La transmisión del fuego
La transmisión del fuego
Por Esperanza Ruiz
29 de septiembre de 2026

Una nación que se despierta cada día bajo distintas amenazas, algunas reales pero convenientemente ignoradas; otras ficticias y sobredimensionadas. Un país golpeado por la inflación y precios de carburantes desorbitados. Una identidad en riesgo de desaparecer sepultada por el peso de la inmigración descontrolada. O perfectamente controlada, según se mire. El primer Estado del mundo en elevar el «derecho al aborto» a rango constitucional. Y que acaba de incorporar al ordenamiento jurídico el «derecho a la eutanasia». Un pueblo con un profundo sentimiento de injusticia por la inversión de la relación entre víctima y criminal, gobernado por una élite que solo trabaja para sí misma.

Un presidente, «el último moderado» según algunos, convertido en un aventurero de la política exterior porque es lo único que todavía le permite existir. Fracasado en la interior, cuida con mimo la posibilidad de una guerra con Rusia. Juega con fuego (nuclear), quizá acariciando la idea de reproducir para su propio mandato un escenario como el de Zelenski. Aunque, viendo cómo ha blindado a personas de su entorno político en puestos clave de instituciones estratégicas con mandatos que se prolongan más allá de su presidencia, se diría que también le tira un job swap a lo Medvédev.

Ciertos medios llegan a calificar el clima de preinsurreccional, como si soplaran los mismos vientos que en el Antiguo Régimen. Cuando las arcas estaban vacías, los súbditos eran exprimidos por los recaudadores y otros funcionarios reales, y la deuda devoraba al Estado.

Esta es la Francia a la que llegó León XIV el 25 de septiembre. Y esa misma noche, en el Stade de France —en el suburbio de Saint-Denis, nombre del primer obispo de París y mártir del siglo III, pero sinónimo desde 2022 de racaille y gases lacrimógenos—, a ochenta mil jóvenes se les recordó quiénes eran. Durante la Vigilia de Oración presidida por el Papa, una composición de diez cuadros, un desfile de santos que señorean los siglos, recorrió la historia cristiana del Hexágono: María Magdalena y Lázaro llegando a Provenza para evangelizar la Galia; Blandina, esclava martirizada en Lyon en el año 177, y nombre común hoy entre los franceses de souche; Dionisio; Martín de Tours, el soldado romano que partió su capa para vestir a un pobre; san Remi, obispo de Reims que bautizó a Clodoveo; Clotilde, esposa de Clodoveo, que lo convenció de convertirse al cristianismo; Bernardo de Claraval, monje cisterciense impulsor de la segunda cruzada; San Luis, rey de Francia; Francisco de Sales, doctor de la Iglesia; Vicente de Paúl; Juan Bautista de La Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, patrono de los educadores; el Cura de Ars, patrono de los sacerdotes; Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa de Rue du Bac; Bernadette Soubirous, arrodillada en la gruta de Massabielle; los niños de Pontmain, La Salette y L’Isle-Bouchard, apariciones marianas muy arraigadas en la piedad popular francesa. Louis y Zélie Martin, padres de una doctora de la Iglesia; Teresa de Lisieux, su hija, carmelita descalza y patrona de las misiones pese a no haber salido nunca de su convento, que apareció en el estadio montando una bici; Charles de Foucauld y los mártires del apostolado, sacerdotes, religiosos y laicos franceses fusilados o deportados durante la Segunda Guerra Mundial por su fe o por su resistencia, a los que el propio Papa aludió en su discurso.

En medio, una muchacha con armadura irrumpió a caballo. Juana de Arco, telúrica —suelo de la patria, pasado— y celestial —llamada y futuro—, proclamaba: «Nosotros luchamos, y Dios nos dio la victoria».

La République se debía a sí misma una reparación tras aquellas vejaciones de las ceremonias de apertura y clausura —liturgias de azufre y mandil— en los Juegos Olímpicos de París 2024, y la Francia eterna se la ofreció. No se transmitió allí la llama olímpica, sino el incendio, la brasa, la aurora. Se transmitió el fuego. El Bien respondía al Mal, que nunca tiene la última palabra.

Escribe el filósofo francés Robert Redeker que «el fuego es sinónimo de comienzos», y que todo momento fundacional —el amor, la resistencia, el acto heroico— participa de su naturaleza «original e invisible». Es el «viático» que previene de la desesperación en los tiempos ordinarios, los de «la caída y las cenizas». Estos días, esa Francia exhausta, convulsa y desconfiada de sí misma, lo llama tradición. Improvisa confesionarios a pie de calle y a cielo abierto, en los emblemáticos y seculares Campos Elíseos, y vuelve los ojos a la Francia de las catedrales, primogénita de la Iglesia, que ha sobrevivido a traiciones, revoluciones y repúblicas masónicas.

Los santos son, en palabras de Christiane Rancé, «los insumisos mayúsculos, los centinelas del futuro».

El mundo libra una encarnizada batalla espiritual. Puede que esa noche, entre los ochenta mil jóvenes que llenaban un estadio de fútbol, los santos de Francia encontraran algunos pocos a los que pasar la antorcha. A los que transmitir el fuego para continuar la lucha con «la desesperada pasión de la esperanza».

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