La única transición políticamente correcta
La única transición políticamente correcta
Por José Javier Esparza
2 de diciembre de 2025

Se habla mucho —en determinados sitios, en fin— de Anatomía de un instante, la serie de DLO para Movistar sobre el libro homónimo de Javier Cercas. En principio, Anatomía de un instante es una historia sobre el 23-F. El 23-F es un asunto que a mí siempre me ha interesado mucho por razones estrictamente personales: ese día yo estaba allí, como otros muchos miles de españoles, embutido en un uniforme de la División Acorazada «Brunete». Así que he leído casi todo lo que se ha publicado el 23-F. Y después, por extensión, mucho de lo que se ha publicado sobre la transición política desde 1976. Explico todo esto para justificar mi opinión: Anatomía de un instante tiene que ver muy poco con lo que ocurrió realmente el 23-F y, menos aún, con la transición.  

Innumerables cosas que se cuentan en la serie son distorsiones, errores o simplemente falsedades. La Ley de la Reforma Política no fue una audaz jugada en solitario de Suárez. En su elaboración estaban desde el principio, sí, Suárez, pero no como presidente del Gobierno ni como motor, sino como Secretario General del Movimiento, y Manuel Fraga como ministro del Interior, pero éste no aparece en la serie en ningún momento. Limitar el papel de Torcuato Fernández-Miranda al de un amable señor mayor que toma chocolate con churros en La Zarzuela es un insulto a la realidad histórica. Conectar el 23-F con la legalización del PCE es un disparate: el malestar militar venía directamente de la salvaje impunidad con la que actuaba ETA. Por cierto: el «malestar militar» es presentado una y otra vez con un recurso caricaturesco que consiste en mostrar un lóbrego gabinete lleno de gente malencarada de uniforme y fumando puros. Habría sido más justo mostrar los cadáveres de los asesinados por ETA. También habría sido más justo explicar la figura del general Armada de una forma más adecuada a la realidad, y no esa especie de rata grotesca que nos pintan, pero es que la realidad, en Anatomía de un instante, es lo de menos.

Más cosas: la matanza de Paracuellos no se ejecutó, como se dice textualmente, sobre «dos mil fascistas y militares rebeldes» (que alguno habría, ciertamente), sino sobre los encarcelados en Madrid por estar en las listas de los partidos de la derecha, las asociaciones católicas o, simplemente, por ser personas consideradas monárquicas, como el dramaturgo Pedro Muñoz Seca. Exonerar a Carrillo de culpa en la matanza de Paracuellos, como hace la serie varias veces, es sencillamente falso: seguramente la decisión no fue suya, sino del asesor soviético Koltsov, pero él colaboró con entusiasmo. Al final todo el relato parece orientado a presentar a Carrillo como el auténtico motor de la transición, lo cual es absurdo: el PCE hizo cuanto pudo por sabotear el proceso precisamente porque venía de las instituciones del régimen de Franco. Nadie discutirá el valor personal de Carrillo en los momentos más importantes, su acierto al responder con un atronador silencio de masas a la matanza de Atocha o su habilidad táctica para aprovechar las oportunidades que el sistema le ofrecía, pero concederle un protagonismo tan esencial es casi cómico.

En fin… Dejé de ver la serie, lo confieso, antes de terminar el tercer capítulo. Con lo que había visto (lo arriba reseñado) fue suficiente para constatar que estaba perdiendo el tiempo. No sé qué más habrá contado, ni me interesa: es evidente que todo consiste en reinventar el relato de la transición política de modo que la izquierda, que se opuso a ella y perdió, la pueda aceptar ahora sin tener que hacer examen de conciencia. Y esto es quizá lo más exasperante de todo: esa incapacidad de la izquierda (no sólo española) para contarse verazmente a sí misma. La izquierda española tiene un problema con la realidad, porque cada vez que la ha tomado en sus manos ha roto el muñeco, y tiene un problema con la Historia, porque es incapaz de reconocerlo. Así que se ve obligada a reescribir una y otra vez, con tonos crecientemente ficticios, su propia historia. Es una patología. Lo ha hecho con la II República, con la guerra civil, con el franquismo y ahora lo hace con la transición. Para la izquierda española, la única transición políticamente correcta es la transición que no existió. En eso consiste Anatomía de un instante.

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