La populosa crisis demográfica
La populosa crisis demográfica
Por Enrique García-Máiquez
17 de diciembre de 2025

Un atisbo de esperanza es que la tragedia es palpable. Quiero decir, que ya se habla del problema más grave de los muchos que tenemos encima: la crisis demográfica. Ha dejado de ser el elefante en la habitación. Como el primer paso para que un problema se afronte es reconocerlo, podemos concebir una débil esperanza. Menos débil si enfocásemos correctamente la cuestión. Se percibe una inquietante tendencia a la monodosis explicativa. O sea, a echar la culpa a una causa del suicidio demográfico. Cada uno a una, pero muy pocos a todas. Y por lo menos hay doce, como en El asesinato del Orient Express de Agatha Christie. Las enumero a toda velocidad.

Una, sí, el hundimiento económico y la falta de viviendas, ya sea porque no se construyen o porque no son asequibles o por ambas razones apoyándose. Sin casa no hay hogar, como avisa la dura ley de los sinónimos. Dos, el desarraigo. Para educar a un niño hace falta toda la tribu, dicen sabiamente los masái. Cerca de abuelos, tíos, primos y sobrinos, la crianza de un niño es bastante más fácil e incomparablemente más divertida. Pero si todo el mundo se va de sus pueblos y ciudades de provincia, la cosa se complica y ensombrece. Tres, ay, los matrimonios son hoy muy endebles. Tener hijos es una misión compartida para toda la vida. Si sabes que hay muchas posibilidades de quedarte sólo a mitad del camino, no te animas a una aventura que requiere cuatro brazos y un doble de corazones.

Que la paternidad conlleva sacrificios, no lo vamos a negar. Digamos (cuatro) que no ayuda nada la visión edulcorada de la familia feliz, que con muy buena intención tratamos a veces de propagar. Salta a la vista el marketing y la gente, escaldada de que le vendan tantas cosas, no pica. Que la paternidad conlleva inmensas alegrías profundísimas, tampoco hay que negarlo, como hace (cinco) el cinismo por defecto de nuestra mirada postmoderna. Hay que encontrar el equilibrio entre los gozos y las sombras, que consiste —creo— en reconocer ambos y también que al final ganan los gozos.

Irrita la constante irrisión (seis) de la figura paterna y la masculinidad que llevamos soportando desde mayo del 68 hasta ahora. Vean las películas, las series, los chistecillos y las leyes de género. Cuando uno está atento se da cuenta de que hay una lluvia fina de fango que no deja de cuestionar a los padres. Supongo que muchos, hartos, se dirán: «Pues te vas a reír de tu padre…».

El concepto tan triunfante (siete) de la liberación de la mujer choca, por su parte, con la evidente dependencia de los niños de la madre. Habría que afinar el concepto de libertad y la grandeza del servicio. El amor no crece en otro ambiente. Ni el corazón de muchas mujeres, aunque casi nadie lo diga, se conforma con menos.

Como sé de sobra, siempre hubo vocaciones al celibato, matrimonios sin hijos, personas que no encontraron su media naranja, hijos únicos o por los pelos, etc. Se compensaban por la existencia de familias numerosas. Hoy, sin embargo (ocho) con dos o tres hijos basta en las familias más comprometidas. Los que no tenían, siguen sin tener, pero los que tenían se retraen. La suma se resiente.

Nueve, la inflación, la presión fiscal, el precio del carro de la compra.… No hay economía que aguante el ritmo. Diez, el rollito rebelde que se insufla a las nuevas generaciones. Ya decíamos que si en la sociedad se mofan de ellos a los padres se le quitan las ganas. Pues lo mismo pasa, pero dentro, o sea, peor. Las madres y los padres que saben que van a ser contestados en cuanto se entre en la adolescencia se escabullen, aunque sea instintivamente.

Y viceversa: once. El futuro no brilla especialmente esplendoroso en casi ninguno de los pronósticos. Traer hijos para que se enfrenten a perspectivas oscuras y a deudas públicas monstruosas no es lo mismo que hacerlo en un país que progresa, que crece, que se ilusiona. En duodécimo lugar, con menos fe, ya casi nadie recuerda que un hijo es un alma inmortal nacida para una felicidad sin fin. Traer hijos para el consumismo y la muerte, no emociona tanto.

La enumeración ha sido precipitada, pero tal vez sirva para entender que aquí se conjugan muchas líneas de fuerza. Y como se retroalimentan unas a otras, a todo aquel que desactive una hay que darle las gracias, ya sea bajar impuestos, facilitar el acceso a la vivienda, reunir una antología de poemas de amor conyugal, facilitar la vida rural o creer en Dios Padre. Todo suma, y hay mucha resta que compensar.

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