La naturaleza no perdona 
La naturaleza no perdona 
Por Jaume Vives
7 de mayo de 2026

El campo, si sabemos prestarle atención, puede enseñarnos muchas cosas de provecho para la vida. El otro día tocaba cosechar zanahorias. Es el segundo año que en casa nos batimos en duelo con el huerto y, aunque hemos mejorado algunas cosas que nos han dado buenas alegrías al cosechar, todavía nos queda mucho por aprender. Esos 200 metros cuadrados de arena, abono y malas hierbas nos llevan por donde quieren y un poco por el camino de la amargura. 

Las zanahorias se siembran directamente con la semilla en lo alto del caballón a un centímetro de profundidad (o por lo menos así lo hacemos nosotros). Luego toca regar y esperar a que asomen las primeras hojas. Cuando eso sucede y ya tienen una altura de dos o tres centímetros viene la parte tediosa pero muy necesaria: aclararlas.

Dicha operación consiste en ir arrancando las incipientes hojas de las zanahorias, que todavía no han empezado a formar la raíz, dejando entre zanahoria y zanahoria un espacio de entre tres y cinco centímetros. 

Eso obliga a descartar buena parte de las zanahorias que habían nacido, pero conviene que unas mueran para que otras puedan crecer debidamente. Si no se aclaran las zanahorias, no tienen el espacio necesario para crecer bien y, después de seis meses de riego y espera, uno descubre que se han quedado pequeñas (las pocas que han conseguido crecer algo) y deformes (casi todas) abrazadas unas a otras. 

Y, evidentemente, eso es lo que nos ha pasado a nosotros. No por no saber que había que aclararlas, sino por pensar que podíamos engañar a la naturaleza. Por la pereza de realizar el tedioso trabajo de aclarado y por la avaricia de pretender una producción mayor al no sacrificar ninguna zanahoria. 

Y ahora, seis meses después, vienen los lamentos. Especialmente después de ver que dos zanahorias que han crecido fuera del caballón porque las semillas debieron desplazarse por el viento y el agua han crecido como gigantes enterrados, superando los veinticinco centímetros. 

En los ocho metros de caballón ahora tendríamos entre 150 y 200 zanahorias bien hermosas, pero nos tendremos que conformar con dos de ellas muy dignas y un cúmulo de varios cientos de zanahorias Frankenstein. Nos servirán para saborear de un bocado nuestra pereza y avaricia, aunque no por ello dejaremos de apreciar su exquisito sabor.

Dios perdona siempre. El hombre, a veces. La naturaleza, nunca. Y como bien nos enseña el campo, aunque algunos humanos piensen que por cortarse la zanahoria o ponerse una de pega pasarán de ser hombre a mujer o viceversa, lo único que descubrirán es que a la naturaleza no se la engaña y que, cuando se intenta, sólo aparecen cosas deformes y feas.

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