El discurso del Rey en las Naciones Unidas ha sido extremadamente importante. No por lo que dijo, sino por el contexto: un espaldarazo expreso a la discutible política de Sánchez sobre Palestina, espaldarazo que Sánchez, siempre fiel a sí mismo, se apresuró a explotar anunciando de inmediato el envío de un barco de guerra, nada menos, como auxilio público a la flotilla privada de la Thumberg y la Colau. Hubo más en el discurso del rey: hubo una apología abierta de la Agenda 2030, del liderazgo de España en materia de aborto («salud reproductiva», lo llamó) y otros dogmas de la doctrina globalista, y hubo, sobre todo, fotos vergonzosas, como esa con el genocida sirio Al Sharaa. Para un rey que «no debe meterse nunca en política», como dicen siempre las beatas de la Corte, no está nada mal. Parece que la Corona se ha sanchificado, como tantas otras cosas en España.
Sánchez lo está sanchificando todo. Ha sanchificado, por supuesto, la división de poderes. El ejecutivo no es exactamente una presidencia de Gobierno, sino una corte personal al servicio del jefe, su señora y su hermano, todos arropados por una legión de asesores cuya verdadera función es escribir el relato de las glorias del líder, guionistas de una fábula donde no hay otro protagonista que Sánchez. Ha sanchificado también el legislativo, mera prolongación de la Moncloa con un Congreso en manos de la sierva Francina Armengol, ama de llaves del señorito, y un Senado que para el presidente, simplemente, no existe. Ha sanchificado igualmente el poder judicial con un Fiscal General que en realidad es un ministro suplementario al servicio del jefe. Aún más, ha creado un poder judicial espurio sanchificando el Tribunal Constitucional para que ejerza como instancia última a las órdenes del Único. Y hay más. Sánchez ha sanchificado al poder financiero moviendo influencias aquí y allá, siempre con el caramelo de los fondos europeos y otras zanahorias para el burro. Sánchez ha sanchificado a la Conferencia Episcopal, como demostró inequívocamente el oprobioso episodio del Valle de los Caídos. Sánchez, a lo que se ve, está sanchificando incluso a las fuerzas armadas, con generales y almirantes dispuestos a sanchificarse… por la patria, seguramente. Todo lo que toca Pedro, lo sanchifica.
Apuntaba maneras desde el principio, la pandemia dejó bien visibles sus hechuras y todo lo que ha venido después no ha hecho sino confirmar los peores temores: Pedro Sánchez tiene madera de dictador o, más precisamente, de autócrata, de tirano, y el régimen político que se está imponiendo en España bajo su mando responde exactamente a ese perfil. Yo ya sé que en la derecha gusta escuchar que el socialismo es así, pero este es un argumento retórico que no responde del todo a la verdad: cierto que los sistemas socialistas tienden a la destrucción de las sociedades libres, y cierto también que el socialismo español guarda en su seno una querencia innata hacia la corrupción y las maneras autoritarias, pero lo de Sánchez va mucho más allá. El tirano se alza precisamente sobre las ruinas del socialismo, un socialismo que ya no puede ser, un socialismo al que sólo le queda la retórica y la voracidad fiscal, para desplegar una dinámica de poder específica, una mezcla logradísima de las peores prácticas caciquiles de toda la vida, «usted no sabe con quien está hablando», y las técnicas más avanzadas de la mercadotecnia política, con esos maniquíes que hablan en spots y frases cursis como de libro (malo) de autoayuda, con un punto deliberadamente hortera. Y aún hay algo más, algo que ensombrece todavía más el paisaje, y es lo siguiente: que los políticos se corrompan forma parte de la naturaleza de las cosas, pero es que estos han llegado ya corruptos; no hablamos de políticos que ceden a la tentación del delito, sino de una trama delincuencial que utiliza la política como escala hacia la impunidad plena. Y esto es nuevo.
Visto desde arriba y desde lejos, con toda la distancia emocional posible, la verdad es que el espectáculo de esta España no deja de tener algo cómico. He aquí a un país en manos de un grupo de poder crecido al calor de las escuchas ilegales en los prostíbulos y los tejemanejes con dinero público, capaz de hacerse con un partido, primero, y con un Gobierno después, a base de estimular y aprovechar al máximo las debilidades seculares de la izquierda española: el sectarismo, la emotividad, la precariedad intelectual y el caudillismo, todo ello sabiamente combinado con repartos inmoderados de prebendas y una buena remuneración del fanatismo mediático. Y sin embargo, no deja de tener su mérito esa capacidad para aunar las voluntades dispares de delincuentes y dogmáticos, golpistas y trepas, terroristas y simples golfos de puticlub, arracimados en torno al proyecto común de disolver España por dentro y por fuera. Que esta tribu haya conseguido echar raíces tan hondas en la estructura del Estado es algo que forzosamente debe movernos a reflexión: ¿tan precario era, en realidad, nuestro sistema?
La gran pregunta, y algún día sabremos la respuesta, es cómo ha conseguido Pedro seducir a tanta gente, es decir, sanchificarla. No al pueblo, que le odia de manera cada vez más intensa, sino a lo que podríamos llamar «las elites» del país: tanto nombre del IBEX, tanto clérigo, tanto general, algunos jueces, todos esos periodistas, incluso la Corona… Las explicaciones habituales —la extorsión, la venalidad, etc.— no son suficientes para explicar por completo el fenómeno, aunque puedan dar razón de algunos casos muy notorios. Pero creo que estamos ante algo más complejo y también más feo: en cierto modo, la sanchificación es el estadio final de un largo proceso de degradación moral y cultural que afecta a todo y a todos, y que ha dejado al país inerme ante una banda de aventureros dispuesta a tomarlo al asalto. Si algún día es posible un cambio de poder, no quepa duda de que el primer objetivo tendrá que ser des-sanchificar España. Y eso exigirá una verdadera revolución cultural.