Lo que más me llamó la atención es la cara de Pedro Sánchez. No mueve un músculo. Todo le resbala. Parece de cemento armado.
Lo reconoció hasta el propio Santiago Abascal el pasado miércoles cuando afirmó, durante su intervención en el Congreso, que tiene «un aplomo sorprendente con la que está cayendo; siempre parece salido de una relajante sauna». Una alusión, claro, a los negocios del suegro.
El todavía presidente ni se removió en su escaño. Ninguna contracción muscular. Tampoco se aflojó el nudo de la corbata. Entre otras razones porque venía sin. Preparado para el chaparrón. Hacía ver que tomaba apuntes. Como el alumno aplicado en clase.
El líder de VOX le lanzó varias andanadas. Entre impactos directos, torpedos y cargas de profundidad. Si hubiera sido el Missouri, el acorazado en el que se rindió Japón, equivaldrían a proyectiles de 406 milímetros.
Empezó con una alusión directa a la moción de censura. «Ojo con los aplausos, señor Sánchez; cuanto más decibelios, más años caen», afirmó en referencia al minuto y medio durante el que estuvieron aplaudiendo a Ábalos. Luego recordó que el líder socialista se presentaba como «el gran campeón en la lucha contra la corrupción». Mucho antes «se había paseado por los platos de televisión» dando lecciones.
Tiró también de hemeroteca, que es lo que hay que hacer en estos casos para refrescar la memoria. «No me va a temblar el pulso en la lucha contra la corrupción», decía P.S. en julio del 2014. «Todo compañero que se apellide como se apellide, si comparece en un juicio, será expulsado», anunció igualmente por aquellas fechas.
Aunque lo mejor era cuando aseguraba que la corrupción era «un veneno para la democracia”. Defendía la «política decente». E incluso la «moralidad más autoexigente» porque lo contrario debilitaba «los poderes del Estado». En eso tenía razón, pese a que no haya predicado con el ejemplo.
Yo, por mucho menos, me habría escondido debajo del escaño. Abascal afirmó que «el entorno de Pedro Sánchez se ha enriquecido» y el «PSOE se ha financiado ilegalmente». Por mucho menos, antes Francina Armengol lo habría llamado al orden, Patxi López habría hecho unas declaraciones en los pasillos y el gabinete de prensa hubiera amenazado con acciones legales pese a ser pronunciadas en sede parlamentaria. O sea, que sí. Quien calla, otorga.
Es lo que más me sorprende: esa sangre fría. Si tuviera el 0,01% de la que tiene el presidente, estaría atracando bancos con metralleta en mano. Disfrazado, desde luego, como los gánsteres de las películas de Hollywood. O estafando abuelitos a la salida del banco tras cobrar la pensión. Porque la corrupción es, ante todo, un robo. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar. Cuando declaró que «el presidente del Gobierno está maniobrando para adulterar y manipular las próximas elecciones y mantenerse fraudulentamente en el poder».
«No estoy hablando de pequeños fraudes hechos aquí o allí, estoy denunciando toda una trama diseñada para alterar el resultado de las próximas elecciones», continuó. Con el voto en el extranjero y la ley de nietos que, en el fondo, “reparte millones de pasaportes españoles a personas que nunca han vivido en España».
Tampoco voy a entrar en el «rosco” de la corrupción —o pasapalabra porque ha habido una sentencia judicial— que mencionó también Abascal. ¡Hasta salía Gaspar Zarrías! Aquel que pillaron en el Senado votando por un ausente. La Z estaba reservada a Zapatero. Sánchez es el heredero. Tal para cual. Antes de los “cambios de opinión” del de actual, hubo los del anterior en plena crisis. Pura inconsistencia.
Ya no defiende su inocencia, sino que las pruebas no son válidas. Por eso ha fichado a un procesalista de abogado, no a un penalista. Es decir, que es culpable. Desde luego, está en su derecho. A ver qué triquiñuela puede salvarle a él y probablemente a su familia de la condena. Es legal pero no es moral.
Porque este hombre —expresidente del Gobierno nada menos— es el mismo que llegó al poder después del 11-M con una frase célebre de Alfredo Pérez Rubalcaba: «Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta». Pues eso. Menudo ejemplo los dos.