Hubo un tiempo en el que la cultura era el orgullo del pobre; en nuestro estragado siglo XXI y en nuestro país eso está casi desaparecido. Cada vez que uno reivindica cine, música o literatura de calidad para todos, salta alguien que le acusa de elitista, aduciendo que la gente vive con tan poco y trabaja tanto que carece de energía para hacer otra cosa que no sea engancharse a YouTube, TikTok o Netflix. Lo curioso es que este ramalazo de disculpa a los precarizados suele venir hoy de quienes dicen defenderlos, y más que nada, cómo no, de quienes con esa excusa pretenden vivir de ellos.
Veamos. Como bien sabe Ricardo Ruiz de la Serna —es normal que frases mías empiecen así, porque su cultura es honesta y enciclopédica—, cuando entre los cincuenta y los setenta eran comunistas y consecuentemente pobres, en la mayor parte de los países yugoslavos existieron redes de cultura (domovi kulture), edificios municipales donde se hacían talleres, teatro amateur, coros, clases de música y se alojaban bibliotecas locales. Eran nodos activos de sociabilidad cultural estatal y popular. Muchas ciudades pequeñas construyeron domovi kulture como infraestructura cultural para obreros y jóvenes. Géneros tradicionales como la sevdalinka (canto urbano bosnio) fueron practicados y reproducidos tanto en espacios familiares como en instituciones (talleres, conservatorios, grabaciones de radio). Todo esto no era excepcional: era la forma ordinaria en que la cultura se integraba en la vida obrera. En países con regímenes más duros (por ejemplo, Albania bajo Hoxha), los escritores navegaron entre patrocinio estatal, censura y estrategias de disidencia simbólica. La obra y la postura pública de autores como Ismail Kadaré describen esa tensión, que ilustra cómo la cultura oficial y la cultura popular se encontraban bajo control político, pero seguían siendo fuente de orgullo y objeto de transmisión cultural en los hogares.
El caso eslavo es llamativo, pero tampoco hay que irse tan lejos. En la España de la posguerra, cuando faltaba el pan, la cultura era para mucha gente humilde la última forma de riqueza: no daba de comer, pero daba nombre, memoria y futuro a los hijos. Y ese futuro no era una abstracción: se concretaba en hechos muy precisos. En pueblos sin alcantarillado había bandas municipales que enseñaban solfeo gratis y prestaban instrumentos; entrar en la banda significaba aprender a leer música, viajar y adquirir una disciplina reconocida por todos. En barrios obreros funcionaban teatros aficionados y parroquiales, donde se representaban clásicos y sainetes y donde saber recitar de memoria otorgaba prestigio social. Las escuelas unitarias y los maestros rurales, mal pagados y vigilados, prestaban libros, organizaban lecturas públicas y veladas culturales; muchas familias renunciaban al jornal del niño con tal de que «siguiera estudiando». En casas sin calefacción se conservaban dos o tres libros —una novela, un tomo de poesía, un diccionario— como bienes preciosos y hereditarios. Las madres, muchas analfabetas, exigían silencio para estudiar, obligaban a leer en voz alta y transmitían romances, coplas y cuentos de memoria. Que un hijo supiera leer bien, tocar un instrumento o hablar con propiedad era un título tan real como cualquier propiedad material. Ese tejido —bandas, escuelas, bibliotecas mínimas, cultura oral— existió, funcionó y produjo generaciones formadas en condiciones infinitamente más duras que las actuales. No es nostalgia, sino constancia histórica de que la pobreza no anuló el deseo de cultura; lo organizó y elevó su sentido.
El oropel de la tecnología y el tsunami del entretenimiento están creando un sentido opuesto, seguramente alimentado por élites que están contentas con esta reproletarización digital en marcha. Basta observar algunos hechos: la caída sostenida de la lectura de libros completos entre jóvenes adultos, la sustitución de bibliotecas públicas por «otros espacios dinámicos» sin fondos estables, la desaparición de cineclubs municipales y de programaciones teatrales accesibles, o la reducción de horas efectivas de humanidades en la enseñanza media. A cambio, se ofrece acceso ilimitado a plataformas cuyo modelo económico premia la atención fragmentada, el consumo pasivo y la repetición; dentro de muy poco, IA generativa a precios subvencionados. No es una hipótesis, sino una descripción de la reconfiguración material del tiempo libre y de las infraestructuras culturales que está en marcha, por no hablar de la proliferación sin tasa de los gimnasios y los «clubes de las cinco de la mañana», con su parafernalia de la autosuperación canalla. La nueva esclavitud tiene esta faceta chachi y jactanciosamente cateta, sudorosa, aparentemente sana, espiritualmente enfermiza.
El resultado es que cada vez escucho a más gente de veintipico años que ha pasado por la universidad —otra cosa es que la universidad haya pasado por ella— autonegándose la aventura del saber y la belleza libres: el proyecto de autocultivarse. No por falta de capacidad, sino porque lo de la dignidad y el deber de saber desaparecieron de su escáner. Se normaliza decir «no me da la cabeza», «no es para mí, estamos en otros formatos», etcétera, del mismo modo que antes algunos normalizaban que saber latín o ir al teatro eran cosas de bachilleres. La diferencia es que ahora esa renuncia se presenta como una opción razonable y no como lo que es: una tara.
La condescendencia con quienes vienen «de la parte de abajo del tobogán de la vida», que diría Montero Glez, es repulsiva porque se traduce en hechos: se les rebajan los contenidos, se les infantiliza el lenguaje, se les ofrece entretenimiento en lugar de elevaciones y se les niega la posibilidad de aspirar a una cultura exigente. El otro día un artículo del New York Times «descubría» (no es una broma) que «la mayoría de las personas prefieren ampliamente la poesía generada por IA a las obras reales de Shakespeare, T. S. Eliot y Emily Dickinson». Pues bien: este estado de cosas es una rendición civilizatoria. Negar el cultivo del espíritu no es defender a los pobres, es lucrarse con sus carencias y querer que nunca dejen de serlo. Antes, incluso en la miseria, se abrían bibliotecas, se organizaban bandas, se prestaban libros y se esperaba algo de los hijos. Hoy, con infinitamente más recursos, se les explica que no pueden, que no deben, que no hace falta. He aquí otra gran desigualdad contemporánea, menos visible que la del coche, el súper o la casa, pero más honda: la que condena a la infracultura por no ser exigidos nunca.