Las farolas
Las farolas
Por Julián Montenegro
22 de agosto de 2026

El otro día, en la terraza de un bar, vi sonar la muñeca de un niño que apenas levantaba un palmo sobre el velador. Dejó la magdalena, se llevó el antebrazo a la oreja con soltura de bróker interrumpido y dijo que sí, mamá, que estaba en el bar, que había pedido zumo. Después colgó, o lo que se haga ahora con las muñecas, y volvió a la magdalena con la calma de quien lleva toda la vida rindiendo cuentas por radio. La madre no estaba. La madre era una voz que salía del reloj, y el reloj, leí luego, era el regalo de moda para los de cinco y seis años, un cacharro que llama, escribe y localiza a la criatura por GPS con precisión de misil, y cuyas ventas habían crecido un cuarenta por ciento en dos años. El aparato vibró otra vez sobre el mármol como una avispa metida en un vaso. El niño ni lo miró. Los veteranos de cualquier guerra acaban durmiendo con el walkie encendido.

Los de mi quinta fuimos niños por el procedimiento contrario, el de que nadie supiera nunca dónde estábamos. Salías de casa con el bocadillo y una instrucción única, volver cuando encendieran las farolas, y entre la merienda y las farolas se abría una llanura de horas sin cobertura en la que cabían el descampado, la obra, el canal, los petardos y aquel solar en el que un chaval de otro barrio podía cobrarte el peaje de la bicicleta. El sistema de localización existía, pero era analógico: consistía en que tu madre se asomara al balcón y gritara tu nombre completo, con los dos apellidos, como quien subasta pescado, y en que otras madres fueran pasando el aviso de ventana en ventana hasta dar contigo. Funcionaba tarde y mal, y en ese tarde y mal, ahora lo entiendo, estaba todo, porque la infancia era exactamente aquello que ocurría donde no alcanzaba la voz de tu madre. Éramos ilocalizables. Fue nuestra manera de ser libres y también, de acuerdo, de merendar tétanos en la obra.

Pero el reloj no es un reloj: es el hermano pequeño del móvil, que llega antes porque abulta menos. Los hay que sólo llaman y localizan y los hay que ya traen vídeos y redes, de modo que la muñeca del párvulo se estrena como sucursal de todo aquello que jurábamos aplazar hasta los dieciséis, edad que alguna asociación de padres propone como frontera para cualquier cacharro conectado, con el mismo optimismo con que Numancia propuso negociar. Los psicólogos avisaron de que el enganche funciona igual que en los mayores, y los vendedores contestaron que seguridad, que tranquilidad, que saber dónde está el niño en todo momento. Ahí está la palabra: tranquilidad. Ningún aparato se ha vendido jamás a los padres con otra, y por ella pasaron la trona, el intercomunicador, la sillita de anclaje homologado y ahora el satélite personal. El niño crece emitiendo señal, como los buques, y ya no sabrá lo que era navegar sin dar el parte.

Y conste que no escribo desde ninguna superioridad, porque yo habría comprado el reloj el primero. Lo habría comprado por miedo, que es el único vendedor que no necesita rebajas, y lo habría configurado una tarde entera, electrocutándome en lo digital como me electrocuto en todo, hasta conseguir que el aparato me contara la vida de mi hijo minuto a minuto. Hablo como hombre localizado: llevo en el bolsillo un teléfono que da mis pasos a no sé cuántas multinacionales y a mi mujer, que es porteña y escéptica y sabe a qué hora salgo del gimnasio antes de que me haya secado el pelo. La última vez que estuve ilocalizable fue un martes de 2011, dos horas, por culpa de un parking subterráneo, y las recuerdo con la nostalgia con que otros recuerdan un amor de verano.

Se lo conté al mío, que ya tiene edad de destinatario del invento, y quise saber si querría uno para la vuelta al cole. Dijo que sí tan deprisa que me alarmé, y le pedí que me explicara el interés, si por llamarme, si por los vídeos. «Para saber dónde estás tú», dijo. Y siguió a lo suyo, tan tranquilo, mientras fuera, puntuales, sin pedirle permiso a nadie, se encendían las farolas.

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