La democracia tribal
La democracia tribal
Por Carlos Esteban
2 de marzo de 2026

Me pregunto cada vez más a menudo últimamente cuánto tiempo sobrevivirá la palabra «democracia» a su existencia real. A juzgar por la historia y por el prestigio del término, podríamos pasar decenios llamando así al sistema en una perfecta dictadura.

Los historiadores distinguen en la historia de Roma la República del Imperio, pero un súbdito de Augusto o Vespasiano te diría que el vive en la República Romana. Todo seguía ahí, el Senado se reunía y legislaba, se elegían anualmente cónsules, se votaba en los comicios; el emperador era solo el generalísimo del Ejército, el primero de los ciudadanos. Las palabras pueden sobrevivir siglos a los conceptos que designan.

La nuestra, la que conocemos, la democracia liberal al uso, la concebimos no meramente como un sistema de organización política, sino como el único legítimo, el régimen por defecto de la humanidad. Somos casi incapaces de reconocer que es, como todo lo histórico, un artefacto nacido de circunstancias muy concretas y en pueblos muy específicos. Dicho de otro modo, que ha nacido solo en Occidente y en condiciones muy particulares de desarrollo industrial, base intelectual y homogeneidad cultural.

No funciona ni puede funcionar en cualquier parte y sobre cualquier población. En concreto, hay un modelo de sociedad en el que la democracia se sabotea a sí misma: la sociedad multicultural- El creador del Singapur moderno, Lee Kuan Yew, lo entendió perfectamente: «En las sociedades multirraciales no se vota según los propios intereses económicos y sociales, sino según la raza y la religión».

Ahora, esto, para el occidental moderno, es todavía totalmente ininteligible. El occidental se precia de su «ceguera» étnica, y durante algún tiempo seguirá votando, sino por ideología, sí por intereses económicos percibidos.

Pero los otros pueblos con los que cada vez más comparte espacio político, no. Y este es un juego que pierde invariablemente el que no quiere conocer las nuevas reglas. Si todos los pueblos que informan una sociedad multicultural menos uno actúan en política prioritaria o exclusivamente en apoyo de los suyos, este último acabará siendo arrinconado. El individualismo, en este nuevo juego, pierde siempre.

Se puede argumentar que aún estamos lejos de la democracia tribal, pero no que vamos acercándonos a ese panorama, y por elección propia. Y antes de llegar a ese destino ya está sucediendo que la propia disolución de la población nativa en muchos de nuestros países está haciendo de este mismo asunto, la que ya puede llamarse «sustitución poblacional» sin ser acusados de conspiracionismo, el tema central de cualquier proceso electoral.

La propaganda, unida a la relativa prosperidad residual de Occidente, puede llevar a sus pueblos al borde del precipicio, pero nunca es bastante fuerte para hacerle saltar; el instinto de supervivencia sigue siendo más fuerte. Por eso los mensajes sensibleros que nos llueven de todas partes y las amenazas cada vez calan menos en la intención de voto. Nuestra civilización, sencillamente, se resiste a morir con un quejido.

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