Elección tras elección, lo mismo en Francia que en Alemania, Suecia o el Reino Unido, las urnas nos van dejando nítidamente dibujado el paisaje de una Europa cuya población se ha dividido en tres grandes grupos. Primer grupo: el de los «instalados», es decir, funcionarios, pensionistas o profesionales vinculados al presupuesto público, que generalmente votan a partidos «de orden», los viejos partidos del sistema, sean de derechas o de izquierdas, ya se trate de Macron o de Merz o de cualquier otro producto del duopolio socialdemócrata-popular que nos ha venido rigiendo hasta la fecha. Segundo grupo: el de los «reivindicativos», es decir, inmigrantes, nacionales de origen extranjero, subsidiados, etc., que se han convertido en la masa de maniobra fundamental de la nueva izquierda, y que son los que han llevado a la izquierda a vencer en Suecia o en Berlín. Tercer grupo: el de los «arraigados», a los que podríamos llamar también «desposeídos», y que son los europeos autóctonos de aquella vieja clase media hoy depauperada, cuyo voto se orienta masivamente hacia las opciones soberanistas y patriotas (valga la redundancia).
Los contornos de cada grupo y la proporción entre unos y otros varía según los países, su historia particular y sus circunstancias sociales y culturales, pero esta división se está haciendo cada vez más patente. En Europa crece el número de los desposeídos, esa gente a la que se ha privado de su vieja nación, de su identidad de grupo e incluso de toda expectativa de mejora, y por eso aumenta la fuerza de los partidos que apuestan por devolver la política al escenario de lo nacional. Las cifras de Marine Le Pen en Francia superan ampliamente el 35% de intención de voto y llegan al 40% si sumamos otras opciones de carácter semejante como la Reconquête de Eric Zemmour. En Alemania, el caso de Alternativa es transparente: a despecho de los virulentos intentos de criminalización por parte del sistema, el partido no para de crecer y ya es el primero en el país. En el Reino Unido serán (son ya) Reform y Restore los que juegan ese papel. Al mismo tiempo, mengua en todas partes el número de los «instalados», un sector social al que le gustaría volver a los buenos viejos tiempos de los 80 y lo 90, tan prósperos y pacíficos, pero eso es ya imposible en un entorno de deuda pública disparada, inflación, precarización del empleo y gasto social colapsado. Las opciones socialdemócratas, liberales o democristianas pierden gas a toda velocidad y cada vez tienden más a concentrar el voto en un sólo candidato tipo Macron, que puede ofrecer un perfil de seguridad (aunque sea ficticia) a un electorado que pide precisamente eso y nada más que eso. Pero luego está el otro sector creciente, el de los vindicativos, que cabalga a lomos de la islamización de buena parte de las ciudades europeas, y que ha devuelto a la vieja izquierda una oportunidad para tocar poder. Lo decisivo es esto: las fronteras entre los tres grupos son prácticamente impermeables, un «vindicativo» difícilmente votará a un candidato «instalado» y mucho menos a un «arraigado», mientras que este, por definición, nunca podría cambiar su voto para dárselo a alguien al que percibe —y con razón— como un enemigo existencial.
En España los tres grupos se están perfilando también con claridad, aunque con nuestras características propias: Sánchez es una figura que intenta ganarse al mismo tiempo a los «instalados”, sobre todo vía pensiones, y a los «vindicativos», sobre todo vía subsidios y regularizaciones. Los «arraigados», por su parte, encuentran en VOX su partido, pero la fuerte polarización que Sánchez ha provocado en la política nacional aún llevará a muchos a buscar una salida en el PP, a pesar de que todas sus políticas corresponden en realidad a la esfera de los «instalados». Al mismo tiempo, el separatismo actúa como un colorante sobre este paisaje, creando sus propias esferas de «vindicativos» y «arraigados» en cada espacio regional; véase el caso de Alianza Catalana. Es precisamente la cuestión separatista, es decir, el riesgo cierto de ruptura de la unidad nacional, lo que hace que en España las esferas de los «arraigados» y los «instalados» puedan acercarse, al mismo tiempo que la izquierda ha optado por un discurso cada vez más «vindicativo», recurriendo incluso al más abyecto guerracivilismo. Con todo, la evolución general no parece que vaya a ser muy diferente del resto de Europa.
Una sociedad fragmentada no es necesariamente una maldición, pero ocurre que, aquí, el proyecto de cada uno exige necesariamente la renuncia o incluso la desaparición de los otros. Por ejemplo, lo que los «vindicativos» quieren sólo puede imponerse previa destrucción de la vieja comunidad nacional, que es justamente el baluarte de los «arraigados», cuya supervivencia exige a su vez neutralizar a los «vindicativos». En cuanto a los «instalados», cada vez cuentan menos en este paisaje por la sencilla razón de que ya no representan proyecto alguno, salvo mantener unas estructuras estatales y sociales inevitablemente abocadas al colapso por sus propias carencias. Por eso hay tanta gente que piensa que, en un momento u otro, será ineludible en nuestro suelo una guerra civil de algún tipo, fría o caliente, porque no hay arreglo posible entre quienes quieren mantener su país como era y quienes, al revés, desean a todo trance que ese país deje de ser lo que era para convertirse en otra cosa. Aquí es capital, evidentemente, la cuestión de la inmigración. En el fondo, y como dice Carlos Esteban, la gran división de los próximos años va a ser Inmigración o Remigración. Si gana la primera, los «vindicativos» habrán conseguido su propósito y seguramente crearán su propia casta de «instalados». Pero si gana la Remigración, entonces lo «arraigados» habrán logrado imponerse. En cualquiera de los dos casos, el trance será traumático.