La campaña
La campaña
Por José Javier Esparza
21 de abril de 2026

Uno nunca ha sido muy listo, pero si alguien me preguntara qué hacer para frenar a una fuerza política emergente, así, a bote pronto, se me ocurrirían unas cuantas cosas:

Uno: la desilusión. Hay que desilusionar. Si la cosa crece, hay que arreglárselas para que parezca menguar. Para eso no existe instrumento mejor que crear expectativas falsas. Si tienes 15 y puedes ganar 18, haré creer que puedes llegar a 20; así, si llegas a 19, parecerá un fracaso. En una atmósfera en la que todo es comunicación, los discursos pesan más que la realidad. Y así un éxito objetivo puede convertirse en una desilusión subjetiva.

Dos: la cizaña. Esto nunca falla. Sobre todo cuando te fijas como blanco a los que un día tuvieron poder y ahora lo han perdido. Es muy duro volver a ser nadie. El que tiene poder llega a pensar que le asiste una suerte de derecho personal a poseerlo, de modo que, cuando lo pierde, no sólo aspira a recuperarlo, sino que siente la pérdida como una ofensa personal. Nadie más vulnerable que el que busca venganza, que será capaz de las cosas más innobles si cree que así puede satisfacer su sed. Cuanto menos peso personal tiene el elegido, más fácil es el trabajo: en la política suelen comparecer juntas la estulticia y la soberbia, a veces en idéntica proporción. Localizar a esas personas y deslizar en su oído las palabras adecuadas, convencerlas de que la traición es en realidad un acto de justicia: éxito asegurado.

Tres: la calumnia. Por supuesto. Sembrar sospecha. Amplificar rumores. Difundir trapos sucios. No importa que sean falsos. Aquí funciona el modelo clásico: si yo digo «Fulano no ha robado», el que me está mirando, que no sabe quién es Fulano, sospechará que efectivamente algo sucio se esconde. La sospecha es como un veneno que lentamente hace su camino y se sobrepone a cualquier antídoto, aún peor: cuanto más te esfuerces en contestar, más intensa será su sombra.

Cuatro: el miedo. Es un elemento imprescindible. Crear situaciones violentas. Forzar reacciones agresivas. Que tu víctima dé miedo. Por ejemplo, permitiendo que una horda hostil amenace al incauto y provoque una reacción proporcional, o llevar a tal o cual persona a una situación en la que pierda los estribos. Después basta con mostrar sólo la segunda parte: la reacción, el descontrol, y amplificarla convenientemente. Con esto no conseguirás, tal vez, disuadir a sus fieles, pero sí provocar precaución en quienes pudieran acercarse.

Cinco: tirar la piedra y esconder la mano. Sobre todo, que no parezca que he sido yo. Al revés, mostrar una distante indiferencia, incluso un cierto tono compasivo. De esta forma, el que ha visto quebrada su confianza por la desilusión, la cizaña, la calumnia y el miedo me mirará no como a un enemigo, sino como a un refugio, alguien en quien confiar en medio de la decepción.

Uno, ya digo, nunca ha sido muy listo, pero cualquiera diría que estos son los pasos que está siguiendo la campaña para neutralizar a VOX.

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