Durante mucho tiempo la frase «acabar con el orden de posguerra» se convirtió en un fetiche. Se decía constantemente sin saber muy bien para qué. Hay que acabar con el orden internacional de posguerra, evolucionar, porque ya no es útil. Se repetía como lugar común.
Ahora Trump da un paso definitivo. Cierto que el «orden» ya no era el mismo tras Yugoslavia, Ucrania y, sobre todo, la aparición de China como superpotencia. El mundo ya era otro y «había que acabar con el orden de posguerra» y con esa visión paralizada en la Segunda Guerra Mundial, con la eterna reductio ad hitlerum. ¡Anda que no lo leí yo veces eso!
Y va Trump y trata a Rusia diferente, se orienta a China, anima a Europa a dar un paso adelante, y retoma una senda imperial casi decimonónica con el corolario trumpiano a la Doctrina Monroe. No solo eso: destruye los tótems ideológicos del globalismo y comienza a salirse o desmontar sus instituciones.
¿Y qué dicen los del «hay que acabar con el Orden internacional de posguerra»?
Nada. Se les ve mohínos, enfadados. No era eso, no era eso… ¿qué era entonces? Yo no lo consigo entender. ¿Qué querían?
Igual querían que Trump abandonase a Israel y se destruyera su Estado (según las profecías de Mearsheimer), o a lo mejor pretendían que Trump moviese los hilos para lograr él solo una Eurasia nunca vista. O quizás pensaban que Trump iba a terminar de regalar partes de Occidente a China… Ah, ya sé, quizás pensaban que iba a irse pitando de Oriente Medio: tomad, BRICS; el mundo es vuestro.
Pero yo creo que sobre todo, ese mundo que no estaba a gusto, que no era feliz con el orden internacional de posguerra y que tampoco es feliz con el orden trumpiano que se apunta, quería otra cosa que a lo mejor tenía que ver con su obsesión antisemita.
¡Invertir las cosas, los polos! ¡Desvictimizar a los judíos!
Trump ha hecho algo notable. Ha superado el mundo post1945 pero incorporando y respetando la alianza con Israel, el rechazo del antisemitismo y el estatus especial como víctimas de los judíos. Es decir, va superando ese mundo, pero sin tocar la piedra memorial del Holocausto. Supera el orden de posguerra incorporando en su alianza nacionalista a los judíos.
¡Ah, entonces ese nacionalismo, incluso ese nacionalismo blanco que no se dice ya no les gusta a algunos!
Aquí hay una síntesis genial trumpiana, una cosa espectacular, histórica, creadora y superadora y entiendo que no les satisfaga. Entiendo también que su pilotaje de la decadencia americana haya sido hacia arriba, no hacia abajo y que eso les moleste.
Duele, lo entiendo.
Pero estas personas, aglutinadas en torno a una especie de soberanismo basura absolutamente cómico (personas que nunca respetaron las polonias ni las ucranias preocupados por la soberanía de los casquetes de hielo de Groenlandia)…¿Acaso estas voces, este coro variopinto pide que se «respete la legalidad internacional»? ¿Piden que las derechas europeas que ahora están sacando cabeza declaren la guerra a Trump?
Es un soberanismo tan fiero y hasta metafísico que quiere acabar con el capitalismo, con la tecnología y con Estados Unidos, pero no se ponen de acuerdo en el orden para empezar; también quieren declarar la guerra a Israel en el nombre de Cristo. Los individuos menos cristianos que imaginar se pueda van con Jesús en la boca.
Ahora que Estados Unidos gana, ¿hay que aliarse con Irán? ¿Con China? ¿Con el eje del mal-fatal? ¿Eso quieren para España?
Trump lo ha dicho: los antisemitas no forman parte de MAGA. «No nos gustan». Y hasta Nick Fuentes, antisemita oficial y talentoso, ha señalado que el movimiento se tiene que depurar. Porque cabe, explica, una crítica a la alianza con Israel en la política internacional, pero hasta él, que lo ha explotado, asume que Internet se ha llenado de botarates, que hay una burbuja de antisemitismo (como cuando se puso de moda el Macarena) y que esa pasión, esos «animal spirits», se han ido de madre y, sobre todo, ya conviven con el antisemitismo izquierdista, tercemundista e islamista. Lo dice el fed Fuentes: «Eh, seremos lo que seamos, pero sobre todo somos right wing«.
Y la right wing es Trump.
Y esto, de lejos, como en un cómic de Ibáñez, se ve en España. La causa antisemita, que es la piel que toma el soberanismo basura (un soberanismo irreal, lejos del poder y por tanto, completamente inútil, disgregador, despistador), comunica a posiciones del más variado pelaje que se observan con solo asomarse a la psicodelia de la red: islamismos, tercermundismos, extremismos, comunismos, tradicionalismos, racismos perentorios, conspiranoias, detractores del hispanismo que de repente urgen una respuesta contra «el anglo», y un antisemitismo rampante que ya usa nombres y apellidos. Ayer un polígrafo exiliado dejaba caer que lo de Kirk lo hizo Israel sobre la base fáctica de su orto y por el mismo camino iban influencers varios (okupas, ay, del trevijanismo… por cierto, me explicarán un día el hilo mágico que une la abstención con la obtención de la bomba atómica).
El asunto del antisemitismo tiene dimensiones políticas, morales, religiosas, pero una que nos interesa ahora fundamentalmente: una dimensión cognitiva, neuronal: es el lenguaje de los tontos. Reduce el CI. Destruye la conversación. Es una estupidización progresiva que, ya decimos, hasta pone de los nervios a Nick Fuentes. Se lo dice a su audiencia: muchos sois unos retards.
Porque además es un antisemitismo que ni siquiera va contra los judíos (o sea, ¡es un antisemitismo ladino!): va contra Trump, o contra Vox, contra la AfD o contra Milei… Es indirecto, viene con curvita…
Los enteradisimos nickfuentistas que iban salvando Occidente estos meses contra el mismísimo Trump ahora no sabemos qué harán cuando Nick, probable agente federal, les diga que Trump lo hace bien, que Venezuela no es Irak (lo opuesto a lo neocón) y que –probablemente lo diga pronto– la gran coalición trumpiana que integra a los proisrael no debe romperse.
La degeneración del mensaje de la derecha online en todo el mundo ha sido algo probablemente catalizado, aunque quizás tenga una explicación psicológica, como algo inevitable, que no podía ser de otra forma. Dice Fuentes que se tendrá que ir depurando. Aquí, como todo llega mucho después, esa depuración suponemos que tardará.
El soberanismo basura pide plantar cara a Estados Unidos. Franco, que les abrió España, sería considerado un traidor, un cipayo, ojo. Lo más tóxico que podemos enviarle a los norteamericanos, una especie de arma psíquica, como la que usaron contra Maduro, es la estupidez paralizante de sus tuits y posiciones. Probablemente algún Delta Force se quede haciendo la oruga. Pero con eso no nos da para mejorar 1898.
Leí a alguien anónimo una reflexión interesante. Decía que la derecha online estadounidense mostraba una gran dificultad para pasar de una mentalidad paranoica y destructora de la narrativa central a otra fase en la que comprender y defender victorias y progresos graduales. Lo que viene siendo la realidad.
En España la derecha online no ha ganado. Es más, gran parte de la función de la derecha online es que en España no gane nunca.
Internet fue no hace tanto un lugar de revelación y de mejor entendimiento de la realidad. Las oleadas de sentido de 2015, 2016. Scott Adams, protagonista entonces, murió ayer de un cáncer fulminante. Un viñetista genial que entendió lo que pasaba en EEUU y que además entendió a Trump. su forma de hablar, de persuadir. Por explicarlo y traducirlo pagó un precio personal y profesional. Durante una década iluminó Internet con su sentido común e inteligencia. No era un «basadete», claro. Ahora le llamarían boomer las catervas. Fue leal a Trump, y se mantuvo en unas coordenadas propias. Poca gente hizo más que él por mover Overton. Pero claro, una vez movido, un niñato groyper con las luces justas para no ser bot no le iba a sacar de lo que él consideraba decente, americano o, simplemente, correcto.
Descanse en Paz, Scott Adams, que nos hizo sentir menos solos y hasta el final alumbró con su buen humor un mundo desquiciante.