y convivencia. Sostener que el libro de Soto Ivars es incendiario y por lo tanto no admite refutación, sino silenciamiento, nos aparta a todos del objetivo común, que es, en cuanto al asunto que el texto trata, que mueran cada año menos personas asesinadas por sus parejas y que menos personas inocentes sean aplastadas por el rodillo de una ley que, como todas, es imperfecta. Tenemos muchos problemas en los juzgados y hay vidas que se están arruinando por motivos que podrían solventarse, y aquí no hay más diferencia real que entre quienes consideran que todas las injusticias son males que combatir y quienes pretenden vivir de ese combate inventando facciones irreconciliables.

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