Ayer, sin moverme de Madrid ni pisar una tabla mojada, supe que media España había vuelto a echar la Virgen al agua, porque el 16 de julio los puertos hacen lo único que saben hacer bien desde hace siglos, que es sacar a la patrona del Carmen del templo, subirla a una barca engalanada y pasearla por la bocana mientras suenan las sirenas de los pesqueros y el cura bendice unas aguas que llevan toda la vida sin pedir permiso a nadie. Lo celebraron de Galicia a Cartagena, de La Graciosa a Villajoyosa, con procesiones marítimas, ofrenda floral y esa mezcla de misa y verbena que en este país no ha separado todavía ningún concilio. Pero el artículo no va de la liturgia. Va de un tío mío del lado norte, marino de arrastre jubilado y padrino de mi hermano, que durante quince veranos me colocó a mí, el sobrino urbano, el encargo de sostener el ramo.
Era un pueblito del Cantábrico donde el mar entraba en las casas por el olor, y yo pasaba julio esperando el día del Carmen como quien espera un estreno. La imagen bajaba a hombros por la cuesta del puerto, coronada, envuelta en luces, y oliendo a incienso y a gasoil a partes iguales, y la multitud la seguía con una devoción que en agosto se gastaba entera en un solo día. Mi tío iba delante, maqueado, adusto, con la camisa que solo se ponía para eso. A mí me tocaba caminar detrás cargando el ramo de claveles blancos, sudando, muerto de responsabilidad, convencido de que si lo soltaba se hundía la costa entera. «Agárralo fuerte, que no es tuyo», me dijo una vez, y en esa frase cabía toda su teología.
Luego venía el embarque, que era el momento serio. Subían la Virgen a la barca mejor pintada de la flota, la sacaban despacio hacia la bocana seguida por una procesión de traineras y motoras que tocaban la bocina como vacas mareadas, y allí, en mitad de la nada azul, el cura echaba el agua bendita y la gente arrojaba las flores. Aquellas flores no eran adorno. Eran para los que se habían quedado en el mar, para los nombres que mi tío recitaba sin entonación, uno detrás de otro: tres compañeros de una galerna y un cuñado que no volvió del Gran Sol. No había chiste posible ahí, y él lo sabía. Soltaba el ramo al agua, se quitaba la gorra, y miraba la corriente llevárselo con la cara de quien lee una lista que se sabe de memoria.
Después el pueblo entero se metía en los bares, y el luto se disolvía en vermú con una naturalidad que a mi mujer, porteña y descreída, siempre le pareció sospechosa. «Ustedes lloran y brindan en la misma hora», decía ella, y tenía razón: el marinero del Cantábrico ha resuelto el duelo por la vía del solisombra mejor que cualquier terapeuta. Yo, que del mar solo he aprendido a marearme en los ferris y a temer las olas desde la arena, me sentaba en un rincón a oír a los viejos discutir mareas, y me sentía un impostor con acento de metro, un turista de su propia sangre. Nunca aprendí a nadar como Dios manda. Nunca supe atar un cabo. Lo mío era el ramo, y el ramo tampoco lo sostuve nunca del todo bien.
El último año que fui, ya crecido, le pregunté a mi tío por qué la barca daba siempre la vuelta y regresaba al puerto, si lo suyo habría sido seguir mar adentro con los muertos. Me miró como se mira a un sobrino de ciudad. «La barca vuelve porque nosotros volvemos», contestó, y encendió un pitillo con la espalda al viento. No añadió nada más, ni falta que hacía. Los que se quedan en el agua no vuelven, y por eso hay que llevarles flores. Los demás desembarcan, se toman el vino y esperan al julio siguiente. Ayer, desde el sexto piso, sin mar a la vista, agarré fuerte una cosa que no era mía.