De niño pasaba los agostos en un pueblo de sierra del que prefiero no dar señas, porque los lugares de la infancia conviene guardarlos como se guardan las cosas de valor, sin dirección exacta. Mi tío tenía allí un pinar en cuesta, unas pocas fanegas heredadas que no daban dinero ni lo pretendían, y subía a pisarlo casi todas las tardes con una vara que no le servía para nada salvo para señalar. Me llevaba con él en calidad de escudero involuntario. El pinar olía a resina caliente, un olor espeso que se quedaba en las manos como se queda el azúcar de las ferias, y las chicharras sostenían ese hervor de freidora que era el verdadero silencio del verano. Mi tío se agachaba, apartaba una piña con la vara, calculaba a ojo la distancia entre la hojarasca y el tronco. Después soltaba su acertijo de viejo: «El monte no se quema en agosto. El monte se quema en enero, cuando nadie sube a limpiarlo». Yo asentía sin entender, que es la forma en que los niños archivan las frases importantes.
Aquel hombre pertenecía a una civilización que ya entonces se batía en retirada: la de los que subían al monte porque el monte era despensa, leñera y banco de trabajo, la de los resineros que sangraban los pinos con una cuchilla curva y colgaban el pote de barro como quien pone un botijo a la sombra, la de las cabras que se comían el matorral antes de que el matorral fuera un problema con nombre técnico. El monte estaba limpio porque estaba usado. Uno tardó décadas en comprender el acertijo de la vara: aquellas tardes de paseo eran trabajo, y aquel trabajo era un cortafuegos que no salía en ningún mapa. Cuando mi tío murió, los hijos ya vivían en la ciudad, como los hijos de todos. El pinar quedó allí, criando maleza con la paciencia con que crían maleza las cosas que nadie mira.
Pero este artículo lo escribo porque esta semana ardió esa clase de mundo. El telediario enseñaba la sierra del oeste de Madrid convertida en un frente, los vecinos de Valdemaqueda saliendo de sus casas con bolsas de deporte, el humo asomado al pantano de San Juan donde tantos madrileños aprendimos a remar y a mentir sobre lo bien que remábamos. Leí que los fuegos de Ávila y Madrid pasaron de las 70.000 hectáreas antes de darse por estabilizados. Leí que el Consejo de Ministros declaró 211 zonas gravemente afectadas en catorce comunidades, un semestre entero de país en lista de daños. Leí que por primera vez en la historia hubo que declarar una emergencia de interés nacional por un incendio forestal. Las cifras eran enormes y exactas, y sin embargo lo que se me quedó fue una imagen menor: en el mapa del informativo, la mancha del fuego se extendía como se extiende el vino tinto en un mantel, con esa manera lenta y segura de avanzar que tienen las cosas que ya no se pueden recoger.
Los hombres como mi tío habrían mirado ese mapa sin sorpresa. Ellos sabían que el fuego de julio se incuba en los inviernos vacíos, en los pueblos donde ya no queda nadie en edad de subir, en el matorral que nadie desbroza porque desbrozar no cotiza. No habrían dado un discurso. Habrían señalado con la vara la hojarasca acumulada y habrían dejado que cada cual sacara la cuenta. En los pueblos evacuados de estos días salían por televisión ancianos mirando el humo desde una carretera cortada, con los brazos cruzados a la espalda, en esa postura de quien ya avisó hace mucho y no encuentra ningún gusto en haber acertado. Alguno decía que el monte llevaba años cerrado de maleza. Lo decía sin rabia, con la voz seca de quien describe una gotera antigua.
Hace mucho que no vuelvo al pinar de mi tío. Sé que sigue en pie, de milagro o de casualidad, esperando su enero. Los veranos huelen ahora a otra cosa, a ese olor de cerilla recién soplada que este año llegó hasta las ciudades y se metió en la ropa tendida. Pero algunas noches, todavía, me huelen las manos a resina.