La supuesta traición de Trump
La supuesta traición de Trump
Por Hughes
3 de marzo de 2026

Con tantas razones para oponerse a la intervención de EE.UU en Irán, ha sido llamativa la insistencia en decir que Trump ha traicionado a su base.

Esto viene de gentes que han demostrado muy poco aprecio por los votantes de Trump o que han negado la naturaleza democrática de su pacto con ellos.

Para los de siempre y alguno más, Trump es un traidor al MAGA, Make America Great Again.

Ahora resulta que todo este tiempo Trump era Gandhi o un Imagine all the people. Confundir su posible aislacionismo con un «no a la guerra» es como confundir su populismo con el de Pablo Iglesias.

Hay algo muy cierto. Trump insistió en rechazar las guerras en Oriente Medio y se opuso a Irak, pero también por la forma de ejecutarse. Por la inutilidad, por el poco provecho. No tanto por razones morales. Digo esto porque Trump, bien mirado, reformula lo neocon, refina lo que hicieron los Bush y compañía, como corrige o repara más bien casi todo lo demás.

Hay que entender que Trump colisionaba con el Uniparty, lo que aquí llamaríamos el bipartidismo, el partido republicano y el demócrata, y lo que ambos tenían en común, la política internacional; venimos de Ucrania y Gaza en mandatos demócratas, y eso explica también el énfasis trumpiano en la no belicosidad y en la Paz, pero una Paz por temor, a través de la fuerza (peace through strength). Porque constantemente Trump ha buscado el acuerdo, el deal, con amenazas y gran bravuconería; llegando a niveles casi cómicos por apocalípticos:» Sufrirán las consecuencias más graves que ha visto la historia». Esto nunca ha sido un no a la guerra.

Y ya desde el primer mandato bombardeó al ISIS (recordemos a Baghdadi, «he died like a dog») y atacó a Irán con drones, en la muerte de Soleimani. Ahí estaba ya el estilo de decapitaciones exactas y ataques muy concretos de este segundo mandato. Hace Trump una especie de acupuntura militar. Es, un hombre de finales del siglo XX con una presidencia del siglo XIX, mediante tecnología del siglo XXI.

O sea, en el primer Trump ya estaba este Trump, y de Irán siempre dijo lo mismo. Criticó el acuerdo de Obama y planteó la necesidad de renegociar, pero con la amenaza del palo. Su posición sobre Irán ha sido coherente desde hace casi cincuenta años. Toda la vida dijo lo mismo, otorgó un cariz casi existencial al riesgo de un Irán nuclear. Y en la campaña de 2024, en el debate electoral, el propio Vance se mostró a favor de apoyar un posible ataque de Israel a Irán.

La base de Trump

Cuando hablan de «base de Trump» tampoco se acercan a la verdad. Una cosa es el MAGA, y otra cosa es la base de sus votantes, una coalición en la que hay sensibilidades neocon de conservadurismo clásico, aislacionistas, o votantes proisraelíes. La influencia israelí no es una cosa oscura, en la sombra, negada y misteriosa. Es una orgullosa evidencia para Trump y sus intereses forman parte de una bolsa de intereses más grande que él amalgama con su extraordinaria naturaleza. Por eso, las voces de los últimos meses, de abierta hostilidad con el elemento proisraelí eran y son una amenaza a esa coalición. La resquebrajan.

Pero dentro del MAGA ni siquiera hay una unanimidad. Es un mundo declinante y un poco decepcionante de personas que practican una coquetería ideológica particular que consiste fundamentalmente en pretender, los más lúcidos, cambios enormes en el interior, cambios que solo podrían pasar por violentar la ley o tensarla mucho, y, a la vez, por olvidar el exterior afectando un hasta cierto punto comprensible cansancio por las aventuras imperiales. Pero ¿puede Trump, en este momento del mundo, del retorno de la historia, dejar las llaves del imperio americano e inhibirse con una forma cualquiera de aislacionismo? Muchos de estos comentarios son jugueteos de salón y posicionamientos de opinadores e influencers que ganan así, con originalidad, su fama. Las personas más sólidas (no dependientes de la clientela de Internet) no muestran estas veleidades. Por ejemplo, Paul Gottfried, el pensador político e historiador, paleoconservador muy contrario al intervencionismo de las últimas décadas, se mostró partidario de apoyar a Israel frente a Irán. Las personas de edad tienen la peor opinión sobre ese régimen, furibundamente antiamericano. Y el propio Gottfried denunciaba algo así como la negación ritual del mundo neocon por parte de la nueva derecha (los neocon pueden haber estado equivocados, pero hasta un reloj estropeado…).

He hablado de los más lucidos. Los menos son del mundo de los podcasts y youtubers, muchos recién llegados, algunos ex izquierdistas o libertarios que apoyaron activamente a Trump con la idea de la paz y la no intervención. La sensación era que se tapaban la nariz y ofrecían su apoyo reforzando mucho esa idea de pacifismo, convirtiendo a Trump en una cosa admisible por los no derechistas. Parte de la amarga crítica contra Trump viene de la necesidad de estas personas de salvar su reputación (esto siendo benévolos; la malevolencia a nos llevaría pensar que se trata de una concienzuda operación de división). Esa dimensión sobrevenida del MAGA monetiza o explota un alarmismo que anuncia la Tercera Guerra Mundial cada tres meses, con el patrocinio y auspicio intelectual de elementos por supuesto prorrusos o prochinos.

Invadir e invitar

La mejor definición de las políticas estadounidenses de las últimas décadas pertenece al periodista Steve Sailer: «Invade the world, invite the world»; invade el mundo, invita al mundo. La segunda parte Trump ya la ha cambiado cerrando la frontera. Extraño sería que atacando tan seriamente la segunda, volviera a la primera, a invadir el mundo.

Es la «madre del cordero»: ¿va a desplegar Trump tropas en Irán? En esa coalición suya la amalgama de intereses se modula por límites. El límite a la intervención en Oriente Medio sería no caer en guerras largas, vietnamizadas, con miles de muertos norteamericanos. En Irán llevaban hasta hace unas horas tres, que es menos de lo que morirían en un ataque trans.

Ese parece el límite del MAGA promedio: el boots on the ground, no volver a un Afganistán, a un Irak… Y Trump, aunque juega con la idea y no se cierra a la invasión (como ya hizo en Venezuela) no parece, por muchas razones, que vaya a llegar hasta ese punto, que sería un suicidio y sí, sin duda, una enorme traición al sentido fundamental de su política.

Esta insistencia en la traición, de todos  modos, tiene la intención real de dibujar a Trump como pelele en otras manos: las de Israel, aunque los más tímidos (que saben que rondan un viejo patrón antisemita) se queden solo en el Deep State.

Pero también eso es bastante cuestionable. En primer lugar, porque la política internacional de Trump existe, tiene rasgos propios, e innovadores que permiten hablar de una estrategia personal. Ha intervenido de una manera u otra en Groenlandia, por donde pasarían los misiles balísticos dirigidos a EEUU; en Panamá, para echar a China, lo mismo en Venezuela, y todo apunta a que lo hará en el foco irradiador de Cuba. Esto, junto al operativo contra el narco mexicano, lo ha hecho sin pérdidas humanas y circunscrito a su continente: es la doctrina Monroe o Donroe; y entre la Donroe y China, la otra doctrina de Trump, está Europa, con una apelación civilizatoria y Oriente Medio y es difícil pensar que la zona de países productores de petróleo sea algo que EEUU vaya a dejar al albur de Israel. ¿Cuál es la instrumentalidad de esa relación de alianza entre los dos países? ¿Quién es proxy de quién?

La participación de EE.UU en Oriente Medio es previa a la existencia del propio estado de Israel. Pero hay que insistir: ¿dónde está Israel en Cuba, Venezuela, Groenlandia, México? Entre América y Asia está Oriente Medio; entre Venezuela y China, Irán, y pensar que EEUU es un pelele israelí ignora los mutuos beneficios de la relación. ¿No puede ser que ganen los dos?

La alianza entre los dos países y entre los dos nacionalismos, pese a los peajes, muestra un vigor y una fuerza política, tecnológica e histórica, una determinación que supera en mucho a la de cualquier otro país, incluidos, por supuesto, los ayatolas. Trump no la niega, e invita a apreciarla en su singularidad.

Y este es otro asunto fundamental que explica la insistencia en la «traición a la base». El odio a Trump se nutre con nuevos participantes. No se le perdona que altere el papel que le tenían asignado: el de piloto tragicómico de una decadencia americana. No parece que este sea el futuro próximo. Si Trump triunfa, la democracia, el dólar, la tecnología y la hegemonía de EEUU se reforzarían y la famosa multipolaridad de los BRICS quedaría en fantasía postergada.

Lo que pase en Oriente Medio es fundamental. Un plan está trazado desde, por lo menos, los acuerdos de Abraham. Pensar que Trump iba a abandonarlo por un No a la Guerra es poco realista. Pensar que se mueve por un chantaje parece ahora mismo un detritus intelectual. Trump no traiciona a su base porque, sencillamente, está muy por encima y muy por delante de ella. Él la crea,

El bombardeo a Irán en 2025 me llevó a pensar entonces, perplejo, con la soledad del observador sensible a lo trumpiano, y acordándome de la Nueva Ola de la Nueva Ola, en Trump como un neo-neocon. En realidad, ya apuntan algunos a que se trataría, si acaso, de un neocon mejorado, perfeccionado: preciso, económico, certero, mondo de narrativa y empeñado en sacar provecho. O sea, no una negación sino una corrección de lo neocon, como si buscase así cerrar un capítulo regional mientras asegura el repliegue occidental. Incluso si esto fuera el resultado de un pacto con el Deep State o de una transacción, llevaría su sello.

Trump, por cierto, no habla de los homosexuales de Irán ni de las feministas persas. Que la lamentable propaganda tercermundista que hemos de sufrir en España, por ambos lados del espectro, deprimente espectro, nos presente, por lo menos, ya que no análisis apreciativos, al menos la realidad trumpiana en toda su tonificante brutalidad.

TEMAS
Noticias de España