La herida estadounidense
La herida estadounidense
Por David Cerdá
25 de diciembre de 2025

«¿Crees que mamá volverá a estar en casa esta noche?», le pregunta Michael a su hermano Elliot; «No sé… siempre está ocupada. Parece que papá ya no va a volver nunca», le responde Elliot. E.T. el Extraterrestre es solo un ejemplo entre miles; el trasfondo de innumerables superproducciones cinematográficas norteamericanas —ya sea que traten de dinosaurios, zombis, invasiones alienígenas o princesas espaciales— es este: una familia rota. No importa lo sofisticados que sean los efectos especiales, cuántas ciudades se destruyan, cuántos bichos pululen; tras todo ese ruido, subyace la misma narrativa de una familia quebrada. Y el anhelo sigiloso, la verdadera victoria, es que se recomponga, o cuanto menos que ambos cónyuges se respeten y los niños no sufran como venían sufriendo.

Esta herida que el cine explicita es refrendada por los datos. Alrededor del 23% de los hogares estadounidenses (Pew Research Center) son ya monoparentales; es la tasa más alta del mundo y dobla la española. El hecho arrastra graves consecuencias sociales. En otro estudio reciente del U.S. Census Bureau y otras instituciones sobre el impacto del divorcio, se muestra que los hijos cuyos padres se divorcian antes de los cinco años tienen como adultos unas ganancias alrededor del 13 % inferiores, y una mayor probabilidad de embarazo adolescente, encarcelamiento o muerte prematura. Asimismo, un informe sobre la ausencia de la figura paterna documenta que cerca de uno de cada cuatro niños vive en EEUU sin su padre en el hogar (el 80% de los casos es madre e hijos), lo cual se asocia —según ese documento— a peores resultados educativos, mayor repetición de curso y más riesgos de exclusión social. 

La fractura se convierte en motivo artístico y a la vez en aspiración de cura. En la obra de referencia de Claire Jenkins, Home Movies: The American Family in Contemporary Hollywood Cinema, se analiza precisamente cómo el cine norteamericano pone a la familia en el centro de sus relatos, incluso cuando el género no lo sugiere; la restauración familiar es una especie de universal recompensa. En Jurassic World vemos que el niño Zach y la niña Gray están separados de su padre, y buena parte de la tensión reside en la falta de relación hasta que, al final, de alguna manera, se produce el contacto vital que permite la aventura. EnSpider‑Man: No Way Home, Peter Parker sigue atrapado en una culpa familiar, en la idea de proteger a los suyos, en la posibilidad de redención, de que la familia vuelva a estar segura. En Independence Day, el clímax emocional no está en salvar la Tierra, ocurre cuando Steven y su hijo logran reunirse después del caos. La verdadera victoria estriba en salvar a la familia. 

«Aunque esté roto, puede repararse»; este es el mensaje que transmite este cine, que la realidad rara vez refrenda. El problema es estructural: el patrón fundamental que toda persona necesita aprender, las hechuras de un buen hogar, hace tiempo que se rompió en la sociedad estadounidense. No sólo en ella, por supuesto; pero en ella como en ninguna otra. Tan evidente es el problema que no es un desvelo conservador; hasta Obama se refirió al problema en la comunidad negra de los hogares sin padre: allí la monoparentalidad era del 50% en 2008, cuando él lo advirtió por primera vez y amonestó a los padres que no entendían que «la responsabilidad va más allá de la concepción» (sic). En esencia, no ha mejorado.

La industria reproduce esta sangrante herida hasta el punto de concluir que el verdadero heroísmo estriba en la recomposición de ese núcleo fundante. Es irónico que lo haga con zombis, dinosaurios y aliens, pero también significativo: denota la inmadura ingenuidad de una sociedad opulenta en lo económico pero muy perdida en determinados aspectos fundamentales que nosotros, aunque todavía a distancia, también estamos descuidando. Una sociedad que, conviene no olvidarlo, exporta sus modelos culturales, en concreto los de una élite pudiente cuya situación familiar suele ser mucho mejor que la del americano sin medios: la élite que ha despreciado el amor y la familia, como gesto de lujo, en los últimos años, una propuesta que siempre es para los demás.

En estas fechas se produce, no obstante, un pequeño milagro con la llegada del aluvión de películas ñoñas que sustituyen a los blockbusters, esas comedias sentimentales con navideñas luces, nieve y villancicos. La lógica muta: ya no vemos la familia rota que se reconstruye, sino la pareja que podría convertirse en familia, o la rara familia «intacta» que celebra. Aquí no tenemos necesariamente divorcios, heridas profundas o hijos huérfanos, sino la promesa de una nueva relación, un nuevo hogar, un nuevo comienzo. La madre soltera que conoce al padre adecuado, el ejecutivo que redescubre el valor de estar en casa, la huérfana que encuentra una figura paterna: la narrativa vuelve a girar en torno al hogar, pero con aire de posibilidad y de anhelo. El tono es más llevadero, la esperanza es pura, el cierre feliz está garantizado. En el fondo es lo mismo: la familia como ideal, el hogar como parte esencial de la vida.

Debemos ser conscientes de qué estamos ofreciendo a los jóvenes, en el supuesto, claro está, de que sigan consumiendo películas: una mezcla de desilusión dramática y gazmoñería. Sabemos, desde Tolstói como poco, que las familias felices no tienen historia, y que dirigir la creatividad cinematográfica es un imposible y además mala idea. No obstante, lo que sí podemos y debemos hacer es pedagogía, poner por delante a los jóvenes esta realidad para que sepan interpretar lo que reciben. Hagamos también por remarcar nosotros lo que supone esta epopeya, la más grande y genuina que nos queda. Quien ha visto en funcionamiento una buena familia infiere de manera inconsciente el molde del que está hecha la vida buena: no hay nada más valioso que se le pueda a entregar a un hijo que el ejemplo de unos padres que están determinados a quererse de por vida.

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