Un padre empujando el carrito con bebé por la calle una tarde, pero no una tarde cualquiera. Una tarde de sábado, cuando ya se hace de noche. Y al girar la esquina, de repente, un grupo de mujeres caminando del bracete, con taconeo algo desacompasado, alegres, risueñas, como si fueran a ver al Madrid, pero no iban, venían y eso se sabía por el tono a la vez alegre, desinhibido y decepcionado y por la forma un poco melancólica de canturrear juntas «no puedo estar sin ti, no hay manera…». ¿Quiénes eran? Imposible individualizarlas, eran varias, hechas una, como las muchachas de Proust. Un pequeño remolino sensorial. Un friso andante de mujeres que salían del tardeo, esa actividad que trae la noche a la tarde, quitándole la paz.
El hombre con carrito, de repente, topa con ellas. Un hombre acabado ya. Un hombre hecho una madre, hormonalmente hecho mamá, y además ya añoso, hombre invisible (él), pero no ciego y de repente… ¡se enfrenta, con su carrito, a las panteras que salen del tardeo!
Como criaturas mágicas del Serengueti, el hombre sabe cuánto traen de alegría, de vértigo, de promesa, ¿dónde irán ahora? ¡Qué fácil sería rendirse al latido canallita que sube por los pulsos! Pero no. Porque llevas carrito.
El hombre atraviesa entre las mujeres del tardeo y estoico se agarra a su carrito como un ciclista a su manillar en plena subida al Mortirolo. Más que llevar el carrito, es el carrito el que le lleva a él y pasa entre ellas con la mirada puesta en el horizonte, como si nada, afectando una total indiferencia. Aunque la convicción tiembla y quizás un poquito se le va el rabillo del ojo…
Se pone muy digno el hombre del carrito, se pone como Don Pantuflo, en plan paterfamilias, inconmovible, mientras ellas, sublimación casi casi romántica de las MILF y una noches, centelleantes, con brillos de mechas, purpurinas, joyas, dientes, copas, ojos, y un olor dulzón a perfume y copa se alejan como una segunda o tercera juventud…
Occidente no se sostiene por el hombre que sale con el hacha a defender su casa, como diría el pesao de Jünger. Ahora mismo se apoya, muy débil, en el hombre que se agarra a su carrito.