A la baliza le agradezco una oportunidad, aunque nada más: lo antipática que es me da pie para destacar, por contraste, un gesto de exquisita delicadeza que tuvieron conmigo el otro día. Mi hermano me dijo que dejaría una invitación a mi nombre en la entrada del museo donde trabaja. Llegué, dije que era hermano de mi hermano y la chica del mostrador me miró, sonrió y me la dio sin pestañear. Cuando me iba, una sospecha de puntilloso primogénito cruzó mi mente. Me volví y le pregunté a la chica si de verdad mi hermano se había acordado de dejarme la invitación. Se puso exquisitamente colorada. No. Pero como nos parecíamos tanto, me la había dado.
Ni siquiera entonces presumió de su disimulo. Qué fácil le hubiese sido, al menos, adornarse un poco con su benevolencia: «No tienes invitación, pero yo misma te la voy a dar». Prefirió que yo no descubriese el despiste fraterno. Fue finísimo.
Exactamente lo contrario de la DGT. Ya nos ha dado una paliza monumental con la baliza V-16, que nos obliga a comprar, bajo pena de multa. Choca que un Estado recaude copiosamente con el tabaco, esté blindando la eutanasia y pretenda constitucionalizar el aborto, pero que se ponga luego tan meticuloso y tan multoso con nuestra seguridad. Qué disparidad de desvelos.
¿No puede convencernos, en vez de multarnos? Podría explicarnos lo benigna que es la baliza y las ventajas que tiene sobre los triángulos —que también nos obligaron a comprar— para que corramos tan contentos a apoquinar por nuestro propio bien. Pero, en vez de exhibir un estudio comparativo que cierre la discusión y responda a los escépticos de la V-16, nos pone punto en boca. Por decreto. Y el Estado embolsándose, ya de paso, la tajante tajada del IVA. La seguridad no tiene precio, pero sí impuestos. Hubiese estado bien dedicar esa recaudación (o el equivalente, si no queremos vulnerar el principio de caja única) a las víctimas de tráfico o a arreglar el firme (que ésa es otra).
Y además ahora saca una campaña publicitaria que, última gota, desborda la paciencia del más santo. Contrapone la V-16 a la medalla («medallita», dice) que tantos colgamos del retrovisor en nuestros coches.
Pone pose y vocecilla de moderación y tolerancia, pero la mala leche sólo es comparable al montante del IVA de la operación baliza. La DGT quiere transmitir que la dichosa baliza es lo racional, lo científico y lo progresista, mientras que la medallita es una superstición que la DGT, oh magnánima, nos permite, pero que servir, servir, no sirve.
Pero me ha servido, por lo pronto, para recordar el medallón de San Cristóbal con imán que mi abuelo tenía en su coche. También hay gente que lleva una estampa del Arcángel San Rafael. Yo viajo con una cinta de la medida de la Virgen del Pilar, con los colores nacionales, para mayor protección. Gracias a la campaña de la DGT estoy pensando incorporar un detente para cuando vaya como una bala.
El anuncio es una manifestación muy grosera, pero menor, de la disputa eterna entre las dos espadas, la temporal y la espiritual; entre la potestad (decreto y multa) y la autoridad. Vale, por tanto, para calibrar la impotencia de la potencia. Ya quisiera la DGT que fuese un dogma la baliza o una devoción. Pero nada. La campaña llega, para más inri, después de que el propio Pere Navarro reconociese que los fabricantes se quejan de un «cierto estancamiento» de las ventas y, a continuación, anunciase que para la operación verano darían a la V-16 «un nuevo impulso».
Tanto vacile con las balizas y tanto mohín de desdén me han movido a abrocharme con más fuerza mi medida del Pilar —mi cinturón de seguridad moral— y a hacer una reverencia a la chica de la puerta del museo. En este mundo lleno de señales de prohibición y de obligatoriedad, qué esplendorosa es la delicadeza. Y la educación silenciosa y el respeto señorial a la libertad y a las creencias del prójimo.