Leonor va a la universidad
Leonor va a la universidad
Por Esperanza Ruiz
8 de septiembre de 2026

Se dice que Torcuato Fernández-Miranda aconsejó al rey Juan Carlos ganarse el favor de la izquierda, porque a la derecha siempre la tendría asegurada. El jurista murió durante un viaje a Londres, amortizado por el propio sistema que ayudó a crear. Si el 78 fuera La guerra de las galaxias, Suárez sería el Sith que acabó —políticamente— con su maestro. No me corresponde juzgar hasta qué punto la Corona ha puesto en práctica el consejo de Fernández-Miranda a lo largo de estas últimas décadas. Lo que sí parece claro es que hoy la institución se encuentra en buena sintonía con la insobornable contemporaneidad mientras, guste o no, se desangra por el flanco derecho.

Es llamativo que los medios señalen con insistencia el carácter «progre» de la Universidad Carlos III en la que la princesa Leonor acaba de empezar Ciencias Políticas. Una carrera interesantísima, pero que en España ha sido colonizada por esa izquierda de la que ya da pereza hablar. La misma que ha transformado las facultades en escenarios postapocalípticos dignos de un videojuego de matar zombis. Para nuestra tranquilidad, eso sí, la prensa también nos informa de que la universidad será «progre», pero «para alumnos brillantes». Es un alivio saber que las paelladas, el juego de lengua de signos y hasta el taller de «des-costura comunitaria» donde se debate sobre el binarismo, son animados por las mentes más preclaras de toda una generación.

Puestos a elegir universidades progresistas, quizás podríamos haber recurrido a centros extranjeros de reconocido prestigio en la materia. Seguramente existen cosas interesantes en la Costa Oeste norteamericana, o en Inglaterra (habría que aprovechar antes de la lluvia de ojivas nucleares hipersónicas).

Una institución histórica muy en línea con los valores actuales de la Casa es el Instituto de Estudios Políticos de París. La cantera de macrones y attales, pero también de zemmoures, de adoradores de Finkielkraut y de cientos de otras glorias de la République, es todo un emblema fabricante de esas élites que ayer se atragantaron con la victoria de la AfD en Sajonia. La perversión política alcanza en la mítica escuela de la calle Saint-Guillaume una sofisticación de la que quizá carezca la Carlos III. 

La elección de alma mater en el caso de la infanta Sofía, sin embargo, puede que tenga más coherencia con el aire de los tiempos al que la Monarquía parece haberse plegado, aparcando su vocación de eternidad. 

Xavier Niel, uno de los nombres detrás de Forward College, donde la benjamina de los Borbón Ortiz cursa un grado en Política y Relaciones Internacionales, no procede precisamente de la grande bourgeoisie académica francesa. Abandonó los estudios al hacer fortuna con servicios de mensajería erótica y terminó convertido en multimillonario tecnológico, inversor y figura prominente del ecosistema empresarial gabacho. Niel es el padre de los dos vástagos de Delphine Arnault, hija del magnate del lujo Bernard Arnault. El dueño de LVMH participó en el golpe de estado mediático de 2017 que colocó a Macron en el Elíseo. Aunque quizá exista un término más preciso para definir la situación en que todo un sistema mediático pertenece a un pequeño puñado de personas, ya me disculparán. A Xavier Niel, por su parte, se le atribuye una de las frases más representativas de las grandes democracias de ayer y de hoy: «Cuando los periodistas me tocan las narices, compro una participación en su periódico y después me dejan en paz». Fue pronunciada —presuntamente— en el contexto de la operación para hacerse con el control de Le Monde en 2010.  Niel tuvo como socio a Pierre Bergé, el amante de Yves Saint Laurent y probablemente una de las personalidades más diabólicas de finales del siglo XX y principios del XXI.

Ah, nuestras élites. Las mires por donde las mires, son encantadoras.

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