Hace unos días, la reina doña Letizia acudió a la celebración de los veinte años de la Fundéu, fundación para el cuidado del idioma.
Tomó la palabra y dijo:
«Me gusta mucho estar entre todos vosotros porque tenéis cara de fruncir el ceño cuando leéis o escucháis en algún medio de comunicación, incluso cuando recibís algún whatsapp, algo con errores gramaticales: una coma mal puesta, unas mayúsculas inventadas, gerundios repetitivos y sin sentido, una prosodia confusa y esas tildes, esas tildes… inexistentes». Y seguidamente: «Me estáis mirando, algunos reís, pero pensáis lo mismo que yo: no soy la única que tiene esa pedrada. Y por eso me gusta estar entre vosotros y por eso quiero pertenecer a vuestra tribu, la de quienes amáis el lenguaje, el rigor, la exactitud rica y mullida de las palabras, la corrección flexible…».
Pasando por alto esto de la tribu, resaltaba la palabra «pedrada», «tengo una pedrada», expresión que despertó de inmediato la curiosidad de uno de los presentes, el filólogo y académico Pedro Álvarez de Miranda. Como cuenta en un simpático artículo en El País, no conocía la expresión e intrigado decidió investigarla: no figuraba en ningún repertorio léxico y buscó ejemplos de su uso literario o periodístico reciente; encontró algunos, de personas nacidas entre 1960 y 1981, la generación X en España, en cuyo mismo centro está Letizia (1972). El académico concluía que pedrada, con ese uso, viene a significar «fijación, manía o chaladura».
Llevo tiempo fijándome en esa expresión, que encuentro un poco chirriante, y humildemente me atrevería a añadir algo a lo escrito por el académico. Su origen, «tener una pedrada», se refiere a la chaladura congénita, a la extravagancia locoide de alguien. De la expresión se apropia el yo (todos estamos muy lokos), y salta para referirse uno a su manía o fijación, de un modo suave, autoirónico, como encuentra el académico. En ese uso hay algo ya narcisista, porque toda inclinación se pretende excentricidad, y también cierta incómoda desproporción o desafinación porque la pedrada, además de ser palabra contundente, evoca traumatismo e insensatez.
Pero la expresión evoluciona, da un paso más, y se encuentra ya como sinónimo de «corazonada, pálpito, impresión», una intuición más o menos caprichosa. Este uso es habitual en el ámbito del fútbol, del periodismo deportivo. Por ejemplo: «tengo la pedrada de que hoy jugará Vinicius».
«Tener una pedrada» empezó en locura, pasó a manía concreta, está ya en corazonada y podría generalizarse y muy pronto ser casi toda opinión personalísima y luego, quizás (si no la detenemos), cualquier apetencia; por ejemplo: «tengo la pedrada de una pizza».
Es una marca generacional, porque el sanchismo, pura Generacion X, en realidad ha sido pedrismo, la pedrada sucesiva…
Que esta expresión sin registrar la usara doña Letizia, de la «tribu» de los que observan rigurosos el lenguaje, precisamente ante un público de académicos, tenía su gracia. La reina es muy sensible al mal uso del lenguaje. Tuerce el gesto con una tilde. ¿Será con todo así? ¿Tendrá también la pedrada de que se cumpla la constitución? ¿Tendrá la «pedrada constitucional»?
El Rey, en su mensaje de Nochebuena, que de costumbre pasó a institución, la ambigüedad constitucional hecha discurso (cada año más difícil, más fraseológico, más forzado a no decir lo real), de pie como el presentador de un telediario infográfico de Antena Tres, volvió a advertir de los peligros de «los extremismos, los radicalismos y los populismos», que en sus discursos aparecen siempre y son ya como los Reyes Magos de Oriente: Melchor, Gaspar y Baltasar. Siempre viniendo, siempre llegando, sin que sepamos nunca exactamente quiénes son o qué traen en sus camellos, aunque nos vayamos haciendo una idea…
Tras la confesión de doña Letizia, quizás podríamos entender «el radicalismo, el extremismo y el populismo» de los que nos habla Su Majestad, ya que más no aclara, como fallos ortográficos, gramaticales y de sintaxis (el solecismo, la errata, la no acentuación) que deben ser corregidos por los guardianes del rigor. Que lo diga el Rey: «Soy de vuestra tribu, y tengo la pedrada del consenso».