«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

La Marcha del Bañata

4 de agosto de 2026

Poco dura la alegría en la casa del pobre. Después de la victoria española en el Mundial, que su miajita de esperanza nos dio, han llegado los incendios y la invasión de los más de cincuenta mil «amegos» extranjeros. En ambos casos, el sentimiento que prima es una combinación de desamparo y vergüenza. Algo parecido nos ocurría cuando el terrorismo etarra asesinaba, pero por aquellos entonces muchos todavía creíamos —¡ingenuos!— en el milhojas administrativo del 78 y su capacidad para hacer frente a las amenazas que ponían en jaque al Estado.

Tres décadas más tarde, los herederos de ETA son socios del Gobierno. No sé a quién podría extrañar que, antes o después, el Régimen acabe aceptando, con la bendición de la UE, algún tipo de co-soberanía sobre las ciudades autónomas. Marruecos solo necesita apretar, ahora que ya ha ensayado tácticamente su estrategia. En cuanto al monte, seguirá ardiendo por culpa del «cambio climático» mientras el ministro-dóberman de turno se enzarza con la lideresa del Madrid de todos los áticos o con el responsable autonómico que corresponda.

No sólo la incompetencia, la corrupción y el horror político que genera el modelo de organización territorial setentaiochista son responsables de nuestros males. También lo es la renuncia a ejercer lo poco de soberanía que nos queda. Si Marruecos ha montado la Marcha del «Bañata» es porque se sabe fuerte. Que el detonante haya sido la visita de Infantino, Pegasus o el reciente viaje de Sánchez a Argelia, poco importa. El reino moro cuenta con aliados que le toman en serio y no han olvidado cuáles son sus intereses, lo que incluye sus inversiones estratégicas. Nosotros, en cambio, somos poco más que los franquiciados de una política exterior ajena; la esterilla de ducha de nuestros «socios». 

En cuanto a la política interior, la situación no es más alentadora. El sistema nacido en la Transición tiene como característica estructural la pérdida de la soberanía nacional. Es una consecuencia del diseño institucional del 78, no algo coyuntural. Sin autonomía, las instituciones del Estado son incapaces (tampoco tienen la voluntad) de defender la integridad territorial. El perjuicio sistemático de los intereses nacionales —ya sea en Ceuta, en el monte quemado, con la inmigración o con los olivos de Jaén— no es más que el resultado de la acción de lobbies de presión política y económica, chantajes y sumisión a terceros de la partitocracia. Más preocupada por su supervivencia que por la defensa de la tierra de nuestros ancestros.

Esta invasión nos ha servido además para comprender que la guerra híbrida sólo despierta los recelos de la UE cuando la practica Rusia. Circunstancia, por cierto, que se aprovecha para anular elecciones. Si el agresor es Marruecos, la desastrosa ‘kaiserina’ que preside la Comisión se limita a darnos una palmadita en la espalda y a proponer aumentar el apoyo financiero y técnico al Reino Alauí para reforzar el control fronterizo. 

La carta dirigida por Von der Leyen a Sánchez tiene un aire familiar. Le recuerda cómo funciona la cooperación entre un Estado miembro y la UE, destacando que existen mecanismos de apoyo y que la respuesta debe canalizarse mediante esos instrumentos. Parece que en Bruselas también se juega, con algo más de diplomacia, al «si quieren ayuda, que la pidan». En materia de «solidaridad» y de la tan cacareada «soberanía europea», igual hay margen de mejora.

Tampoco es que a Sánchez le importe el euroninguneo, él está muy ocupado con su «ecléctica» playlist veraniega. Entre un temazo de Melani y otro de Charli XCX le da tiempo a informar al rey —máquina de expresar indignaciones— sobre cómo están las cosas en Ceuta y Melilla. Pedro, por descontado, es lo suficientemente hábil para recetar a Europa la medicina que más le gusta: el derechohumanismo en formato tuiteable. Solo quedaría suministrar al enfermo un gramo de «nuestros valores» para terminar con el egoísmo y la xenofobia.

Y en esas lides no sólo es experto el progresismo naftalínico, sino también algunas corrientes eclesiales y la mayoría de opinadores mediáticos, incluidos los del humanismo cristiano. Se pone en jaque nuestra integridad territorial, contemplamos a plena luz del día la deslealtad de las instituciones del 78 y aún hay quien aborda el asunto como una crisis migratoria.

Lo dicho. Marruecos sólo tiene que apretar. La renuncia y el selfi moral corren de nuestra cuenta. 

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