La élite eludida
La élite eludida
Por Enrique García-Máiquez
28 de enero de 2026

Aunque se habla mucho (y con razón) del interesante giro religioso que está viviendo nuestra sociedad y, en particular, los jóvenes, no se está comentando tanto la inquietud creciente por la ínfima calidad de quienes nos dirigen. Pero los signos no dejan lugar a engaño. La preocupación no es talmente nueva, pues tanto los hechos como los más atentos observadores llevan años avisándonos del auge de la mediocracia, esto es, de cómo los mediocres, los pelotas, los venales, los acomodaticios y los trepas alcanzan los puestos más altos de las organizaciones políticas, económicas y culturales, para deterioro de éstas, del interés general y del bien común. Si nuestro tiempo mereciera un gran ensayo, se titularía: La rendición de las élites.

No sería el único libro. En los últimos tiempos, se ha acelerado la publicación de títulos que claman por la ejemplaridad perdida, por el honor evaporado, por la formación del carácter, por las reglas para la vida y por la recuperación del estilo. Rafael Atienza, marqués de Salvatierra, acaba de publicar en Pre-Textos Heredar el mérito. Hace un recorrido histórico por las distintas élites, desde la aristocracia de sangre, que mantuvo su hegemonía casi diez siglos, hasta la meritocracia de hace unos años, pasando por la aristocracia industrial que soñó Tocqueville para Estados Unidos y que resultó efímera, hasta dar en nuestra mediocracia de ayer y nuestro vacío de hoy. Asombra descubrir en el repaso histórico que hace Salvatierra el proceso de aceleración del hundimiento de las élites sucesivas, cada vez más vertiginoso, como en un remolino. Mientras la caballería duró un milenio, la meritocracia —que parecía la solución democrática perfecta— no ha durado un siglo. Hoy ya está desprestigiada por los pensadores más premiados como Sandel o Han, que tampoco han sido muy originales. Han recordado que el término «meritocracia» ya nació como advertencia. Lo inventó el laborista Michael Young en 1958 para denunciar el orgullo amoral de las nuevas élites, no para justificarlo.

La crisis social que nos rodea responde, en buena medida, a una falta de líderes políticos e intelectuales que una sociedad en crisis es incapaz de producir, en círculo vicioso. Por eso, abundan los que proponen volver la vista atrás, en dirección contraria al maelstrom progresista. Esto es recuperar las élites más firmes, que de verdad han funcionado en Occidente, y que florecen en familias estables, en comunidades arraigadas y gracias a la educación clásica. No es extraño, por tanto, que algunos vuelvan la vista no a fórmulas técnicas ni a procesos políticos, sino a la educación de quienes han de mandar.

El joven pensador Johann Kurtz ha escrito un recientísimo ensayo titulado Leaving a Legacy: Inheritance, Charity, & Thousand-Year Families que se encara con estos retos. No tendremos dirigentes dignos de ese nombre —sostiene— hasta que no se eduquen con la claridad de ideas con la que Blanca de Castilla dijo a su hijo Luis: «Preferiría que cayeses muerto aquí mismo, delante de mí, a que cometieses un solo pecado mortal». Como salta a la vista, doña Blanca amaba tiernamente al niño, que acabó siendo Luis IX o san Luis, rey de los franceses. Con tan esmerada educación, no extraña que él mismo confesase: «Tengo en mayor consideración la pila donde fui bautizado que la catedral donde fui coronado. Porque la dignidad de hijo de Dios que me fue conferida por el bautismo es mayor que la de gobernante de un reino. Esta última la perderé al morir, la primera será mi pasaporte para la gloria eterna». El compromiso ético y el desapego al poder que asume un líder educado en esos principios es muy difícil de sustituir con las modernas herramientas de gestión, la imagen pública, la resiliencia, la autoestima o el relativismo moral.El poder hay que sostenerlo como el esgrimista la espada y el niño al pájaro: sin agonía para que no se ahogue y sin melindres para que no se escape.

¿Cómo recuperar aquel espíritu para el menesteroso siglo XXI, sin vagas nostalgias, sino con nostalgias enérgicas y operativas? Es un tema que excede, desde luego, los límites de este artículo, pero que debería preocupar a los colegios, a las escuelas de liderazgo, a las universidades, a la Iglesia y, sin duda, al pueblo, al que zarandean y llevan de aquí para allá gentes con muy poco fuste, como estamos viendo.

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