La tranquilidad de Álvaro Muñoz
La tranquilidad de Álvaro Muñoz
Por Hughes
13 de julio de 2025

La frase se esculpió como un meme de época. «La tranquilidad es lo que más se busca». Era un niño, con la sinceridad del niño, en la piscina, preguntado por una reportera. Lo dijo sin malicia, como lo más natural del mundo.

Ese niño, Álvaro Muñoz (no Escassi) tendría problemas después, lo ha contado, por la segunda parte de la frase: «Llegas a otras piscinas de Teruel y hay un montón de panchitos, cubanos…».

Pero mientras pagaba las consecuencias, la frase echaba a volar, viralizada, aceptada como broma y diagnóstico, actitud hacia la realidad y casi como concepto: la tranquilidad.

Esta semana se lo escuché a Rocío de Meer en la rueda de prensa que animó la inventiva de El País: «La tranquilidad en nuestros barrios».

Pero, ¿qué es esa tranquilidad de la que hablaba el niño? No se trataba solo de seguridad; era seguridad y algo más. Algo que, desde luego, no es supremacía (¡la dijo un niño gordito turolense!). La tranquilidad de Álvaro Muñoz añade una despreocupación, una ausencia de inquietud, un liberarse de algo, de una tensión, de una atención vigilante al entorno…

Una forma de serenidad.

La tranquilidad de Álvaro Muñoz, hecha meme y concepto, tenía algo filosófico. Como una serenidad heideggeriana, la gelassenheit, una sensación que él, con su sensualismo de niño en piscina, una piscina además en lo más radical del secano, valoraba por encima de todo.

Lo fundamental de su frase epocal no era la segunda parte, ese «panchitos», sino lo otro, lo primero, la sensación que él, niño filosófico, celebraba; la de desprenderse de algo que desde fuera ocupa el ánimo: una pequeña inquietud, una ansiedad, un temor instintivo, casi un zumbido, esa forma de alerta, de estar en guardia, que a veces es solo una predisposición natural…

Y no es casualidad que lo formulara en la piscina, que lo dijera allí en el agua, bajo el sol, en el disfrute del tiempo distinto del verano infantil…

La piscina, donde los ojos se cierran, donde uno se queda dormido en semidesnudez, es donde el niño entendía que el lugar se hace morada.

Porque esa tranquilidad alvariense, piscinera, era una forma de gelassenheit que es el paso primero (despreocupación, aquietamiento) para una apertura, para un abrirse relajado a los elementos: el agua, la luz, el tiempo, las reverberaciones… ¡Apertura radical que no puede realizarse preocupado, inquieto, ansioso, vigilante!

La tranquilidad, pues, es un estado que consiste en la ausencia de algo que no es en sí mismo amenaza sino incluso algo previo, una mera inquietud, agitación, ruido… Lo extraño, lo otro, un embargo del yo desasosegando lo circundante.

El niño Álvaro enunciaba, con su sinceridad descacharrante, un estado casi filosófico: gelassenheit turolense infantil, de niño en piscina, condición necesaria para la apertura radical del Ser, el Ser en el ser-ahí siendo ahí la piscina.

La piscina representaba el entorno en el que el ser, para arraigar, necesita abrirse (de ahí la importancia de la piscina pública).

Y la llave es la tranquilidad. ¡Casi nada! ¡Casi nada la preservación de semejante estado! Por eso la tranquilidad será pronto un término sospechoso.

El niño Álvaro era, décadas después, sucesor de El Piraña de Verano Azul, otro rollizo amorcillo veraniego y epicúreo; y si Piraña nos dejó el silbido feliz, él nos estaba lanzando su frase para los años siguientes…

¡El secreto del verano siempre lo tiene el gordito!

El Quijote dice que la libertad es el don más preciado, pero el niño Álvaro le contradijo: es la tranquilidad.

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