«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado diez ensayos, entre ellos 'Ética para valientes. El honor en nuestros días' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'El bien es universal' (2025) es su último libro. También ha traducido más de cincuenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es davidcerda.es

La civilización

2 de octubre de 2025

En cuanto al vocabulario de la civilización, llevamos un tiempo, demasiado, instalados en la grandilocuencia y el sonrojo. Dos expresiones merecen mención aparte: «choque de civilizaciones» y «alianza de las civilizaciones». Ambas parecen adentrarse en lo poético y sembrar en nosotros cierta ilusión de diversidad irreductible, cuando en realidad no hay más que una civilización: el proyecto conjunto de la humanidad por alcanzar mayores cotas de desarrollo moral, sentido y bienestar. Hablar en plural de «civilizaciones» —anticipando conflicto o alianza— no es sólo inútil, sino también peligroso, porque alimenta el relativismo que erosiona la posibilidad de un orden moral compartido.

En The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (1996) Samuel P. Huntington acuñó la primera de las expresiones. Aunque se presentaba como analista —todos los relativistas se erigen como sumos sacerdotes de «lo que hay»—, su planteamiento tenía y tiene implicaciones morales muy claras: el conflicto es el destino natural de la humanidad; el «otro cultural» es irreductible y lo que es justo y bueno para el ser humano es imposible de razonar; el antagonismo resulta inevitable. Este determinismo moral, en el que el conflicto aparece casi como una fatalidad, ignora además que Occidente sólo tiene sentido como universalidad.

Partiendo de la misma posición, el señor Zapatero —el político más inquietante que haya dado nuestro país, el más artero y el que más a gusto se relaciona con totalitarios— presenta la segunda expresión en un discurso que pronuncia ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 21 de septiembre de 2004, planteando una supuesta iniciativa internacional para fomentar el entendimiento y la cooperación entre culturas y religiones, especialmente entre el mundo occidental y el islámico. Más adelante, la ONU la acogió como un proyecto propio, con el copatrocinio inicial del entonces primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, cuyas inclinaciones democráticas son de sobra conocidas. Y ahí sigue la UNAOC, como una partida de gastos más de la hace tiempo descarriada ONU.

El concepto de «civilizaciones» (en plural) porta una carga simbólica potente: distingue, separa, y obliga a ensamblar conjuntos culturales como si fueran universos herméticos. Es una idea que, autopublicitándose como tolerante, dialogante y demás, resulta profundamente racista, porque niega lo mejor del mundo —como la igualdad de derechos y oportunidades o el respeto a la libertad individual frente a los colectivismos aplastantes— a los que no son como nosotros.  En ese crisol, realidades heterogéneas —sociedades, religiones, valores— quedan reducidas a etiquetas rígidas —Occidente, Islam, Confucianismo—. En el fondo se plantea que no es posible pensar, en común, qué es lo mejor para el ser humano, porque —este es el caballo de Troya posmoderno— nada es mejor que nada, cosa que por supuesto desmiente cada persona que se juega la vida por llegar a nuestras cosas para beneficio de las mafias. 

Es sólo desde la idea de que existe una sola civilización que podemos mejorar el mundo. Esta postura no es naif y desde luego no implica posturas políticamente pueriles como la inexistencia de fronteras entre Estados (pues sin ella estos no existirían y todo sería peor en todas partes): reconoce una aspiración común en la que la diversidad no se ve como un muro infranqueable, sino como una riqueza que se despliega en un mismo proyecto civilizatorio. En el proyecto llamado la civilización no nos conformamos con acordar «puntos medios» entre «unos y otros», sino que buscamos lo objetivamente justo entre todos, defendiendo al agredido y abusado —¿qué pasó cuando dejamos a sus suerte a las mujeres afganas?— en todas partes.

Para el relativismo cultural toda cultura es válida en sus propios términos; no hay criterios universales para afirmar que unas formas de vida son mejores que otras. Este relativismo debilitado conduce a un «todo vale», que paraliza el juicio ético. Si, por ejemplo, cierta práctica cultural viola los derechos humanos, el relativismo se reclama como excusa para la inacción: «son sus costumbres». Con el añadido de que eso ya no pasa en Burundi, sino en Lavapiés, pongamos por caso. Asumir algo así es insostenible si pensamos que existe una dignidad humana que trasciende identidades culturales. Lo contrario es tan estúpido como aceptar el mal como un elemento pintoresco, abrazando, qué sé yo, la mutilación genital femenina, como algo que añade color al universo.

La posmodernidad pone en duda lo que llama «metarrelatos». Lyotard celebra la incredulidad hacia los grandes relatos; Foucault ve el saber como discurso de poder. Se pasa así de una crítica necesaria —desenmascara estructuras hegemónicas, abre perspectivas— a sostener irresponsablemente que todos los discursos son construcciones arbitrarias. Así no hay posibilidad de hablar de la verdad, la justicia o el bien. Si no hay un proyecto civilizatorio legítimo, sólo retóricas fragmentadas y disciplinares, entonces la «alianza de civilizaciones» no es más que una relación entre entes inconmensurables que no comparten nada más que su diferencia.

Si concebimos la civilización como empresa humana que se construye hacia lo mejor —libertad, solidaridad, cuidado, ciencia, arte, sostenibilidad, sabiduría— dejamos de levantar líneas divisorias imaginarias, y consideramos las que hay —que desde luego existen— como un desafío ético que nos obliga. Como dice Martha Nussbaum en su defensa de los Derechos Humanos y la ética de las capacidades, «todos los seres humanos, en todas partes, están dotados de una dignidad que hace su reivindicación universal» (Frontiers of Justice). Lo mismo plantea Amartya Sen, advirtiendo contra el enfoque de la identidad como mecanismo de polarización: «Valorar las diferencias es importante, pero también lo es no transformarlas en barreras». (Identity and Violence).

Aceptar que la humanidad es una y su proyecto civilizatorio único conlleva admitir que hay pueblos moralmente subdesarrollados. Todavía hay gente a la que esta afirmación le escandaliza, y se pone a gritar «etnocentrismo» y «colonialismo» a las primeras de cambio. Al hacerlo, ignora que eso no quiere decir que Occidente sea la horma de todo —podemos y debemos mejorar nuestros planteamientos morales con lo que se ha probado con éxito en otros sitios—, sino que existe lo objetivamente bueno. Sólo desde ahí se puede construir un mundo justo: sólo si la civilización es una te puedes autocriticar y defender a la vez a cualquier ser humano en cualquier parte, que es lo que hacen los cosmopolitas de verdad (del griego kosmopolítēs, «ciudadano del mundo»), a diferencia de los multiculturales cosmopaletos.

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