Creo que el proyecto que necesita la izquierda, la propuesta ideal para este electorado que brotó feliz y esperanzado de las insalubres plazas el 15M, es esa aventura iniciada por el dúo Gabriel Rufián-Irene Montero.
No hay dos representantes mejores para que, juntos, encabecen en el futuro la renovación de eso que de forma eufemística se denomina «el espacio a la izquierda del PSOE», es decir, la extrema izquierda. Ahora con sus vetas populistas, ideario calcado de repúblicas chavistas aderezado con el delirio ultrafeminista y, ¡novedad en la actualización!, plurinacional. Magnético, como mínimo. Quién da más por menos.
Rufián es un audaz independentista de raíces andaluzas que ha encontrado en Madrid su ciudad predilecta, y está dispuesto a encastillarse en la Villa y Corte para no regresar jamás a Santa Coloma de Gramanet, esa otra tierra catalana ingrata con el charnego, tan estable inventándose pasados idílicos pero tan apegada a las rapiñas terrenales. Del delirio supremacista y los agravios identitarios a las bondades de la vida en la capital. Rufián, que se refocila con su sueldo en Madrid, parece cebado como un capón de Villalba, y está dispuesto a que su carrera no termine cuando el sanchismo empiece a boquear en los últimos estertores, que parecen próximos. No le arrastrarán con él, como se libró de la cárcel mientras Junqueras comía trena.
Así que pretende Gabriel alargar el tema de vivir de lo público, que es una de las mejores formas de vivir en este país que él dice detestar. Además, en Madrid y con dinero es posible ser amigo de todos los placeres comunes sin ser esclavo de ninguno.
Habla con una altivez y una suficiencia como si estuviera en posesión de la verdad moral más incuestionable. Acostumbra a dar la nota en el Congreso y a hacer de la política un vodevil, payasete con poca gracia, ofrece un espectáculo para ráfagas en los informativos y cortes en redes sociales. Hace de la tribuna de oradores su propio lugar de creador de contenido de TikTok, haciendo olvidar a los más jóvenes o a los más frágiles de memoria que su partido, sedicioso y traidor, dio un golpe de Estado.
Irene Montero es analfabeta funcional, con tendencia al histerismo, a abrir en exceso las fauces cuando se embala y a fruncir el ceño, dándole una expresión de mujer iracunda y hosca, en un permanente estado de cabreo con el mundo que tampoco la ha tratado del todo mal.
He seguido siempre con el máximo interés y expectación las intervenciones públicas de Montero, desde que sólo era una figura emergente en el partido morado; después cuando fue puesta de portavoz consorte y adorno ornamental en detrimento de Tania Sánchez (contendiente caída en liza por el amor del líder) y pasando por la entronización ministerial en Igualdad, llegando a la forma en que se pergeñó el crimen masivo del 8-M de 2020.
Esa desenvoltura con la que admitía que sabían del peligro pero que siguieron adelante, pero con la mano no, superfuerte, tía. Ahí se acabaron las risas con quien hasta entonces sólo era una lerdita trepa diciendo tonterías.
Hasta ese luctuoso 8 de marzo, todo me parecía fascinante en esa joven de ojillos fanáticos sentada a dedo en el Consejo de Ministros, empezando por ese discurso afectado y chillón, su absoluta falta de complejos intelectuales, la seguridad desternillante y un poco lastimosa con la que expandía su retórica victimista, los imaginarios enemigos externos con los que se creía en abierta batalla.
Uno observaba con suma atención y curiosidad de juntaletras la manera en que se ciscaba en el idioma y en el lenguaje, ese singular desparpajo e inventiva, despreciando todo lo que mínimamente pudiera sonar a sentido común o reglas semánticas. Todos, todas, todes. Ahora dice que quiere llenar el país de marronas (sic).
Montero era una fuente involuntaria de comicidad, aunque a veces empujara a la compasión, pues acostumbraba de forma asidua a romper a llorar, lo que indicaba nervios destrozados por algún macho alfa de los que no hacen prisioneros.
Y después de los miles de muertos del coronavirus todo cambió. Ya no me hacía tanta gracia su oceánica ignorancia. Ni tras el indulto a María Sevilla, la expresidenta de Infancia Libre, torturadora de la infancia. Ahí vi que el daño de la ideología de género era real.
Luego vino la excarcelación de violadores, y de sentirme fascinado por Irene Montero pasé a estar horrorizado. Cuántos perjuicios estaba causando esa mezcla de estupidez y maldad. Sabiendo, además, que detrás de esa apariencia de sectaria algo trastornada hay un porrón de millones para un chiringuito encabezado por alguien que defiende dictaduras genocidas, que ha mostrado boba y simplona simpatía por las ideologías que han marcado los tristes avatares del siglo XX.
Montero, sin apoyos ni dentro de la banda de Sánchez y su Frente Popular, consiguió pillar sitio en Europa, después de que saliera del Consejo de Ministros por la puerta de atrás (por la puerta de delante salieron los violadores de la cárcel) pero sigue dando la tabarra por ahí todo el día, con el pañuelo palestino o con lo que toque. Se va a retirar antes de la política esa señora gallega de Sumar que parece un loro matao a escobazos, que la pobrecita Irene, con pocas aptitudes conocidas.
Cuando Sócrates decía que nadie hace el mal a sabiendas, lo que quería decir es que nadie hace el mal a sabiendas de que es el mal; pero no sé si Rufián y Montero están convencidos o lo hacen por conveniencia.
Ambos viven de la polarización, saben que todas estas tensiones deben permanecer irreconciliables. Un nacionalpopulismo que se mueve por eslóganes de fácil digestión y que necesita que sus potenciales electores no hayan desarrollado el espíritu crítico y la independencia de juicio. Inventores de utopías, con verborrea y demagogia a paladas, son el último reducto frente a la razón del pensamiento ilustrado; este tándem encaja a la perfección con lo que la izquierda es: ignorancia y maldad, garrapatas enganchadas a la política para mantener un tren de vida, mientras les hacen a las personas la vida peor. La izquierda española no merece menos.