La alegría de la Fe
La alegría de la Fe
Por Rafael Nieto
10 de junio de 2026

De la misma manera que los árboles no dejan ver el bosque a algunas personas, se da mucho en estos tiempos de sofoco que nos ha tocado vivir el ser humano que está en una constante crispación, incluso consigo mismo, creyendo que eso equivale a tener capacidad crítica. Pero la crítica, cuyo fin debe ser siempre el conocimiento de la verdad, tiene poco que ver con el enfado como modo de estar permanente, y mucho con una actitud de discernimiento que parte de la observación; primero ver y escuchar, luego analizar y al final juzgar. Aquellos que lo hacen al revés, por lo general yerran. 

Muchos de los a prioris que esperaban la visita del Papa León XIV a España se han ido disolviendo como azucarillos a medida que han pasado los días. Y no por obra precisamente de los medios de comunicación, ni de ningún líder de opinión, sino del pueblo de Dios: de la mayoría de los españoles que, representados en Madrid los primeros días, se echaron a las calles para expresar su fervor y su devoción. De manera natural y espontánea, sin mirar ni etiquetas ni adscripciones; simplemente, yendo adonde les decía su corazón y su razón. Siguiendo a este hombre menudo, de gestos sencillos y sonrisa amable que, cuando abre la boca, nos hace recordar a Juan Pablo II por cómo mezcla la naturalidad con la hondura de los conceptos que expresa.

La Iglesia Católica se está tambaleando porque sus enemigos seculares están hoy más fuertes que nunca. El príncipe de este mundo tiene muchos aliados, y a la Iglesia la defendemos muy poquitos y con una fuerza limitada. Desde que Pablo VI advirtiera, en junio de 1972, de que «el humo de Satanás se había colado por alguna grieta de la Iglesia«, el Cuerpo Místico de Cristo ha ido contaminando la sana doctrina con diversas aberraciones liberales que la han protestantizado, al menos en parte. Y hoy, la jerarquía vive la contradicción de tener que seducir al mundo y, a la vez, mantener la Palabra de Dios, donde con toda certeza habita la Verdad. Esa es la fuente de la mayoría de conflictos morales que desgastan la imagen pública de la Santa Sede.

Objetivamente, el viaje de León XIV a España está siendo histórico, por varias razones. Cifras de seguimiento aparte, algunos hechos singulares que han acontecido en la capital de España no podemos, de ninguna manera, obviarlos ni rebajarlos de categoría. La procesión encabezada por el Santo Padre, con el Santísimo Sacramento por el Paseo de la Castellana en su custodia y bajo palio, ante cientos de miles de personas que rezaban en silencio, tiene un poder que ningún católico bien informado desconoce. Tampoco las homilías multitudinarias, el rezo colectivo del Padrenuestro en el Bernabéu, las cientos de familias que acercaron a sus bebés hasta el papamóvil para recibir la bendición del Pontífice, el discurso contra el aborto en el Congreso…En cada uno de esos gestos hay mucho más que alegría y folclore; hay una Fe viva y compartida. Una Fe en comunidad.  

No podemos esconder la parte positiva de las cosas para solemnizar las negativas, como no hay que caer en la ridícula papolatría creyendo que el sucesor de Pedro es intocable. León XIV debe apagar algunos fuegos descontrolados en la Iglesia, entre ellos el del cisma real en Alemania, el intento de nombrar sacerdotisas o la bendición de las parejas homosexuales, entre otras; en España, es de especial gravedad la profanación del Valle de los Caídos, donde está la Cruz más grande del mundo. Ningún católico debe permanecer mudo, ni cruzado de brazos, mientras ocurran hechos de tal naturaleza. Pero la crítica de estas y otras desgracias no quita valor ni importancia a todo lo bueno que hemos visto en las últimas horas y días.

España ha estado quince años sin ser visitada por un Papa, algo que no tendría que haber ocurrido jamás. Desde el pasado 6 de junio, estamos viendo lo que ocurre cuando se llama a los católicos a salir, tras la cabeza de la Iglesia, a mostrar en público su Fe en estos tiempos de tinieblas. La alegría es lo propio de los cristianos; era lo que movía el corazón de los mártires que, durante la II República, iban al sacrificio de una muerte segura a manos de sus verdugos marxistas. Nadie puede robarnos una alegría que nos pertenece, y que da sentido a nuestras vidas. Seamos capaces (¡intentémoslo, al menos!) de vivir el tesoro de nuestra Fe con esperanza mientras nos arremangamos para luchar por lo que a todos nos importa.

TEMAS
Noticias de España