Macron, doña Úrsula y Merz preparan el terreno para lanzarnos a una guerra contra Rusia. Nación —aseguran— que supone la mayor amenaza para nuestra seguridad. Nuestros sentidos y experiencias diarias sugieren el peligro en otras latitudes, pongamos al sur, de modo que mantener el espantajo ruso sólo es posible mediante el permanente bombardeo de propaganda contra la población europea, sobre la que ya no se lanzan octavillas desde los aviones, sino tertulianos que hablan de Churchill y Normandía, aunque aquella guerra, por más que Hollywood insista en lo contrario, la ganó la URSS en el Este poniendo veinte millones de cadáveres encima de la mesa de Yalta y Postdam.
El eje París-Bruselas-Berlín hace sonar tambores de guerra para convencer al europeo medio de que el Ejército Rojo está a punto de caer sobre nuestras casas, justo al revés de cómo la propaganda nazi torturaba a los berlineses asegurándoles por la radio que la guerra estaba ganada cuando caían los proyectiles en el centro de Berlín y las divisiones de Zukov se veían por la ventana. Hoy nos mienten con el mismo entusiasmo, pero con menos talento que Goebbels.
Alemania vuelve a tocar el silbato y los nuestros se cuadran. Rusia es culpable. El Gobierno de Merz da luz verde al nuevo servicio militar, inicialmente con carácter voluntario, como el de Macron. El plan es convertir la mili en obligatoria si no se cumplen los objetivos de reclutamiento o se agrava el escenario de guerra, que es como decirle a un bombero forestal que sólo cobrará en caso de incendio.
El plan, en realidad, es lo que diga Von der Leyen, increpada hace unos días en la puerta de una fábrica militar en Bulgaria, quién sabe si por el kit de supervivencia con el que pretende encerrarnos de nuevo en casa, por querer confiscar nuestros ahorros, por el eurodigital para prohibirnos pagar en metálico o porque ya no cuelan las repeticiones de elecciones como en Rumanía cuando el resultado no satisface a la Comisión Europea. Hace tiempo que la élite bruselense juega con fuego y más le valdría andarse con ojo, no vaya a ser que aparezca otro Gavrilo Princip y ponga todo patas arriba.
Por supuesto que no estaríamos hablando del rearme sin el beneplácito de Washington, que (OTAN mediante) ha logrado que los socios europeos destinen el 5% del PIB a la defensa, que ya vale que sean siempre las madres de Texas o Wisconsin las que lloren a sus hijos en las guerras del Tío Sam. Europa recupera el Ministerio de la Guerra para servir a otros.
No hay que engañarse, el debate sobre la vuelta de la mili no llega por la defensa de nuestros intereses reales, nuestras fronteras, nuestro espacio geopolítico o como respuesta a la guerra híbrida que nos declaran naciones como Marruecos usando la inmigración para extorsionarnos. La posguerra trajo la OTAN y desde entonces los ejércitos de las distintas naciones de Europa son tropas auxiliares del pentágono. Ahí seguimos.
La gran paradoja está en que las amenazas reales que sufren los europeos son ignoradas por sus gobernantes en el nuevo plan de defensa. Bruselas considera que ni la invasión migratoria ni el yihadismo ponen en riesgo nuestra seguridad por más que los únicos cadáveres que yacen en tantas ciudades europeas sean los que dejan la inmigración descontrolada o el terrorismo islámico.
Nada de eso suscita un debate serio sobre el rearme europeo y la política de defensa que languidece desde el mayo francés, germen de la Europa de la resiliencia, el nihilismo, el desapego a la nación y el pacifismo de pegatina del «haz el amor y no la guerra». Ellos saben que todo ese mundo se ha derrumbado, que sus premisas eran mercancía averiada y que Dani Cohn-Bendit es una momia reciclada entre chamanes dedicados a proclamar el fin del mundo por el cambio climático, otra palanca revolucionaria condenada al fracaso. Esta soberbia —también presente en otros ambientes búmers— impide reconocer los errores propios, que es tanto como refutar biografías completas, y a eso no están dispuestos intelectuales orgánicos como Pérez-Reverte.
El caso es que cuando le ven las orejas al lobo (a buenas horas) la Alemania de Merz copia a la Francia de Macron, primer presidente gabacho que no ha recibido instrucción militar y, sin embargo, impone su reinstauración a una juventud a la que ha dejado tan destruida que ya no va ni a las discotecas. Sin decirlo, lo que ambos reconocen es que la vuelta de la mili contribuye a la cohesión social y a la identidad nacional que su cosmovisión del mundo progre-liberal ha triturado. Esta gente es la que pretende derrotar a Putin, que ahora además amenaza con vivir 150 años.